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ENTREVISTA A RODOLFO YBARRA POR DANTE ILDEFONSO

ENTREVISTA A RODOLFO YBARRA POR DANTE ILDEFONSO

Rodolfo Ybarra (Lima, 1969). Perteneciente a la promoción poética del 90, ha estudiado matemática pura, física, electrónica y comunicaciones. Subrepticiamente ejerce la docencia y el periodismo. En el año 1998 dirigió el programa contracultural de televisión “De-Generación” en canal 27 UHF. Tiene varias novelas y ensayos en calidad de inéditos. Asimismo ha publicado "La Túnica de Ankou” 1989, “Sinfonía del Kaos” 1993, “Vómitos” 1999, “Por la boca, MUERTOS” (Ybarra/Portals) 2002, y el ensayo “Las Armas del Escritor”. De otro lado ha completado un poema-reportaje en video titulado “La Decadencia de Lima” (1998) donde muestra el desgarro y la podredumbre humana de la ciudad capital. Textos suyos han sido publicados en importantes revistas y periódicos del medio y del extranjero, así como en antologías como la efectuada por la Biblioteca Nacional del Perú y la “Antología X Bienal de Poesía Premio Copé 2001”. El año 2005 ganó el premio literario 500 VL organizado por la municipalidad de Lima. La presente entrevista se realizó hace unos meses a raíz de la publicación de su poemario Ruptura de heje (2006). Pronto Ybarra estará publicando una nueva obra con la editorial Zignos.


Rodolfo, háblanos de tus inicios literarios o artísticos en general, ¿por donde te movías, qué leías, etc.?

Recuerdo una biografía de Giussepi Casanova que leí a los siete años en una colección turquesa que entregaban gratuitamente a los médicos de los años setenta porque llevaba publicidad de medicamentos -en ese entonces modernos- creo que la colección se llamaba “enfermos famosos” y alguna visita con problemas bronquiales -recuerdo claramente la tos, el eco cavernoso- lo había olvidado en la sala de la casa, ahí se describía al niño Casanova con una suerte de retardo mental moderado (RMM) que lo alcanzó hasta la adolescencia convirtiéndolo en un inútil, en un guiñapo humano, y luego el joven Casanova como por un acto de iluminación “despertó” con su habilidad por todos conocida y sus intentonas médicas -las sangrías y toda esa limpieza de la sangre- y sus métodos supuestamente infalibles para evitar el embarazo como el limón cortado con miel de abeja -primitivo espermicida- que introducía a sus compañeras sexuales, casi todas casadas y que querían disfrutar de los placeres cireneicos sin mayores consecuencias que el acto mismo. (A propósito, la película “Casanova” de Fellini que vi años después despertó en mí la infancia un poco acelerada y con vacíos que cubrir; más adelante, si me lo permites, hablaré de esto y, claro, de las mujeres y la vagina dentada o, la vagina con bozal y todos esos miedos freudianos).


Volviendo, yo era un niño introspectivo, casi índigo, casi autista, y digo “casi” porque eso me salva de una definición autoconceptual que no estoy seguro, por la lejanía, poder realizar. Bueno, igual era un niño que leía todo lo que encontraba; aprendí a leer a los tres años sin esfuerzos, casi como una cuestión natural, un proceso natural, y tuve una fijación por los mapas cartográficos que me duró buenos años, pasaba el tiempo comparando los mapas del Perú con los de otros países, medía poblaciones, producciones mineras, agropecuarias, cantidad de ejército, etc. Mi madre -mujer de negocios- jamás incentivó mis ánimos por la lectura, yo tenía un familiar (¿un primo?, no lo sé, jamás lo pregunté) que había llegado creo de Piura para estudiar en la universidad, y él me enseñó muchas cosas aparte por supuesto de prestarme sus textos preuniversitarios. Con él aprendí a jugar ajedrez a la perfección (especialmente las salidas peón 4 rey o gambito de rey o de reina o el inmejorable caballo en posición de ataque o el peón hacia delante para dar salida a los alfiles) y a resolver problemas matemáticos y estadísticos que en su mayoría siempre es una aplicación de la lógica. Creo que en cierta forma yo me sentía como el niño Casanova con una suerte de retardo, no interno, sino externo, es decir inducido por el poco interés que irradiaba mi entorno familiar; pero yo era terco -terriblemente terco, no sé por qué a veces me miraba a mí mismo como el Aureliano Buendía de “Cien años de Soledad”, libro que leí antes de los trece años, gracias a ese familiar incógnito y en parte al destino.


Recuerdo que salía a la calle como todos los niños a jugar canicas, “el trompo y la huaraca” como dice ese poema de Nicomedes o “El trompo” solamente de Diez Canseco (precursor del realismo urbano en la década de los cincuentas, recomiendo leer su novela “El Gaviota” y también “Duque” y sus cuentos “Estampas Mulatas”); y ahí en la calle recogía periódicos que los doblaba y los metía en el bolsillo del pantalón para luego en la otra “soledad” del baño leerlos. A veces no entendía pero me esforzaba, claro era sólo noticias en pleno gobierno militar, las movidas de lo que después supe era la Sinamos (Sistema Nacional de Movilización Social), las Sociedades Agrarias de Producción, las cooperativas y todo el movimiento agrario y campesino, y ese rollo del patrón no comerá más de tu pobreza, Velasco y toda su corte y la ilusión del cambio que nunca llegó. (A propósito, ¿sabes por qué Velasco en su loca carrera por estatizarlo todo, no tocó las tierras de Huaytará?, simplemente porque estaba casado con la hermana del aprista Luis Posadas y ellos pues, eran dueños de toda esa comarca).


