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Se muestran los artículos pertenecientes al tema erradicacion total del machismo. SEXO EXPUESTO![]() sabes, hay algo que no me cabe en la cabeza con respecto a los hombres, por lo que me cuentan Cecilia dice: MACHISMO EN EL PERU Presentado en la Conferencia Regional " La equidad de género en America Latina y el Caribe:Desafíos desde las identidades masculinas " Santiago de Chile, 8-10 de junio de 1998 Norma Fuller, Ph.D Universidad Católica del Perú En este ensayo intento revisaré algunas características del machismo latinoamericano (1) y la validez de este concepto para entender las representaciones sobre masculinidad vigentes en el Perú urbano. Para ello retomaré algunas características de los sistemas de género mediterráneos que guardan similitudes con el caso latinoamericano: la doble moral sexual, la importancia del control de la sexualidad femenina, de la virginidad y de la maternidad en contraste con el énfasis en la virilidad, la fuerza y el desinterés respecto a los asuntos domésticos que caracterizarían a los varones. Mi interés es mostrar que lejos de ser una forma irracional y arbitraria de imposición masculina, el llamado machismo corresponde a una forma particular de organizar las relaciones entre los géneros en sociedades donde existen marcadas diferencias étnicas y raciales. Seguidamente revisaré el discurso académico y de sentido común sobre el machismo a fin de precisar hasta qué punto éste último corresponde a la particular versión de lo masculino en estas sociedades o forma parte de los discursos que producen y cuestionan el sistema de género latinoamericano. La doble moral sexual y el control de la sexualidad femenina A pesar de sus variaciones, las relaciones entre los géneros en las sociedades mediterráneas tradicionales tienen por lo menos una constante: lo femenino y lo masculino son concebidos como opuestos. Los hombres actúan en virtud de su relación con el mundo exterior a la familia y la comunidad, mientras que las mujeres reciben su poder del mundo interior, es decir, del interior de la casa e incluso de sus cuerpos. Esta organización social se expresa en una división moral por la cual la fortaleza en los varones y la vergüenza sexual en las mujeres son las cualidades morales de mayor importancia. Ello deriva en distintas formas de la conducta para cada género: La falta de castidad en las mujeres pone en peligro el honor de la familia atesorado por los antepasados, mientras que en el caso de los hombres destruye el honor de otras familias (Pitt Rivers; 1979: 121). Los hombres se consideran responsables del comportamiento de sus mujeres, porque en él estriba la esencia de su honor moral y el honor moral es la esencia del honor porque está en conexión con lo sagrado. A eso se debe que los hombres reclamen autoridad sobre sus esposas, hijas y hermanas, y les exijan cualidades morales que no esperan de sí mismos: al fin y al cabo, ellos no pueden darse el lujo de tener una conciencia moral demasiado fina o, si no, no podrán cumplir con sus obligaciones para con su familia en la lucha por la subsistencia. (2) Más aún, existe un conflicto de valores implícito entre el orgullo masculino que se expresa en la galantería y conquista hacia el sexo femenino y el que radica en la fidelidad a los deberes del hombre de familia (Pitt Rivers; 1979: p.56). Existe un tipo de hombría que se expresa en la " responsabilidad " del jefe de familia que respeta a su esposa y un tipo de hombría correspondiente a sus cualidades viriles. Esta división de esferas se funda en una concepción del honor propia de las culturas del círculo mediterráneo. El honor, según Pitt Rivers, es el valor de una persona para sí misma, pero también para la sociedad. Es su opinión sobre su propio valor, pero también es el reclamo de que su excelencia sea reconocida por la sociedad, su derecho al orgullo (Pitt Rivers 1979:18). Existen dos tipos de honor. El honor posición y el honor virtud. En el primer caso corresponde al nacimiento, al origen y los antecedentes familiares. El honor virtud, en cambio, es aquel asociado a la excelencia personal o a las hazañas realizadas por el