Nuestras noches falsas.

Hablamos poco, el tiempo era corto, importaba el instante. Tengo que amarte, dije, no esperando respuesta; no la dio Tocaba su piel y era la misma, aquella que antes se abrasaba con estas mismas manos. La identificación fue instantánea, suficiente para enterarme que aún esperaba mi piel respirar con la suya; acaso rememorando momentos lejanos; idénticos a los de sus sueños, y a los días bajo el sol o la lluvia, en un bosque... Ella volvía de cuando en cuando al mundo real; inquieta, rogando esto no fuera solo un sueño de los tantos que tenía, y no debía soñar, porque entraba en los míos y se negaba a salir. No debía el tiempo consumir este encuentro, mas indiferente, lo hacía; como antes.
Quedó dormida en mis brazos, rogando me quedara un instante. La vi dormir. No quise interrumpir su sueño apacible. Soñé mi propio sueño, despierto: soñé que la lluvia nos mojaba al pie de un árbol, violenta. Empapados, amantes, sintiendo las gotas caer persistentes, como ahora a la casa soñada; entonces le pedía con la mirada, como ahora a su rostro dormido, no me apartara de su mente, cuando en realidad nunca lo hacía. Soñé que la llevaba lejos, donde nadie pudiera encontrarnos; y que la tenía no esta noche sino todas las noches, con todos sus días; y que la vida que llevo no era más que un sueño, absurdo; que su vida no se había separado de la mía, para perderse en lo que era hoy; que sus manos no tocaban más que mi piel, y que el tiempo se hacía eterno para ambos; lejos, muy lejos; allá, de donde no se podía volver
Desperté estando despierto cuando ella todavía dormía. Atisbaba el alba, la mañana se acercaba para sorprendernos en un instante imposible. A mí, despertando en el lugar equivocado. Y a ella, soñando, con el sol en el rostro, en mis brazos, como antes La lluvia, cesante, informaba el tiempo de partida. No quise apartarla, quizá soñaba en nuestro mundo fallido, o que hacíamos el amor, como antes, así, por gusto. Temblorosa, complacida, coqueta; intuyendo su naturaleza, pues no sabía como antes, sino a forzado, infringido, prohibido. Debió esto inquietarla; sentí su sobresalto repentino, mas apagado al sentir mi respiro. No quise despertarla, pero lo hice. Pidió un minuto más, como antes; ¡cómo negarme! También soñé. Soñé que hacíamos el amor, en pleno día, a escondidas, al pie de un árbol, refugiados en bosques de mañanas floridas; en una casa de la que despertamos enlazados al amanecer, y que sólo los dos conocemos, escondida siempre, ahí Desnudos, lúdicos, lascivos, amantes; sintiendo como antes, felices; con el vértigo de sentirnos descubiertos por alguien; quizá el guardabosque; mas vencidos por la pasión, indiferentes al tiempo, a nuestros mundos, a todo.
Sonó la puerta, esa que nunca lo hacía. Nos descubrieron. No el guardabosque, o el esposo olvidado, sino su madre, que siempre estaba; como antes. Apenas tuve tiempo para refugiarme donde ya sabía yo (sugerido en mis sueños, habilitado en los suyos). Algo la delataría, su madre siguió mis pasos, llegaría a mí directamente Al encontrarme gritaría, y sabría de mí. Sería el fin. No era justo, no se lo merecía.
Desperté. Desperté y aún dormía en mis brazos. Soñaba, quizá que hacíamos el amor: en un bosque, bajo árboles, o en una casa bajo la lluvia violenta, no importaba. Era tarde, no quise interrumpirla. Desperté.
DANIEL GONZALES ROSALES
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