Recuerdo claramente que leí la noticia de un fusilamiento por traición a la patria -era una mañana de abril y hacía frío- y este hecho se comunicaba con lenguaje marcial y con una frialdad que me hacía dudar de que eso fuera cierto. ¿Cómo una muerte podía acabar relatándose como un boletín del servicio metereológico? Terrible. Así, y no con mi armadura, sino con mi inocencia entraba en toda esa onda tanática que como un espiral fue creciendo hasta hace unos años atrás.
De ese modo, con toda esa atmósfera “revolucionaria” y llena de oportunistas y “grandes” descubridores de la pólvora, leí los pocos libros que había en casa, incluido una Biblia pequeña de color azul que regalaban casa por casa los evangélicos, ahí al final de este pequeño libro había una conminación puesta en sello azul pastel para poner tu nombre y creo también otros datos; ahí puse por primera vez en un libro mi nombre y mi apellido; y luego y casi inmediatamente vendría el colegio que en primera instancia fue el colegio parroquial Nuestra Señora de Cocharcas, de una misión claretiana, ahí me enseñaron, aparte de reafirmar mi lecto-escritura, a rezar y algunas palabras en latín. Los padres españoles eran muy severos, solían castigar a los niños golpeándolos en las piernas con reglas de madera, todavía eran los tiempos pretéritos en que “la letra con sangre entra”, y claro también premiaban con rosarios y crucifijos de diversos santos a los niños aplicados. El método error-castigo parece que funciona o funcionó en algunos, tal es el caso de un viejo amigo que ahora es sacerdote franciscano y lo veo cada cierto tiempo en una iglesia del centro. Ahí también aprendí los nombres de muchos santos como santo Tomás de Aquino, cuyo libro “Suma Teológica” (obra maestra compuesta en 14 tomos) recién pude leer a los veinte años. San Agustín quien es uno de los cuatro padres de la Iglesia de Rito Latino, cuyas teorías siempre me impactaron, y muchos otros santos que aparecen en el santoral: San Juan Bosco, San Vicente de Paul, San Peregrino Laziosi, Santa Clara de Asís, Santa Catalina Labouré, Santa Margarita de Alacoque; y de ahí el salto a la poesía sacra estaba cerca: Santa Teresa de Ávila (“Nada te turbe, nada te espante todo se pasa,/ Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene nada le falta sólo Dios basta”) a San Juan de la Cruz (“Por toda la hermosura nunca perderé sino por un no sé qué, que se alcanza por ventura. El que de amor adolece del divino ser tocado, tiene el gusto tan trocado que a los gustos desfallece como el que con calentura fastidia el manjar que ve y apetece un no sé qué, que se alcanza por ventura. Sabor de bien que es finito lo más que pueda llegar es cansar el apetito y estragar el paladar; y así, por toda la dulzura nunca yo me perderé sino por un no sé qué, que se halla por ventura”), a Fray Luis de León (“Despiértenme las aves con su cantar sabroso no aprendido; no los cuidados graves, de que es siempre seguido el que al ajeno arbitrio esté atendido. Del monte de la ladera, por mi mano plantado, tengo un huerto, que con la primavera, de bella flor cubierto, ya muestra en esperanza el fruto cierto. Y mientras miserablemente se están los otros abrasando con sed insaciable del peligroso mando, tendido yo a la sombra esté cantando”) a Sor Juana Inés de la Cruz (“Finjamos que soy feliz, triste pensamiento, un rato; quizá podreís persuadirme, aunque yo sé lo contrario, qué pués sólo en la aprehensión dice que estriba los daños, si os imaginaís dichoso no sereís tan desdichado”). Ah por cierto, jamás fui religioso, eso de “si me porto mal me voy a ir al infierno” me duró hasta los diez años y no más, y por mi carácter no podría haber llegado al Jansenismo que, como sabemos es la doctrina que exagera las ideas de San Agustín para obrar el bien religiosamente a costa de la libertad humana. El bien como bien está perfecto, pero el bien sin libertad de qué sirve, cómo disfrutas del bien. Y dios bien gracias. (“Yo le pregunté una vez: -y tú, vagabundo, ¿crees en Dios? -te lo diré más tarde. Espera unos treinta años. Cuando haya cumplido los sesenta, tal vez sepa si creo en Dios o no; de momento lo ignoro, y conste que no tengo ganas de mentir”. Mis Confesiones. Máximo Gorki. Pg. 99 . El nombre de la editorial no me acuerdo).


Bueno, del Cocharcas pasé al colegio República Argentina, un colegio un poco grande que queda en el jirón Miroquesada, ahí aprendí las “malas costumbres” argentinas, gracias a que la embajada de ese país auspiciaba el colegio. Recuerdo cada nueve de julio -día de la Independencia gaucha- llegaba el embajador orondo con su traje celeste acompañado de sus edecanes y nos regalaban entre juguetes y dulces unos libros que editaban en este hermano país, ahí entre muchos autores pude leer antes de los nueve años una adaptación para niños de un cuento de Borges. A veces me pregunto si en Argentina habrá un colegio que se llame Perú y pienso si ahí se leerá por lo menos a Vallejo.


Yo era un niño con muchos deseos de aprender y a pesar de mi timidez, totalmente travieso, recuerdo que perseguía a las cucarachas y no me atrevía a matarlas, alguna extraña razón tendrían para vivir, a veces las metía en cajas de fósforo y las hacía pelear con arañas, ya sabemos quién ganaba, pero no siempre era así, me las ingeniaba para poner a la araña en desventaja sacándole algunas patas y a veces también se me pasaba la mano. Recuerdo una vez que perseguí a una rata con unos amigos, fue toda una tarde de verano, sol canicular, heladeros en la esquina, niños en el parque, y luego de que la rata ingresara en su madriguera abrimos una tapa de desagüe, esas de fierro forjado que todavía se ve en las quintas pobres de Barrios Altos y el Rímac. Bueno, la cosa fue que a mí se me ocurrió echarle kerosén y prenderle fuego al desagüe y el espectáculo estalló con decenas de ratas a medio prender corriendo hacia la calle como pequeñas bolas de fuego, pequeños aerolitos volando sobre el cemento y los vecinos corriendo con las escobas tratando de evitar algún incendio y por supuesto tratando de matar a las indeseables ratas. Para mí fue todo un espectáculo mismo las movidas mediáticas en las que se integran danza, teatro, música e incluso mejor porque todo era real y ahí pude reafirmar el dicho de Mariátegui que una chispa puede incendiar la pradera (disculpa Miguel, esto es una broma). La cosa fue que me castigaron, no dejándome salir a la calle que era el lugar donde todo niño -con pocos juguetes- se realizaba y donde niños como yo tenía algo que leer.


Luego vendrían varios colegios, e incluso llegaría a estudiar en el “Luis Benjamín Cisneros” que era un colegio que se levantaba en la propia casa del poeta en el jirón Junín ¿1275? (Cisneros murió ciego y también había escrito novelas como Julia (1861), Edgardo (1864), y Amor de niño ¿?, pero su obra más conocida es “Aurora Amor” en que canta -tipo Whitman- al nuevo espíritu del mundo y a la evolución de las artes y claro por supuesto la ciencia). Aquí en este colegio es donde -por cercanía, por absorción, por mimetismo o por alguna ley mágica, espiritual- siento la necesidad de ser poeta, de escribir, de leer, de vivir -como decía Sir Harrys, el del “Retrato de Dorian Gray”- como poeta, acababa de cumplir los trece años y ya tenía un conocimiento más o menos claro de lo que quería ser, lamentablemente cuando yo preguntaba a unos tíos “cultos” por esta “carrera”, me decían que no existía y que nadie vivía de los poemas, pero yo no me decepcionaría tan fácil, como dije atrás era terco. Así que un día un vecino que tocaba guitarra y era a la vez profesor de matemática en el Lavarte me dijo que podía ser lo que quisiera, siempre y cuando no esperase vivir “como rey”, él había querido ser músico y se recurseaba como profesor, ya mi destino estaba trazado. El profesor tuvo una denuncia policial por robarse el reloj del colegio; luego de perder su trabajo anduvo vagando por ahí hasta que años después se fue al Japón a trabajar descuartizando y cremando cadáveres gracias a unos familiares. Nunca más lo volví a ver, le debe estar yendo bien. Supongo. (Un abrazo donde estés, Hugo).


Quiero detenerme un momento en este punto. Yo tendría trece o catorce años y muchos se estarán preguntando si lo que estoy contando son realmente mis inicios literarios, pero claro, aquí voy a mencionar lo que en ese tiempo me tenía fijado como un clavo en la pared, y era aparte de la “Teoría de la Relatividad” y sus cumbres o sus fondos en la bomba atómica, Einstein, Openheimer y demás colaboradores, los iniciáticos Hahn y Strassmann, y la “Teoría del Orgón”, cuyo diseño de la máquina había sido destruido por Estados Unidos y había mandado como colación a la cárcel hasta el día de su muerte a Wilhelm Reich. Y lo alucinante es que si ahora tú entras a Google y presionas “la máquina del Orión” aparecen muchos estafadores que te lo ofrecen a precios onerosos, y nadie les dice nada. Yo hice un diseño de mi propia máquina, espero algún día hacerlo realidad.


Eran y son pues, muchos libros de poesía -por decir lo menos- los que conforman mi zócalo continental literario en esta base del edificio que es la poesía y en la que se tiene que subir grada por grada, porque no hay ni habrá ningún tipo de ascensor.