sujeto. La posición social se hereda primordialmente del padre cuyo primer apellido patrilineal hereda el hijo y transmitirá a sus descendientes. Así pues en ese aspecto, como derecho a la prioridad, el honor deriva predominantemente del padre, mientras que en su aspecto de virtud (conducta, manera de ser) deriva predominantemente de la madre, depositaria última del honor moral de la familia. (Pitt Rivers, 1979: p.57). La masculinidad depende más de cualidades sociales como el éxito, la riqueza, el poder. Es menos dependiente de cualidades biológicas o intrínsecas a la persona. Por ello es más susceptible de ser negada socialmente y necesita del reconocimiento del otro. Por ello la virilidad puede ser cuestionada y los varones están bajo la sospecha de pavonearse o fingir sus hazañas. En ese sentido los conceptos reputación, amor propio y vergüenza son centrales para entender la dinámica de las relaciones entre varones en este tipo de sociedades. La identidad masculina pasa por etapas marcadamente diferentes según el momento del ciclo vital en que se encuentra en sujeto. Por ejemplo, en un estudio hecho entre un grupo de pastores griegos, Peristiany encuentra que durante la juventud el varón kallikari se identifica con el héroe guerrero con vigor físico y coraje afirmativo, dispuesto a morir, si es necesario, por el honor de la familia. Pasado este período el varón asume el papel de cabeza de familia y se vuelve más prudente. Honor y conveniencia deben contrapesarse de modo que no pongan en peligro la reputación, y eso no es siempre fácil. Solamente al alcanzar la edad de retiro, cuando su reputación está definitivamente establecida, entra el hombre en el período de su vida en que está libre de la tensión competitiva (Peristiany 1992: pp. 134-135) y puede convertirse en el hombre sabio de ciertas comunidades griegas que reúne las cualidades que el hombre joven o el padre de familia no pueden encarnar debido a las exigencias de sus roles públicos (Peristiany; 1992: p.317). La descripción de los atributos del joven Kallikari y los diferentes ritos de iniciación que atraviesa para confirmar su masculinidad son similares al período adolescente de las sociedades latinoamericanas en las que el varón debe probar que es sexualmente activo, y fuerte delante del grupo de pares. En un estudio sobre le machismo mexicano durante la década de los sesenta De Hoyos y De Hoyos (1966), intentan explicar como se reproduce esta ideología. Según afirman, en la sociedad mexicana el matrimonio aporta poco al varón porque la mujer no tiene mayor prestigio social; las tareas domésticas no son valoradas y el varón debe evitar participar en ellas. Por ello los niños crecen con muy poco contacto con la figura paterna (De Hoyos y De Hoyos 1966: 103). Quien cumple con el rol de socializar a los varones en los valores masculinos es el grupo de pares. Es lo que De Hoyos y de Hoyos llaman Sistema Amigo. El machismo, en tanto valor cultural, es transmitido al joven mexicano por su sistema amigo a través de cierto número de rites de passage. Este enfatiza la independencia, la impulsividad, y la fuerza física, como la manera " natural " de resolver desacuerdos, la dureza como la mejor manera de relacionarse con mujeres y la fuerza como el modo de relacionarse con el débil o con subordinados. El análisis de Hoyos y De Hoyos da cuenta de ciertos rasgos de la identidad de género masculina en algunas sociedades latinoamericanas: la hipervaloración del período juvenil y el bajo énfasis en la figura paterna y la hostilidad entre el mundo doméstico y el masculino. Su similitud con el período viril en las sociedades mediterráneas sugiere que las características atribuidas al macho latinoamericano pueden ser entendidas como los rasgos propios de un momento en la vida del varón en sociedades patriarcales que dividen netamente las esferas femenina y masculina. Sin embargo, como muestran los estudios hechos en las sociedades mediterráneas, al período juvenil, suceden otros en los que el varón se define como responsable y más tarde como sabio. Sería necesario investigar la identidad masculina de los varones latinoamericanos en su período adulto para