INMUNIDAD
los ojos castrados. Por eso temen la obscenidad. No sienten ninguna
angustia cuando oyen el grito del gallo ni cuando se pasean bajo un
cielo estrellado. Cuando se entregan a los placeres de la carne, lo
hacen a condición de que sean insípidos.
Pero ya desde entonces no me cabía la menor duda: no amaba lo que
se llama los placeres de la carne porque en general son siempre sosos;
sólo amaba aquello que se califica de sucio. No me satisfacía [73]
tampoco el libertinaje habitual, porque ensucia sólo el desenfreno y
deja intacto, de una manera u otra, algo muy elevado y perfectamente
puro. El libertinaje que yo conozco mancha no sólo mi cuerpo y mi
pensamiento, sino todo lo que es posible concebir, es decir, el gran
universo estrellado que juega apenas el papel de decorado.
Asocio la luna a la sangre de la vagina de las madres, de las hermanas,
a las menstruaciones de repugnante olor...
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