Empezaré por mencionar conforme vayan pasando por el panel de mi memoria: Eguren y su alma de niño, Vallejo y el dolor omnipresente, Oquendo de Amat y su ternura hipostática: madre-realidad-alucinación, Vicente Azar y su excelente poema “Porgy y Bess llegando al Central Park”. Claro también en esas épocas leí a Neruda y sus “Versos del Capitán”, nunca me gustaron sus “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”, el título me parecía ridículo. El amor más que desesperación es pasión, erotismo, romanticismo o como dice Dante Alighieri en la parte final de la “Divina Comedia” lo que hace girar al mundo; pero de ninguna manera desesperación, eso es una patología, una perversión económica del amor en el sentido editorial, claro es más vendedor decir “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” que decir sólo y a secas “Veinte poemas de amor”. De todas formas cómo olvidar “La canción desesperada”: Emerge tu recuerdo de la noche en que estoy // El río anuda al mar su lamento obstinado. // Abandonado como los muelles en el alba. // Es hora de partir, oh abandonado! // Sobre mi corazón llueven frías corolas. // oh sentina de escombros, feroz cueva de náufragos! // En ti se acumularon las guerras y los vuelos. // De ti alzaron las alas los pájaros del canto. //Todo te lo tragaste, como la lejanía. // Como el mar, como el tiempo. Todo en ti fue naufragio! Y todo esto escrito antes de los veinte años?!


Otros autores que leí compulsivamente fueron Octavio Paz, aunque de verdad lo prefiero como ensayista. Antonin Artaud cuyos libros “El Teatro y su doble” engendra al teatro del dolor y a Judith Malina y al gran Grotowski, “El Ombligo de los Limbos” o “Los Tarahumaras” y sus aventuras con el peyote en México al que fue totalmente misio y casi sin zapatos. O esa “Carta a los Poderes” que fue un gran descubrimiento en mi adolescencia. Alejandra Pizarnik y su lucha por dejar de vivir (leer su “Extracción de la piedra de la locura” y también su “Árbol de Diana”, “El Infierno musical”, “Los trabajos y las noches”). Vicente Huidobro y su creacionismo (leer Altazor, pero también: “Ecos del alma”, “Canciones en la noche”, “Pasando y pasando”, “Finis Britanniae”, “El Viaje en Paracaídas”, etc.) El antipoeta Nicanor Parra que recientemente ha expuesto unas esculturas flotantes donde muestra a los presidentes chilenos -como debieran de estar- ahorcados y colgando de un muro (leer desde su “Canciones sin nombre” 1937, “Poemas y antipoemas” 1954, “La Cueca Larga” y el “Versos de Salón” y “Discursos” escrito con Pablo Neruda, y también su “Ecopoema y Poemas y antipoemas a Eduardo Frei”. En 1998 editó “El rap de la sagrada familia”. El poeta azul Rubén Darío y su onda modernista, leer su “Epistolas y poemas” “Tierras Solares”, “Todo el Vuelo” etc.


Voy a mencionar una serie de nombres sin un orden aparente de los que me acuerdo, en ese tiempo eran mis lámparas con las que iba tanteando con mi adolescencia a cuestas el camino como Diógenes: Jack Kerouac “En el Camino” cuyo libro me lo prestó Chío Hervias, “Visiones de Cody”. Ferllinghetti a quien leí parcialmente, recuerdo que Virginia Benavides tiene un libro original de este autor que fungió de editor de Ginsberg , hay que recordar que él tenía una librería y ahí creó el sello con el que salió “Aullido”. Kenneth Patchen, Gregory Corso y su “Feliz Cumpleaños de la Muerte” -de la colección Visor que lo dejé en venta en el jirón Quilca y creo que lo compró Willy Gómez-, Norman O’Brown, los escritores parias y vagabundos de la Angry Young Men de Inglaterra con el gran Colin Wilson a la cabeza y su extraordinario “A la deriva en el Soho” , aunque ahora se ha dedicado más a cuestiones ocultistas y temas relacionados a fenómenos parapsicológicos.


Otros, Hölderlin, Walt Whitman (“Hojas de Hierba” cuyo libro lo presté a un amigo y se negó rotundamente a devolverlo, a cambio me ofreció un libro cada vez que nos encontráramos, así que a la larga salí favorecido, además Whitman lo merecía).El gravitante Eliot, Cavafis, Victor Hugo, Robert Desnos, Carpentier, Max Jacob.


Continúo, aunque debí mencionarlos primero por cuestiones de orden, pero soy desordenado por naturaleza; definitivamente los clásicos desde “La Iliada” y “La Odisea” de Homero, pasando por Píndaro, el poeta lírico autor de “Odas Triunfales”, “Elogio de Atletas Vencedores”, Sófocles, que es el antecesor más remoto de Freud por el análisis de las pasiones y la psicología de los personajes: “Antígona”, “Electra”, “Edipo Rey”, “Ayax Furioso” etc. En general y salvo muchísimas omisiones creo que éstos eran mis guías espirituales a fines de los ochentas y principios de los “maravillosos años noventa”. Ahora que ha pasado el tiempo veo con nostalgia a estos autores y solo me queda seguir mi silencioso camino de lector buscando y rebuscando la piedra filosofal con la que derribaré al Goliat de la soberbia intelectual o lo que es lo mismo, la ignorancia sin modales o la pose del “escritor pensante” que tiene que vender a toda costa una editoral.


El sountrack o la banda sonora de toda esta época, si se puede decir así, está compuesto por los temas que salían en “Disco Club” que dirigía el primer Gerardo Manual, voy a tratar de mencionar nombres y algunos títulos que recuerdo porque es necesario entender que la poesía y en general todas las artes están entrelazadas y se funden unas a otras y los lazos casi siempre son invisibles y hay que recordar que tanto la poesía como la música son artes de tiempo, mientras que las otras artes como la escultura, pintura, dramaturgia, etc. lo son del espacio. Así son Snack y su “My Sharona”, Kiss y su “Nací sólo para amarte”, Deep Purple y su vinilo “Machina Head” en la que están los temas fabulosos “Highway Star”, “Smoke on the Water”, “Lazy”, “Space Trucking”, etc. También recomiendo sus otras producciones por ejemplo el “Burn” (Arde), o el concierto en vivo realizado en el Japón: “Made in Japan” un album color verde limón, aunque también el “Made in Europe”. AC/DC con el gran Angus Young y Simón Wrigh, aunque muchos prefieren como cantante a Bon Scoth, recomiendo el vinilo, aunque ahora pueden pedirlo en CD: “Black in Black”, “Fly on the Wall” y el genial “Carretera al Infierno” que siempre aparece en cortinas de muchas películas de terror.

Journey, Motorhead, The Allman Brothers Band, el genial Jimmy Hendrix y su “Niebla Púrpura”, “Hey Joe”, “Vudu Child” y por esta línea inopinadamente a Stevie Ray Vaughan, quien murió en la flor de su juventud, ese concierto en el “Mocambo”, aunque este es ya más cercano a estos tiempos, igual es un pase-de-vueltas, qué excentricidad, da ganas de dejar de escribir y vivir en constante estado de catarsis o como ciertos gurús de la India enterrados hasta el cuello.


Black Sabbath y su excelente guitarrista Tommy Iomi, dicen que tuvo que aprender a tocar con la izquierda porque perdió movilidad en un dedo. Ozzi Osbourne sí me cae mal, su voz es muy buena, pero sus actitudes dejan mucho que desear y sobre todo porque ahora último se ha dedicado a hacer dinero a toda costa, el caso de su hija es patético.


Bueno sigo, Thim Lizzy, The Cream, dicen que Chacalón escuchaba a esta banda por eso le puso a su conjunto “La Nueva Crema” (escuchar de rigor a “Chacalón y la Nueva Crema”). David Bowie cuando se disfrazaba de marciano y con hombreras es todo un caballero sobre todo cuando ayudó a salir del pozo a Iggy Pop; el genial Lou Reed cuando “llamó” a la bella modelo Nico a cantar (aunque todos sabemos que el verdadero “culpable” fue Andy Warhol) me pareció genial verlo en una película de Win Wender, en esa donde sale un ángel parado en una torre de Berlín, de todas maneras hay que ver las otras películas de Wenders como por ejemplo la literaria “Hammeth, investigación en el barrio chino” o “Paris- Texas”, etc.