comprenderla en sus diferentes dimensiones. De acuerdo a Peristiany en las sociedades mediterráneas la masculinidad está contenida en dos códigos morales paralelos, uno estático y otro dinámico y contextual. El primero se considera impersonal y reposa en una escala de valores constante: honestidad, responsabilidad, compromiso con la comunidad y sabiduría. En el plano temporal es el equivalente del orden divino. La función de esta categoría estática es proporcionar una medida ultima por medio de la cual se puede evaluar la conducta. La segunda categoría contiene abundantes modelos relativos: el guerrero, el joven viril, el sagaz comerciante, el respetado padre, etc., cada uno con su propio orden, estando las categorías adaptadas a distintas contingencias sociales como son la edad, el sexo, la posición social etc., y a las distintas etapas de la vida. Los modelos relativos tienen en cuenta el pragmatismo y la justificación de la conducta presente mientras que el trascendente representa la estabilidad (Peristiany;1968: p. 170 171). Peristiany concluye que los valores deben ser entendidos contextual e históricamente. No se puede aplicar una única medida para medir el comportamiento de las personas, estas actúan con códigos diferentes según estén moviéndose en el ámbito familiar, comunal, nacional. etc. En resumen, los aportes más relevantes de los estudios sobre el área mediterránea son el intento de explicar como se organizan las relaciones entre los géneros en sociedades donde los varones como grupo afirman su poder frente a otros grupos a través del control de la sexualidad de las mujeres de su círculo. Su análisis del código moral como expresión simbólica de esta dinámica de relaciones y su énfasis en la ambigüedad inherente a una identidad que se m... (... continúa) ¿Existe lo silenciado?![]() Sí, claro que existe pero no tiene peso social. Y las consecuencias son múltiples: lo que no vemos ni oímos en el espacio público carece de importancia en ese ámbito. Si no se ve, ni se habla, si no tiene tiempo ni sitio, no es digno de interés ni de debate. Desaparece. Lo que no puede insertarse en un relato socialmente compartido, queda relegado a anécdota personal: algo habrás hecho tú para que te pase esto. Y, si no has hecho nada, pues será cuestión de mala suerte... En suma: has de vivirlo sola, sin ecos, sin espejos, sin apoyos, sin lugar simbólico. Has de vivirlo en la pura inanidad e intrascendencia. Pero, en cualquier caso, se trata de un asunto privado –puede que vergonzoso- con el que tú verás cómo te las arreglas. No incumbe a la sociedad. Porque sólo el relato público (sea de ficción o no) consigue que las experiencias privadas se inserten, en palabras de Rubert de Ventós (El País, 9-12-97), en un "Orden de discurso que le permite a la gente reconocerse, recuperar su legitimidad, salir de su escondite". El relato público trasforma lo acontecido y lo convierte en vivencia digna de ser contada y escuchada. Le concede peso, lugar y trascendencia social.
A la televisión le reprochamos múltiples males, unos justificados y otros no tanto. Nuestro juicio dependerá de muchas variables. Como muestra, un pequeñísimo botón: ¿qué es la telebasura? ¿qué criterios aplicamos para clasificar a un programa y no a otro en ese apartado? Observo, por ejemplo, que los programas dirigidos fundamentalmente a un público femenino son calificados con suma facilidad como telebasura y que la permisividad es mayor con los que interesan a otros públicos. ¿Era más telebasura el programa donde Ana Orantes denunció su situación que Crónicas Marcianas o que El día después? ¿Son todos los Talk Shows iguales? El caso de Ana Orantes fue el primero al que los medios dedicaron algo más que unas pocas líneas en las páginas de sucesos. Y si tuvo eco en todos los medios fue porque ella personalmente había denunciado su situación ante las cámaras . A partir de ese asesinato, el asunto del maltrato ha conseguido cierta cobertura en los medios. Con todo, el 21 de noviembre de 2001, por ejemplo, todos los periódicos concedieron tanta o más importancia a la bomba que explotó en Bilbao hiriendo levemente a dos ertzainas que al asesinato de una mujer y sus