Grand Funk y sus geniales temas, aunque me gusta más cuando eran trío (power trío), después con el cuarto integrante, el que tocaba el órgano, todo se enfrío, demasiado tecnicismo a veces acartona y enfría el mensaje y el canal y el receptor se recienten.


Mötley Crue, Iron Maiden, hace poco vino al Perú a ofrecer un concierto Paul Dianno, su primer vocalista aunque ahora está gordo y calvo parece un cantante de reggaeton. Cinderella y sus miembros andróginos, Tean Years Alter y su guitarrista Alvin Lee sobre todo cuando toca ese tema “Helicóptero” y está referido a los helicópteros que traían a los jóvenes muertos de Vietnam. Bachman Turner Overdrive, el famoso BTO y sus “Buenos Negocios”. King Crinsom, The Holies y su “Mujer Alta y Fria Vestida de Negro”, etc, etc.


Habiendo transcurrido algunos años, ¿qué opinas de la llamada promoción o generación del 90?

Es en la década del ochenta cuando realmente me empiezo a mover en este submundo del arte y la contracultura; recuerdo -es un decir, casi todo lo he reconstruido en mi memoria con breves visiones, fragmentos y situaciones que viví o me contaron de primera fuente y datos corroborados con los que de una u otra forma participaron en mis recuerdos- por ejemplo en la desaparecida ANEA, algunos años atrás en el 77 ó 78, Róger Santibáñez hizo una huelga de hambre junto a otros poetas alucinados y de convicciones políticas a prueba de fuego, en esos años yo vivía en el mismo jirón Puno, pero unas cuadras más arriba, a una cuadra de mi casa vivía Manuel Rilo, el cual iba a unas fiestas para pequeños adolescentes que organizaba “pepito” (José Rodríguez, homónimo del cantante), otro viejo amigo que radica ahora en Puerto Rico. Recuerdo que años después y ya en las rejas nos vimos con Manolo (Rilo) y nos reconocimos, fue en un concierto, había un pogo increíble y yo había salido a leer unos poemas en el micrófono, los borrachos celebraban; la literatura nos había reclutado y en ese tiempo estábamos en plena orilla del aprendizaje aunque la predisposición y las aptitudes estaban y no se perderían, sólo el humo azulado de los cigarros se disiparían hasta mostrarnos inmarcesiblemente otras realidades. Róger y ya a inicios de los noventas me contó lo de la huelga, fueron tiempos difíciles. De mi misma cuadra es Giussepi Mendiola, quizás muchos no lo conozcan, pero dentro de poco se le tendrá que reconocer por el talento innato que tiene. Recuerdo una vez me contó que cuando estaba en Bellas Artes del jirón Ancash y no tenía plata ni para las pinturas, se fue al basural del mercado “Buenos Aires” y recogió agallas de pescado para licuarlo y formar el color rojo, e igualmente hizo con el zapallo (amarillo) y las verduras podridas (verdes) y beterragas (morados), y nabos (blancos) y zanahorias (anaranjados), y cuanto desecho había en el contenedor y logró “pintar” un cuadro fabuloso que fue presentado en su aula de estudiante y el profesor tuvo que aprobarlo con la más alta nota, aunque no soportó el olor y lo mandó a su casa. La pestilencia era la sirena que se había encendido en el arte de Giussepi y no se apagará hasta que le hagan caso. Ahora último ha logrado vender unos cuadros en el extranjero y se ha comprado un terreno en Chorrillos.


Ese talento ante la adversidad es algo que siempre he tenido presente y es parte de mi filosofía de vida y determina tangencialmente mi escritura.


Bueno, continúo, en 1980 estalla la guerra interna pero también la onda subterránea y anárquica estaba por dar el gran salto. Creo que fue Helen Ramos la primera en hacer un reportaje a “los vándalos” como se les llamaba en esa época, y ese artículo si más no recuerdo salió en la revista “Laberinto”número 7. Esto de los vándalos creo fue un invento de Belaúnde quien como ese dibujo de Alfredo vivía en las nubes, sino recordemos que en un principio a los levantados en armas les decía abigeos (“Sobre el Volcán” Diálogo frente a la subversión. María del Pilar Tello. Editorial CELA. Leer en especial la introducción y las entrevistas a Mercado Jarrín, Diez Canseco, Metzinger y Valle Riestra)


Recuerdo claramente el concurso de rock no profesional en el año 1986 en la primera No Helden en el jirón Chincha con Wilson. Los rockeros hacían su aparición y se apoderaban de las esquinas. En esos tiempos yo escribía canciones y algunos textos largos y complicados los guardaba secretamente; de ahí saldrían los primeros poemas de “La Túnika” que tuvo varias versiones que armaba artesanalmente y los regalaba a los amigos más cercanos. Pancorvo siempre me hace presente que tiene un ejemplar.


De esta forma con la música y ya cercano a los poetas bohemios y ex-kloakas me fui precipitando a los abismos y a la cima de la poesía, al Taigeto donde arrojaban los griegos a los niños defectuosos.


Recuerdo un poema que escribí en mi inaugurada libreta electoral que era anaranjada y de tres cuerpos, ahí escribí un texto en el que me comprometía con la literatura y con la verdad hasta el día de mi muerte. Mi documento de identidad me lo robaron en un micro de la José Leal, no el azul con rojo (que ahora llega hasta Comas, kilómetro ocho y medio), sino el plomo que tenía el motor atrás y botaba una estela terrible de humo negro como un pasado que perseguía al carro hasta el último paradero. Quiero agregar que a pesar del tiempo mi promesa sigue intacta.


En el año 1990 ó 1991 fui a un recital que se organizaba en la biblioteca nacional, ahí conocí a varios poetas de la que sería realmente mi generación. Vi y escuché leer a Willy Gómez y a Carlos Oliva, recuerdo que el público eran sólo cuatro personas, dos poetas conocidos, uno de ellos era Gustavo Armijos y el otro Ramírez Ruiz, y las otras dos personas eran una amiga que le tenía cierto temor a los poetas y yo en la oscuridad de las butacas tipo cine de barrio y el olor a rancio y creso que salía del baño.


Era la primera vez que yo me encontraba realmente con mi promoción poética, hasta antes sólo había tenido acercamientos individuales, como con Josemári Recalde a quien conocí con uniforme de colegio, a Juan Vega con quien nos encontrábamos en la puerta del BCR para guardarnos cola y ganarles un sitio a los jubilados y porque “teníamos” que ver muchas películas, era para nosotros un deber y después nos íbamos por ahí a comentar lo visto: “Betty Blue”, las películas de Truffau, Godard, las películas neorrealistas de Scola (la excelente “Feos, Sucios y Malos”), o de Sica, o el cine negro norteamericano, etc.