tres hijos perpetrado por su padre y marido. Y podemos asegurar que si las consecuencias hubieran sido opuestas -que la bomba hubiera matado a cuatro personas mientras un varón hubiera solamente herido a su mujer y a sus hijos- los medios no habrían ni mencionado la segunda noticia. Constatamos, además, que este tremendo asesinato de Valencia no ha originado tertulias de análisis políticos y/o sociales, ni declaraciones institucionales, ni debates parlamentarios, ni manifestaciones convocadas y encabezadas por los líderes de los partidos... En éste, como en otros muchos casos similares, los medios comentan que el asesino era un señor “normal”, cuando no ejemplar, cuyos actos resultan inexplicables, seguramente producto de un repentino ataque de locura. Parece, pues, que estemos ante un episodio puntual e imprevisible, desconectado de las demás realidades que nos rodean. Una desgracia enigmática que le ha ocurrido a unos individuos concretos. Y así El País del 25-12-2001 daba la noticia del funeral de las víctimas bajo este titular: Crimen en una familia feliz. Nadie, sin embargo, hace comentarios similares sobre los terroristas de ETA. Nunca oímos decir que eran unos chicos estupendos, trabajadores, simpáticos y que si han asesinado a una persona será porque han perdido súbitamente el juicio. Todo el mundo está de acuerdo en que, al margen de que uno o bastantes etarras sufran alguna patología mental, el terrorismo nacionalista tiene alcances, implicaciones y sustratos sociales. ¿Porqué se le niegan esas conexiones a esta otra violencia mucho más feroz, más constante, más extendida?.
Entre los que abominamos de la violencia de género se dan, por supuesto, disparidad de criterios. Algunos no la consideran equiparable o peor que la violencia terrorista. Otros (y, sobre todo otras) pensamos, sin embargo, que no es posible hablar de Estado de Derecho si no se respetan y salvaguardan la libertad, la dignidad, la integridad física, el control de la propia vida, etc. de una parte importante de la población (12,4% de las mujeres sufre maltrato, según el último estudio de 2001 realizado por el Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales) y esa salvaguarda ha de aplicarse a todas y cada una de las facetas que componen nuestra vida tanto pública como privada pues, como el feminismo lleva años señalando, lo personal es político. Nos parece absolutamente abominable que alguien no pueda expresar o plasmar sin graves riegos sus opciones, opiniones, simpatías, posiciones y propuestas en cualquier ámbito humano. Y así, morir por estar afiliado a un partido u ocupar un cargo público no es más horroroso que morir porque tu marido, compañero sentimental (¿?), novio, padre, etc. considera que: “Yo decido. No soporto lo que dices o haces. Tú no me dejas a mí si no es con los pies por delante. De modo que tú hasta aquí has llegado”. Pero, como ya señalé, ésta es una percepción que no todo el mundo comparte. Y si tomamos los medios de comunicación como barómetro, comprobamos que la quema de un par de cajeros en el País Vasco, ocupa y preocupa más que los casi dos millones de mujeres maltratadas (1.865.000, más exactamente, según el estudio antes citado). Cabe preguntarse qué locura empujaba a Francisca González cuando, en enero de 2002, asesinó a dos de sus hijos en Santomera. Cabe preguntárselo (aunque la pregunta no justifica ni hace más soportable tal atrocidad) porque estadísticamente es muy raro que una mujer mate a sus hijos. Pero, como demuestran las cifras, la violencia de los hombres contra las mujeres no constituye un caso aislado. Es sistemática y recurrente. Sabemos que no estamos ante un fenómeno puntual (producto de “un arrebato individual de locura inexplicable”). Es un grave problema social provocado, justificado, espoleado por la ideología patriarcal y machista. El debate debe girar, pues, en torno a las estructuras y las ideologías sociales que generan y sustentan tales comportamientos y que acarrean más muertes y más sufrimiento a muchas más personas que el terrorismo etarra. Pero el rechazo público e institucional hacia los maltratadores es, sin embargo, mucho más leve, las penas también y nadie pide escolta para las mujeres maltratadas y amenazadas a pesar de que en algunos casos los asesinos habían anunciado repetida y abiertamente sus propósitos... Mar Herrero murió asesinada el 13 de octubre de 1999 por un ex novio. Vivió aterrorizada durante meses. Había interpuesto infructuosamente 14 denuncias. Su asesino estaba en libertad condicional porque ya anteriormente había sido condenado por disparar contra otra “novia”. Pero ni siquiera con semejantes antecedentes se tomaron medidas para proteger adecuadamente a Mar. Esta criminal desidia por parte del aparato judicial y policial no hubiera sido posible si el problema de la violencia de género se valorase adecuadamente y ocupase un lugar destacado en las propuestas y análisis sociales y/o políticos, en las declaraciones institucionales, en los debates parlamentarios y mediáticos, en las manifestaciones convocadas y encabezadas por los líderes de los partidos, etc. etc. En consecuencia, necesitamos imperativamente que los medios de comunicación de masas, los relatos socialmente compartidos, den voz y existencia pública a lo que tantas mujeres sufren. Sólo así las agresiones y la violencia masculina no aparecerán como una maldición que le ha caído a una mujer concreta, mala suerte, algo fatídico que carece de explicación o interpretación cultural, social, ideológica. Que hay que vivir, por lo tanto, en la soledad, la resignación, la culpabilidad.... Y sólo cuando la mayoría de los individuos y los poderes públicos valoren correctamente las causas y la gravedad de esta violencia, podremos considerar que avanzamos a buen paso hacia su erradicación.
Pero, al hablar de relatos, no podemos olvidar los de ficción y, menos aún, los cinematográficos y audiovisuales. No sólo por su sobreabundancia sino por sus características que los hacen especialmente aptos para educar nuestras emociones. El lenguaje audiovisual no es explicativo, ilativo, abstracto. Es un lenguaje emocional que burla con suma facilidad los filtros racionales. Una ficción audiovisual fabrica e induce sentimientos y hace que los compartamos. Cuando me propuse estudiar cómo trataba a las mujeres el cine español de los noventa incluí varios ítems para analizar de qué modo reflejaban las películas la violencia de género. Primera sorpresa: la violencia de género era casi inexistente en nuestro cine. Encontré, eso sí, algunos personajes femeninos que les pedían “caña” a sus respectivos hombres. Dice, por ejemplo, la protagonista de La teta y la luna (Bigas Luna, 1994): “Mierda de libertad, deberías haberme pegado una paliza”. Sólo una película presentaba una mujer “oficialmente” maltratada: Siete mil días juntos (Fernán Gómez, 1994) pero cuando digo “oficialmente” digo bien porque, mientras los vecinos la oían por el patio quejarse y suplicar a su marido que no le pegara más, la cámara mostraba lo que de verdad ocurría: él se mantenía a metro y medio de distancia y no le tocaba ni un pelo. Esa mujer a la que los vecinos creen una víctima es, en realidad, tan arpía que a su pacífico marido no le queda más remedio que matarla por una simple cuestión de supervivencia. Mensaje: “Cuando una mujer se queja de maltrato ¡vaya usted a saber ... (... continúa)06/12/2006 05:29 Autor: Pablo Leon Paula. ;?> Hay 2 comentarios. Scum Manifesto![]() nullVivir en esta sociedad significa, con suerte, morir de aburrimiento; nada concierne a las mujeres; pero, a las dotadas de una mente cívica, de sentido de la responsabilidad y de la búsqueda de emociones, les queda una – sólo una única – posibilidad: destruir el gobierno, eliminar el sistema monetario, instaurar la automatización total y destruir al sexo masculino. Hoy, gracias a la técnica, es posible reproducir la raza humana sin ayuda de los hombres (y, también, sin la ayuda de las mujeres). Es necesario empezar ahora, ya. El macho es un accidente biológico: el gene Y (masculino) no es otra cosa que un gene X (femenino) incompleto, es decir, posee una serie incompleta de cromosomas. Para decirlo con otras palabras, el macho es una mujer inacabada, un aborto ambulante, un aborto en fase gene. Ser macho es ser deficiente; un deficiente con la sensibilidad limitada. La