A Rubén y a Paolo los conocí en un recital organizado por la municipalidad de San Martín de Porres. Había muchas pilas en esos tiempos. A Sarmiento y a Willy los conocí en otro recital en la facultad de letras de la Garcilaso en la avenida Brasil. A los Cultivo, con su líder que no era poeta sino plástico: Víctor Zambrano en San Marcos, o perdón en la playa, fue un verano, había un concierto y estaban todos los muchachos de nuestra generación ahí tostándose bajo el sol, yo andaba con un grupo y teníamos ganas de tomarnos un trago y sólo teníamos un poco de “orégano” para hacer el trueque, no sé cómo nos aliamos todos, creo que vía Chio Hervias, ahí estaba Juan Ramón, el Rudy Pacheco -que acaba de editar “Alucinada Cordelia” en el “Hipocampo” de Teófilo-, el Eduardito Braga, el Renato Salas, el gran Víctor que ahora tiene una hijita y es mi vecino en Pueblo Libre, a veces nos reunimos para recordar los viejos tiempos. La cosa fue que jugamos un partido de futbol, el cual salió desastroso, Juan Ramón se ahogaba en la orilla y había que auxiliarlo, Rudy paraba en el suelo, Renato no sabía a donde patear, y el único que metió el gol de honor fui yo que también estaba embrutecido por el sol y no había tomado nada de agua, estaba deshidratado, pero la juventud todo lo puede, y como dicen algunas tribus de Norteamérica “los jóvenes son bellos y fuertes y los viejos feos y débiles aunque sabios”.


A los “Noble Catervas”, quienes eran mayores, los conocí en otro recital en la Villarreal, ahí estaba Johnny Barbieri con su Afrika Looks, la siempre delgadísima Roxana Crisólogo que pegaba sus poemas en el mural del patio y andaba con jeanes y sandalias, Leoncio Luque quien siempre me pareció y no me equivoqué, todo un señor, al loco Cadenas con su morral incaico y con el dedo índice arriba. Ah me estaba olvidando de Iván Segura a quien, en esos tiempos, lo invité a mi casa y compartimos el gusto por muchos autores, ahora creo que radica en Francia y se dedica a las traducciones, leí un libro muy bueno de él que se llama “Bosque de Formas”.

Con Carlos Oliva nunca intimamos, siempre nos mirábamos desde lejos, alguna vez nos tomamos un trago y le comenté ese poema suyo en el que sale “a regar las esquinas con sus orines” o algo así, él se río y levantamos el vaso, tenía una sonrisa franca.


Tengo una visión: Escena UNO: veo a Carlos Oliva poniéndole un cuchillo en el cuello a Róger Santibáñez en el puente Santa Rosa. Son dos extraños pero la poesía los salvará a ambos. Escena DOS: Carlos Oliva con su polo del Centro Victoria me vende unos caramelos, compro diez y me los meto todos en la boca, tengo un sabor amargo de los que duermen en la calle, el resabio verdoso de la droga y el emoliente con alfalfa que tomé en la madrugada en Quilca, Las Rejas Agosto-Septiembre del 90’. Escena TRES: Carlos Oliva corre con un reloj que logró arranchar a un transeúnte, nada lo podrá detener “sin límites de velocidad”, ni siquiera la combi que viene a 60 kilómetros por hora. Muchos querrán ocultar la verdad, pero para qué, si lo que importa es su poesía, y él está vivo ahí en cada verso, en cada palabra dejada para la posteridad. Escena CUATRO: estoy en la avenida Tacna cruzando el puente, estoy tratando de sacar un cartel de tránsito, estoy a quince metros de altura trepado como mono, me detengo ante los gritos de mis amigos, la vieja horda, cabellos largos, prendas de ropavejero, cadenas y púas. Un policía suena el pito, bajo apresurado y no logro evadir un alambre oxidado que me corta el brazo haciendo una horrible “ese”, ahora tendré tétanos hasta el día que me muera, aunque el tétano lo llaman enfermedad de los quince días, conmigo todo funciona diferente. Sigo adelante con mi vieja libreta de apuntes, aún tengo la sangre seca en hojas hongueadas. Alguien dirá que digo la verdad y sólo la verdad?! Ahora todo acaba. Todo se pierde en la nada, en la radio suena “Maldito sea tu nombre” aquella vieja canción de “Ángeles del Infierno”, aquella banda Heavy que tanto me gustaba a mediados de los ochentas, ahora tengo que apagar el interruptor o cambiar de canal para siempre. Fin de la visión.


Recuerdo que en ese tiempo vivía enamorado del ritmo, en Quilca había muchos bohemios que les gustaba declamar versos. Ahí también conocí a Hudson Valdivia quien era un perfecto declamador de los versos de Vallejo, tenía una personalidad increíble (casi siempre andaba en sandalias como los antiguos griegos) y desarrollamos una amistad bastante provechosa, años después en su velorio me encontré con Lubby Valdivia con quien yo había estudiado periodismo y que era su hija y yo no lo sabía, nunca lo supe hasta ese día. Le di el pésame y me puse a pensar en todo lo que uno no sabe por no preguntar, por no ser acucioso, pero si Lubby era, es idéntica a Hudson. Nunca más la volví a ver, creo que ahora está casada con un empresario transportista que tiene una flota de combis.


Volviendo, recuerdo también a Guadalupe, un activista de izquierda con quien competimos alguna vez, declamando versos de Manuel Scorza, y es que Scorza era su alter ego, Guadalupe declamaba los versos como si fuese una rockola a la que hubiesen echado muchas monedas. No se equivocaba por nada y tenía aprendido -podría asegurarlo- libros enteros, el poemario “Los Adioses”, las primeras partes de “Redoble por Rancas”, “Garobombo el Invisible”, etc. Creo que Guadalupe había sido sacado de la novela “Fahrenheit” de Ray Bradbury en la que para no perder la información por la quema de libros se le asigna a cada uno aprenderse un libro entero. Ahora por ahí me cuentan que está en un alto cargo en la “Derrama Magisterial”. Ah por cierto, me olvidaba que Guadalupe me contaba que su espíritu se había fortalecido las veces que estuvo encerrado en seguridad del estado, y ahí sólo le quedaba declamar en voz alta los poemas de Scorza a pesar de las condiciones precarias y las torturas a que lo sometían.


Luego del colegio pasé a una etapa de contemplación que duró dos años, durante los cuales, lo único que hice fue leer en la biblioteca nacional. Me iba desde temprano a la avenida Abancay, entregaba mi carnet de lector, que por cierto todavía conservo, y devoraba todo lo que estuviera a mi alcance, sin orden, sin líneas a seguir, sin temáticas establecidas, era una bestia enfurecida que quería aprender lo que fuese. Recuerdo que salía en las noches un poco mareado, casi sin haber comido nada. En casa pensaban que yo estaba en una academia de esas que te preparan para la universidad de forma “estricta e intensiva”, claro el dinero de la academia me servía para comprar libros y comer algo por ahí. En ese tiempo los libreros todavía estaban en la avenida Grau, para mí era una delicia tenerlos cerca a sólo tres cuadras de donde vivía. Ahí, muchos me conocían, hasta me apodaban “el loco” (no el de Gibran, prefería ser el loco de Nietzsche, “el que se acerca a la divinidad” o el de Foucault “el que tiene de decisivo en la humanidad”), a mí me daba igual porque así tenía cierta autoridad, como si tuviese una tarjeta de descuentos para pagar menos por los libros. Así que mi cargamento de libros y revistas fue creciendo hasta que hizo peligrar el cuarto que compartía con mis otros hermanos. Mi madre botaba mis periódicos, los que recogía en las calles, hasta que un día tiró a la basura unos libros que consideraba viejos , y me di cuenta, aunque suene a una aberración, que la limpieza doméstica o la “higiene-de-la-casa” o como quieran llamarlo, a veces se opone a la cultura, y es que un libro de viejo a veces guarda una cantidad increíble de ácaros, bacterias, estreptococos, bacilos de Koch, Salmonellas y cuanta suciedad halla podido impregnarse y uno a veces duerme con los libros, he ahí el gran problema. Y como si mi metabolismo le hiciera caso a mi madre desarrollé una alergia terrible a los ácaros que se combinó en una dupla casi imposible de ganar con mis enfermedades respiratorias; sino eran los bronquios, eran las amígdalas o la sinusitis o la faringe o la garganta, y encima tenía que usar el spray Ventolín para la crisis asmática y un montón de antihistamínicos y me moría de sueño, tipo la tripanomiasis y la mosca tze tzé , y me di cuenta que la avenida Grau con sus cientos de libreros, con sus carros viejos y destartalados y su humo negro carbónico combinado con el de las carretas de fritangas y comida al paso me estaba matando lentamente, estaba siendo arrastrado por toda esa parafernalia monstruosa al precipicio, a la boca del Etna. Tenía que salir y no había forma, así casi por recomendaciones médicas y como mi familia no podía mudarse por razones crematísticas ingresé a la Universidad Enrique Guzmán y Valle, “La Cantuta”, con sus verdes follajes y sus cerros, apus protectores y su clima de paraíso, pero como sufría de un “transtorno de ansiedad generalizada” y de un hambre intelectual -que hasta el día de hoy no he podido saciar- entré a la vez a estudiar periodismo en la Escuela “Jaime Bausate y Mesa” de la Residencial San Felipe, aparte de que acudía como alumno libre al Jardín Botánico, a las clases de necropsia, taxonomía, etc. y de otros destripamientos que me parecían maravillosos por la cantidad de arterias, vasos, ligamentos, órganos, músculos y huesos que uno tiene adentro. Aparte era alumno de “Electrónica” en un conocido instituto industrial. A veces ya ni siquiera iba a dormir a Lima , me quedaba en casa de unos amigos de esas épocas, estudiando y leyendo, debatiendo lo que sea, a veces en la calle tomando un emoliente o un trago o cualquier bebida. A veces en la Residencial, arriba de uno de esos edificios observando la ciudad, como un gran monstruo que acechaba dispuesto a dar el zarpazo final. A veces “dormía” en “La Cantuta”, dormir era un decir porque las noches eran inevitables, el sonido de los pájaros, los grillos y los millones de estrellas sobre la cabeza, quién iba a dormir así. Ahí crecieron mis raíces poéticas hasta toparse con la Gaia, aquella ciencia extraña inventada por Lovelock (el nombre por cierto lo puso Baldwin el del “Señor de las Moscas”).