virilidad es una deficiencia orgánica, una enfermedad; los machos son lisiados emocionales. El hombre es un egocéntrico total, un prisionero de sí mismo incapaz de compartir o de identificarse con los demás, incapaz de sentir amor, amistad, afecto o ternura. Es un elemento absolutamente aislado, inepto para relacionarse con los otros, sus reacciones no son cerebrales sino viscerales; su inteligencia sólo le sirve como instrumento para satisfacer sus inclinaciones y sus necesidades. No puede experimentar las pasiones de la mente o las vibraciones intelectuales, solamente le interesan sus propias sensaciones físicas. Es un muerto viviente, una masa insensible imposibilitada para dar, o recibir, placer o felicidad. En consecuencia, y en el mejor de los casos, es el colmo del aburrimiento; sólo es una burbuja inofensiva, pues unicamente aquellos capaces de absorberse en otros poseen encanto. Atrapado a medio camino en esta zona crepuscular extendida entre los seres humanos y los simios, su posición es mucho más desventajosa que la de los simios: al contrario de éstos, presenta un conjunto de sentimientos negativos – odio, celos, desprecio, asco, culpa, vergüenza, duda – y, lo que es peor: plena consciencia de lo que es y no es. A pesar de ser total o sólo físico, el hombre no sirve ni para semental. Aunque posea una profesionalidad técnica – y muy pocos hombres la dominan – es, lo primero ante todo, incapaz de sensualidad, de lujuria, de humor: si logra experimentarlo, la culpa lo devora, le devora la vergüenza, el miedo y la inseguridad (sentimientos tan profundamente arraigados en la naturaleza masculina que ni el más diáfano de los aprendizajes podría desplazar). En segundo lugar, el placer que alcanza se acerca a nada. Y finalmente, obsesionado en la ejecución del acto por quedar bien, por realizar una exhibición estelar, un excelente trabajo de artesanía, nunca llega a armonizar con su pareja. Llamar animal a un hombre es halagarlo demasiado; es una máquina, un consolador ambulante. A menudo se dice que los hombres utilizan a las mujeres. ¿Utilizarlas, para qué? En todo caso, y a buen seguro, no para sentir placer. Devorado por la culpa, por la vergüenza, por los temores y por la inseguridad, y a pesar de tener, con suerte, una sensación física escasamente perceptible, una idea fija lo domina: joder. Accederá a nadar por un río de mocos, ancho y profundo como una nariz, a través de kilómetros de vómito, si cree, que al otro lado hallará una gatita caliente esperándole. Joderá con no importa qué mujer desagradable, qué bruja desdentada, y, más aún, pagará por obtener la oportunidad. ¿Por qué? La respuesta no es procurar un alivio para la tensión física ya que la masturbación bastaría. Tampoco es la satisfacción personal – no explicaría la violación de cadáveres y de bebés. Egocéntrico absoluto, incapaz de comunicarse, de proyectarse o de identificarse, y avasallado por una sexualidad difusa, vasta y penetrante, es psíquicamente pasivo. Al odiar su pasividad, la proyecta en las mujeres. Define al hombre como activo, y se propone demostrar que lo es (demostrar que se es un hombre). Su único modo de demostrarlo es joder (el Gran Hombre con un Gran Pene desgarrando un Gran Coño). Consciente de su error, debe repetirlo una y otra vez. Joder, es pues un intento desesperado y convulsivo de demostrar que no es pasivo, que no es una mujer; pero es pasivo y desea ser una mujer. Mujer incompleta, el macho se pasa la vida intentando completarse, convertirse en mujer. Por tal razón acecha constantemente, fraterniza, trata de vivir y de fusionarse con la mujer. Se arroga todas las características femeninas: fuerza emocional e independencia, fortaleza, dinamismo, decisión, frialdad, profundidad de carácter, aformaciafirmación del yo, etc. Proyecta en la mujer los rasgos masculinos: vanidad, frivolidad, trivialidad, debilidad, etc. Preciso es señalar, sin embargo, que el hombre posee un rasgo brillante que lo coloca en un nivel de superioridad respecto a la mujer: las relaciones públicas. (Su tarea sido la de convencer a millones de mujeres de que los hombres son mujeres y que mujeres son hombres) Para el hombre, las mujeres