Tú publicaste un libro de ensayo Las armas del escritor (2003), podrías hablarnos de este libro.

Siguiendo el consejo de Mariátegui de que el mejor libro no es el que se escribe como tal, sino el que se va formando o conformando de una acumulación de ideas y de juicios a lo largo del tiempo, tal y como es “El Alma Matinal”, escribí las “Armas del Escritor”, abarcando como lo apunto en la “Nota Obús”, desde la Lingüística, lógica, química, matemáticas, botánica, electrónica, computación, medicina, quiromancia, música, etc. Hasta más allá de los límites de la patafísica que como sabemos es la ilógica jarriesca o los escarceos a lo Rabelais, sin olvidar a Eva Mentora y su mono Bosse-de-Nagge y el Propiciador orgánico Rafael Cipollini. Son en realidad muchos ensayos, y muchas ideas divertidas y controvertidas las que desarrollo en estas “Armas”, creo sinceramente que he escrito muchas cosas de manera alucinada, encerrado en mí mismo a lo Montaigne. Quizás muchos acápites se difuminen o pierdan o ganen contundencia con el tiempo, pero de algo no me pueden acusar, y es que todo lo escribí con pasión y con una imaginería cercana a la locura del doctor Laing o mejor del doctor Joseph Berke (recomiendo leer su “Viaje a través de la locura” escrita al alimón con su paciente y clínicamente desahuciada mental Mary Barnes). Y como dice Eugenio Trías irremediablemente “el loco tiene la palabra” (leer su Filosofía y Carnaval, editorial Cuadernos de Anagrama, Barcelona 1970).


En general son más de dos mil páginas que iré sacando siguiendo mi línea dialéctica, en forma de atentados. Justo ahora estoy tratando de sacar el segundo número que en realidad y como se anuncia en uno de los subtítulos es un panfleto de agitación y propaganda (agit-prop), pero con humor literario. Se entiende “humor” no como lo jocoso, risible, sino como una excrecencia cultista o renacentista si se quiere o humor vítreo, no el que sale del ojo, sino del espíritu. Creo -como los antiguos- que el conocimiento con reglajes es un invento de la Gran Máquina Capitalista para dominar el mundo y hacerlo servicial a su otra Gran Causa -anodina y vil- que es el dinero. Justo ahora he acabado de leer “Rito de Paso” de nuestro compañero de ruta Victor Coral y he visto que el “Gran Hermano” o “los bomberos incendiarios” o “El Complejo” coralino en su significado semántico de compuesto diferenciado por los diversos elementos que lo conforman, sigue siendo la misma cosa y confluimos todos -y me incluyo- de que el futuro que estamos viviendo desde la primera revolución industrial es la lucha por la libertad y cuya urgencia no enmendada podría llevarnos a una vuelta de tuerca -y esos pernos no acerados no podrán resistir- y se podría plantear en un plazo no muy lejano lo que estableció Asimov en “Yo, Robot”, es decir de repente la libertad y todas esas entre comillas ambiciones del ser humano sea cerebralizadas por la máquina, o el robots, el robots libre, el robots que se da cuenta de que es diferente y ha visto como el “Mito de las Cavernas” de Platón la luz espacial y aunque cegadora también libertaria. En ese sentido tengo miedo al futuro, es hora de que el conocimiento verdadero enrumbe a la carreta de la humanidad, los caballos gnoseológicos del conocimiento no se pueden detener. La lucha contra el mal es la lucha contra la ignorancia y quienes la buscan para permitirse los excesos que estamos comprobando en países como China o el sudeste asiático. Tengo un ensayo que escribí sobre todo esto el año 93 que fue el año que entendí realmente por qué se derrumbaban las viejas ideologías que habían sostenido al mundo y yo me hacía otra pregunta: ¿Por qué Shumpeter no se iba a la mierda junto a Keynes o Adam Smith?


Mejor, vuelvo a las “Armas”, como te venía diciendo para mí el conocimiento nunca tuvo divisiones, yo podía pasar de las matemáticas pitagóricas a un texto de Góngora y Argote sin pasar por un cortocircuito o un vacío védico, y es que el conocimiento siempre halla sus vasos comunicantes, primero porque no puede existir conocimiento sin curiosidad, y segundo porque la curiosidad no tiene género, es lo que te impulsa a aprender y a desarrollar ideas y conceptos persiguiendo ese algo que a pesar de buscarlo afuera sabemos que está muy dentro de nosotros y que se llama verdad (“entonces conocerán la Verdad y la Verdad los hará libres”. Juan Cap. 8 Vers. 32). Con esto quiero decir que antes del conocimiento y la curiosidad está la verdad, irónicamente es lo que personas como yo buscamos todos los días afuera, escarbando en el samsara, tropezando en los laberintos del conocimiento y su árbol raquídico, sus oscuros recovecos.


En las “Armas” hay también una intención belicista sobre la literatura, considero que cuando uno escribe camina como en un campo minado y puede perder cualquier miembro o la razón en cualquier momento. La guerra en sí está contra la mala escritura y contra quienes ostentan un poder usurpado y se dicen críticos literarios o baluartes o capitostes o capataces o serenazgos de la literatura. Hay un compadrazgo, una colusión reaccionaria y/o revisionista que en algunos casos tenemos que derrotar y “no importa de qué color sea el gato con tal de que se coma al ratón” como dice Teng Siao Ping, o sea no importa si se escribe poesía o prosa o subgéneros, o se escribe sobre cuestiones urbanas o rurales. No entiendo la bronca de los escritores proto-indígenas contra los proto-costeños, creo que la lucha sigue siendo del que trabaja contra el que no trabaja, o sea del que labora y produce plusvalía -y no sólo estoy hablando literariamente- contra el que se apropia sin derecho alguno de ello. El resto son masturbaciones de gente que no tiene nada que hacer y todavía tienen el descaro de publicar “sus deslindes”, por favor, no estorbemos el tráfico de los que sí quieren hacer algo por la literatura.