alcanzan su plenitud con la maternidad; en cuanto a la sexualidad que nos impone, refleja lo que le satisfacería si fuera mujer. En otras palabras, las mujeres no envidian el pene, pero los hombres envidian la vagina. En cuanto el macho decide aceptar su pasividad, se define a sí mismo como mujer (tanto los hombres como las mujeres piensan que los hombres son mujeres y las mujeres son hombres) y se convierte en un travestí, pierde su deseo de joder (o de lo que sea; por otra parte queda satisfecho con su papel de loca buscona) y se hace castrar. La ilusión de ser una mujer le proporciona una sexualidad difusa y prolongada. Para el hombre, joder es una defensa contra el deseo de ser mujer. El sexo en sí mismo es una sublimación. Su obsesión por compensar el hecho de no ser mujer y su incapacidad para comunicarse o para destruir, le ha permitido hacer del mundo un montón de mierda. Es el responsable de: La Guerra: El sistema más corriente utilizado por el hombre para compensar el hecho de no ser mujer (sacar su Gran Pistola) es obviamente ineficaz: la puede sacar un número limitado de veces y cuando la saca, lo hace a escala masiva, para demostrar al mundo que es un hombre. Debido a su impotencia para sentir compasión o para comprender o identificarse con los demás antepone su necesidad de afirmar su virilidad a un incontable número de vidas, incluida la suya. Prefiere morir iluminado por un resplandor de gloria que arrastrarse sombriamente cincuenta años más. La simpatía, la cordialidad y «la dignidad»: Cada hombre sabe, en el fondo, que sólo es una porción de mierda sin interés alguno. Le domina una sensación de bestialidad que le avergüenza profundamente; desea no expresarse a sí mismo sino ocultar entre los demás su ser exclusivamente físico, su egocentrismo total, el odio y el desprecio que siente hacia los demás hombres y que sospecha que los demás sienten hacia él. Dada la constitución de su sistema nervioso muy primitiva, y susceptible de resentirse fácilmente a causa del más mínimo despliegue de emoción o de sentimiento, el hombre se protege con la ayuda de un código social perfectamente insípido carente del más leve trazo de sentimientos o de opiniones perturbadoras. Utiliza términos como copular, comercio sexual, tener relaciones (para los hombres, decir relaciones sexuales es una redundancia), y los acompaña de gestos grandilocuentes. El dinero, el matrimonio, la prostitución, el trabajo y el obstáculo para lograr una sociedad automatizada: Nada, humanamente, justifica el dinero ni el trabajo. Todos los trabajos no creativos (practicamente todos) pudieron haberse automatizado hace tiempo. Y en una sociedad desmonetizada cualquiera podría obtener lo mejor de cuanto deseara. Pero las razones que mantienen este sistema, basado en el trabajo y el dinero, no son humanos, sino machistas: 1. El coño: El macho que desprecia su yo deficiente, vencido por una ansiedad profunda e intensa, y por una honda soledad cada vez que se encuentra consigo mismo, con su naturaleza vacía, se vincula a cualquier mujer, desesperado, con la vaga esperanza de completarse a sí mismo, y se alimenta de la creencia mística de que, por el mero hecho de tocar oro se convertirá en oro; anhela la constante compañía de la mujer. Prefiere la compañía de la más inferior de las mujeres a la suya propia o a la de cualquier otro hombre quien sólo le recuerda su propia repulsión. Pero es preciso obligar o engañar a las mujeres, a menos que sean demasiado jóvenes o estén demasiado enfermas, para someterlas a la compañía del varón. 