Se puede escribir panfletos si se quiere, con tal de hacerlo con talento y sin importarnos si vamos a ser bien o mal recibidos por los argolleros o los mermeleros, eso es ridículo, además esa vieja y carcomida idea de que el panfleto no tiene nada que ver con la literatura fue introducida por Engels; es curioso e irónico que quienes, en su mayoría niegan al panfleto sean de origen burgués , o es que ellos en el fondo tienen un corazón marxista.


Conozco a muchos escritores con buenas propuestas que no los reseña nadie, ni le dan espacio para nada. Esto me da vergüenza ajena. Este país como casi cualquier país latinoamericano como decía Guayasamín -a quien pude entrevistar en el Museo de la Nación cuando vino al Perú- es tan difícil salir adelante que lo compara con subir por un palo encebado y encima tener que liar con los que te rodean y te jalan del pantalón.


Aquí hay una guerra declarada, por un lado tenemos al talento de nuestros escritores, en su mayoría proletarios o recurseros o artesanos o profesores y por ahí un comerciante, etc. Y por otro lado tenemos la brutalidad amparada en los medios masivos, prensa, radio, tv., auspiciando a los hijos de sus mentores, levantando a escritores que siguen las recetas en estricto del Fondo Monetario Internacional que es la ley que siguen las grandes editoriales y algunas pequeñas que le siguen el juego: temas de autoayuda, literatura ligh , temas de moda o temas para reforzar o debilitar las resistencias psicológicas con respecto al mercado. Hay casos en que incluso se toma en cuenta problemas reales, por ejemplo la guerra interna o la violencia subversiva como es el caso de Roncagliolo y su “Abril Rojo” a quien entrevistamos en el programa “Degeneración” en el canal 27 UHF el año 1997 y donde nuestro autor se mostraba tímido pero con ganas de entrar en el gran mercado, en todo caso no le queda mal el mote que le ha puesto Dante Castro: “el Jackie Chang de la literatura peruana”. Creo en todo caso que ese personaje, el tal Chacaltana no podría existir en el 2000 en Ayacucho, tal y como Roncagliolo nos lo quiere hacer creer.


Creo sinceramente que es hora de ir poniendo las cosas en su lugar, pero parte de estas cosas que están bien explicadas en el “Décimo Atentado” de las “Armas del Escritor” hay aquí también unos artículos dedicados a ciertos escritores para compensar -si se puede y en parte- el vacío y el mutismo que hay sobre ellos.


Creo en la solidaridad y en el buen gusto. Creo en los perfiles bajos, en los matrimoniados con las letras a oscuras, palpando el magma de la creación todos los días de la vida, a veces sin esperar nada, otros esperando ser leídos y nada más.


Todo escritor debe tener sus armas con la que enfrentarse a la página en blanco, que es -después de los reaccionarios- el principal enemigo del escritor. Uno tiene que construir sus aperos, sus chaquitacllas, sus azadones, sus lampas, picos, martillos, barrenas y cuanto instrumento sirva para atacar el vacío. Uno empieza precariamente por ejemplo con su tropología: metáfora, metonimia y sinécdoque, que vendría a ser una pequeña aguja hipodérmica, la más pequeña llamada creo tuberculina, y va hilvanando lentamente como tejiendo una chompa de hilo, así de fácil y de difícil a la vez; creo indispensable la lectura, porque sin ella no hay nada, es más, considero que la escritura es la reacción física en sentido contrario de la lectura y no se podría inventar nada sin ella o cómo creen que sale Yoknapatawpha de Faulkner, o el “Santa María” de Onetti respondo con una pregunta: ¿debajo de la manga? Nadie es pues mago y a los prestidigitadores casi siempre se les descubre el truco, aunque a veces los medios y cierta corte parcializada hacen todo lo posible porque el acto de magia se vea limpio y saludable para las masas, me estoy refiriendo a los “escritores” auspiciados por los medios de comunicación, claro esto no es una generalidad. A Vargas Llosa, quién podría decirle que es un vulgar prestidigitador y saltimbanqui de esquina, respeto toda su literatura -desde “La Ciudad y los Perros”, pasando por “Conversaciones en la Catedral” hasta llegar a “La fiesta del Chivo” y el “Cuadernos de don Rigoberto”, aun cuando no comprendo por qué tuvo que traicionar a su generación y me estoy acordando del pacto que tuvo con Cortázar, Fuentes y García Márquez, del dinero que donarían a la revolución cubana si alguno de ellos ganaba creo que el “Rómulo Gallegos”, y Vargas Llosa prefirió comprarse una casa.


Esto me parece un acto egoísta propio de una reputación dudosa que no le importa ni mierda nada más que él, bueno por eso podemos entenderlo cuando sale a defender a los banqueros, sus amigos, y encarna toda esa cojudez que fue el Fredemo y el onomatopéyico tutú tutú que nos tenía hartos, y saturó tanto que el populorum le dio el voto al chino y vimos lo que pasó en esta política asquerosa. Y si me meto en todo esto es porque considero que todo escritor o en camino de serlo tiene que vincularse con su realidad o negarla definitivamente, no creo en la definición de Freud sobre los poetas a los que definía como seres neuróticos alejados de la realidad. Nada que ver y si revisamos los textos de Freud viejo nos damos cuenta que él ya no insistió en esta burda teoría, pero eso sí, jamás se retractó y yo me pregunto si habrá dudado. Y si se está como Dimas y Gestas y al medio la salvación o le crees o no le crees, no hay lugar para la duda. Y Freud arde en el infierno y los poetas proletarios del mundo le seguirán echando leña al fuego para que arda por la eternidad.


Creo en el gran cambio que ha de venir desde el lenguaje y ha de remecer toda la estructura social y aquí me permito una autocita que aparece justamente en las “Armas” y que me va a permitir graficar mi yo, lo que considero como acto revolucionario y la nada o el vacío: “Si un sujeto radical gira alrededor de la revolución lingüística, entonces gira también alrededor de una vanguardia contra el poder, y si gira alrededor de una vanguardia contra el poder también gira alrededor de una lecto-escritura acelerada, y si gira alrededor de una lecto-escritura acelerada entonces gira alrededor de un ensimismamiento sobre el vacío”. Y si quieren lo pueden demostrar lógicamente reemplazando el texto por variables. El resultado: una tautología.


Y digo esto porque cuando uno habla cree que le entienden pero de repente no ocurre esto o de lo contrario se entiende otra cosa y por lo tanto no hay comunicación y siempre hay que preguntar y preguntarse o excederse en la explicación o la pregunta para así evitar el error o caer en él sin mayores quejas. Pero esto me hace recordar a su vez al comandante Marcos cuando le hablaba a los indígenas y le decía que los obreros del mundo tenían que unirse, “pero estos se limitaban a mirarle fijamente. Le dijeron que ellos no eran obreros, sino personas, y que la tierra no era una propiedad, sino el corazón de sus comunidades” ¿!(pg. 536 “No Logo” Naomi Klein. Edit. Paidos Plural, aconsejo comprar la edición pirata que la venden en Amazonas a 10 soles) y entonces qué decir, sólo nos queda subir las cejas o hacer lo que Marcos, es decir aprender desde cero y hacer el cambio o perdón “pedir” el cambio y pasar de comandante a subcomandante o a soldado raso.


Y para un poeta esto ya es demasiado, hay que escribir pero también hay que vivir, sino de qué se escribe y hay que vivir éticamente sin olvidar la estética en la forma en que la entiende Theodor Adorno.