2. Proporcionar al hombre (incapaz de relacionarse con los demás) ilusión de utilidad, le permite justificar su existencia excavando agujeros y volviéndolos a llenar. El tiempo ocioso le horroriza pues dispone de una sola solución para llenarlo: contemplar su grotesca personalidad. Incapacitado para relacionarse o amar, el hombre trabaja. Las mujeres anhelan las actividades absorbentes, emocionantes, pero carecen de la. oportunidad o de la capacidad para ello y prefieren la ociosidad o perder el tiempo a su gusto: dormir, hacer compras, jugar al bowling, nadar en la piscina, jugar a las cartas, procrear, leer, pasear, soñar despiertas, comer, jugar consigo mismas, tragar píldoras, ir al cine, psicoanalizarse, viajar, recoger perros y gatos, repantingarse en la playa, nadar, mirar la t.v., escuchar música, decorar la casa, dedicarse a la jardinería, coser, reunirse en clubs nocturnos, bailar, ir de visitas, desarrollar su inteligencia (siguiendo cursos), y absorber cultura (conferencias, teatro, conciertos, películas artísticas). Así, muchas mujeres, incluso en caso de una completa igualdad económica, prefieren vivir con hombres o mover el culo por las calles, es decir disponer de la mayor parte de su tiempo, a pasar varias horas di ... (... continúa)15/12/2005 15:12 Autor: Pablo Leon Paula. ;?> Hay 11 comentarios. PERCEPCION DEL CUERPOExisten dos niveles dentro de un acercamiento a la temática corporal para los cuales hay que tener en cuenta al cuerpo-que-no-se-escribe diferenciado del cuerpo-que-se-escribe. Esto es, el cuerpo puede convertirse indistintamente en signo o en sema. Por un lado se nos presenta el esquema corporal y por otro la imagen del cuerpo. Aunque antes ya se hablaba de imagen espacial del cuerpo, esquema postural y somatognosia, la noción de esquema corporal fue planteada por primera vez por Paul Schilder, neuropsiquiatra, en 1923, en un pequeño estudio titulado Körperschema, desarrollado luego con más amplitud en un libro bastante profundo y específico cuya traducción al castellano no respeta el sentido del título original e induce a equívocos pues confunde imagen corporal con esquema del cuerpo (Shilder, s/f). Las investigaciones de Schilder en relación a este tema parten de un análisis del esquema postural del ser humano para entender que se trataba de algo mucho más fundamental: una estructura antropológica, es decir, tanto fisiológica como psicológica, y no sólo factor decisivo sino constitutivo de la persona humana. A partir de nuestro esquema corporal construimos nuestra identidad El esquema corporal sería en palabras del propio Schilder la “representación que nos formamos mentalmente de nuestro propio cuerpo, es decir, la forma en que éste se nos aparece”.. Posteriormente se ha desarrollado con más precisión el concepto, pero en un principio se trata de la forma cómo esquematizamos mentalmente la disposición de nuestra masa corporal, incluyendo lo que está muy adentro (me refiero a órganos internos) o lo que la cubre (el pelo, los vellos e incluso los tatuajes). ROCIO SILVA SANTISTEBAN 23/10/2004 13:46 ;?> No hay comentarios. Comentar. TERMINOLOGIA OCULTA SOBRE VOCES SUBORDINADASPor ejemplo, en México el término “hijos de la Chingada” se utiliza para expresarse de los otros, de los que no pertenecen a una mismidad, pero al mismo tiempo devela la condición más temida: ser hijo de la Chingada, es decir, de la madre a quien chingaron o penetraron a la fuerza con violencia. A pesar de que está marcado por un profundo sexismo, el capítulo Los Hijos de la Malinche de El Laberinto de la Soledad, de Octavio Paz, se detiene en este aspectoÑ La Chingada es la Madre abierta, violada o burlada a la fuerza. El ‘hijo de la Chingada’ es el producto de esta violación, del rapto o de la burla. Si se compara esta expresión con el español ‘hijo de puta’ se advierte inmediatamente la diferencia. Para el español la deshonra consiste en ser hijo de una mujer que voluntariamente se entrega, de una prostituta; para el mexicano, en ser fruto de una violación […] En suma, la cuestión del origen es el centro secreto de nuestra ansiedad y angustia (103) 20/10/2004 23:38 ;?> Hay 3 comentarios. HOMBREEl machismo, a diferencia del patriarcado, no se consolida sobre la concepción del hombre como el proveedor responsable de su propia familia, y por lo tanto, como detentador del dominio y del poder. A diferencia del patriarcado que se organiza sobre la idea del padre como cabeza de familia (pater familias), el machismo se consolida sobre la idea de la irresponsabilidad del varón sobre su propia prole y, por lo tanto, de la irresponsabilidad del hombre en torno a los actos que realiza con otras personas, sobre todo, con las mujeres 20/10/2004 00:06 ;?> Hay 4 comentarios. |
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