Quizás muchos vean aquí una mezcla de todo es decir política, literatura, religión, etc. al fin y al cabo todo es conocimiento y como en la vida pues, nada hay que pueda ser puro o explicarse al margen unidimensionalmente, esto lo puedo explicar con ejemplos. Primero, el de la bronca de Diego de Rivera (pintor) con Trotski (político), y en la que se ve inmiscuida Frida Kahlo (pintora-poeta-amante) quien por cierto vivió un tiempo en la casa de Bretón (poeta). Hay que recordar que Trotski cometió la ingenuidad de escribirle a la Kahlo pensando que lo iba a ayudar en aquella pelea y no fue así. Cabe anotar que Bretón siempre fue fiel a la memoria de Trotski. Ejemplo segundo: el papá de Luis Alberto Sánchez, el señor Sánchez estudió en el colegio con Clemente Palma y con José Santos Chocano, ellos junto a Luis Aurelio Loayza fueron grandes amigos, la historia la cuenta mejor el propio Luis Alberto Sánchez: “Aquellos cuatro amigos -Palma, Loayza, Chocano y Sánchez- cultivaban las letras. Chocano, el menor, pero el más impetuoso, ganó fama en plena juventud. Palma, a la sombra de su padre don Ricardo, se consagró a la literatura y más tarde siguió estudios en la facultad de letras. Loayza prefirió la bohemia y la musa criolla. Papá ensayó el teatro. En 1891, ya de novio, escribió una comedia en tres actos y en verso titulado El 15,700, cuyo tema, a la manera de algunas piezas de teatro criollo, es el sorteo o lotería y las vicisitudes que en su torno se produjeron” “Testimonio Personal. 1 El Aquelarre, 1900-1931” Luis Alberto Sánchez. Editorial Mosca Azul. Pg. 50. Segunda Edición. 1987.


Veo a través de tus libros de poesía, La túnica de Ankou (1989), Sinfonía del kaos (1993), Vómitos (1999) y el que publicaste junto a Gonzalo Portals Por la boca muertos (2002), un cambio en el lenguaje, del vitalismo urbano hacia lo metalingüístico neobarroco. ¿Cómo se ha producido este proceso?

La escritura no es más que el producto ordenado (escritura), sintetizado (desescritura, borrar lo que no sirve), pasteurizado (corrección), homogenizado (revisión), y envasado (formato libro) de mis lecturas (acción pasiva) y vivencias (acción activa), la parte tangible y material si se quiere de mi ejercicio sobre la realidad.


Si bien es cierto que a mi espíritu urbano-marginal no en el sentido sociológico sino en el literario le corresponde un lenguaje citadino con pernos, botes de basura, antenas de tv., cemento, hormigón, perros chuscos, carros destartalados. Mi espíritu, entidad etérea y condenado a vagar, en sí pues no es estable y no sólo tiene esta realidad como espacio de realización, no en el sentido ideal sino en el sentido formal.


Correspondo como buen acuario, al elemento aire, pero a un aire difícil que como el signo lo indica se cree agua. Ahí hallo mi volatilidad y mi concordancia con lo que siempre he estado haciendo. Considero que la quintaesencia, o sea el éter para los gnósticos, es o contiene un poco de aire, éste lo cataliza, a la vez que le sirve como medio de transporte, como canal exotérico.


En mis primeros textos me descubro como un animal de estas cavernas modernas que son las ciudades, avanzo por su aparente orden respetando las señales de tránsito, palpando un mundo que para mí era tocable, matemáticamente completo. Más allá de ese mundo no habría otro mundo. Eso creía, pero estaba equivocado e iba camino a mi descubrimiento después de tantos errores y horrores, uno de los cuales fue dejar de escribir y convertirme en un asceta, de esta forma viví un tiempo en el templo Khrisna de Chosica, cantando mantras y comiendo comida vegetariana (prashadam), ahí conocí a Omkara, al pequeño -en ese tiempo- Virachandra, popular “Vira”, al siempre atento Madhuhari, con quien una vez nos encontramos en la cola para entrar a ver una película en la ex-Filmoteca de Lima, ahí me confesó que el cine era una de sus grandes “debilidades carnales” y uno de sus más grandes “apegos”. A otro que conocí en el templo fue a Joao, un brasileño sociópata pelucón con el que estuve vagando por la urbe, enfrentándonos junto a Omar (del cual ya he hablado en “Las Armas del Escritor”) a los peligros de la calle, la delincuencia nocturna, el diariovivir y sobrevivir, y todas las formas lúmpenes de la cual no me he podido zafar.


Así y de a pocos fui chocando con otra realidad no tridimensional, no medible o medible pero con otros aparatos y otras medidas. En este trance, acompañado de mis lecturas que eran mis ropajes y mis escudos, fui tejiendo otra versión de lo que sucedía en la “realidad concreta” como lo llaman los materialistas dialécticos.


Ocurrió en mí una saturación, un atosigamiento, una atomización, un repletamiento, de hechos, experiencias y lecturas y yo estaba como los suicidas de la Yijah a punto de estallar, inflado hasta la coronilla como esa figura del medicamento “Pancreoflat”, meteorizado por la realidad. Y este punto máximo de inflexión era pues dejar de escribir o continuar, pero de otra manera, en una búsqueda unitaria, personal y totalmente egoísta. Yo andaba buscando formas diferentes de expresar esto que ya me había sobrepasado y amenazaba no sólo con desbordarme, sino de aplastarme. He escrito otros libros buscando nuevas formas de expresión. Siempre he dudado cuando decían que ya todo estaba hecho y que no habría más que conformarse. Yo no me conformaría. No estaba hecho para eso y repito soy terco.


Un día a fines -creo- del 98 y luego de muchas conversas en las que mi rigor poético se puso en duda, y en las que mi criterio se erizaba para defenderse de un ataque inmisericorde: realismo urbano, coloquialismo, tendencias horazorianas, vestigios del simbolismo, estragos del surrealismo, apostillamientos del creacionismo, etc. Sobretodo porque “Sinfonía del Kaos”, escrito a mis 19 años, no era en sí un libro “correcta” y “académicamente” bien escrito al decir de muchos alguaciles literarios y también de poetas a quien yo respetaba y respeto como Gonzalo Portals. Este último, en esas instancias, y con una atmósfera que yo entendí más de identificación poética. Portals siempre había sabido que yo existía, pero ignoraba que el mito no sólo me desbordaba y el quería “probar” si yo estaba en “capacidad” de escribir sobre otra latitud, otra longitud, otras coordenadas, otros espacios pantanosos, farragosos, limosos, lejos de la urbe y del sonido de las combis, era para él un desafío que quería probar o aprobar para continuar una productiva amistad de feed back y retroalimentación que hasta ahora animamos, no ya en libros -aunque espero pronto-pero sí verbalmente en conversas banales y también científicas o netamente literarias. Así se planteó el dilema, escribir “Por la boca, Muertos” a lo cual respondí con un estro nitzscheano, deleuzeano, focoultiano, batailleano, etc. Pero, lo que Gonzalo no sabía era que yo había enterrado a “Sinfonía” hace mucho tiempo y me había costado trabajo y lágrimas. Lloré más que cuando perdí a mi primera enamorada, la Beatriz Portinari de Dante o la Lolita pajerística de Nabokov o la Elizabeth Barret de Robert Browning, el poeta romántico por excelencia.


Mejor sigo contando, Lichtenberg decía que la crítica literaria era una enfermedad infantil que todo libro recién publicado debía superar. Pasado el tiempo -casi 20 años- desde la escritura inicial y 13 de la publicación de “Sinfonía del Kaos”, tengo que responder a muchas interrogantes y cuestionamientos que ha sufrido mi libro, sin que yo hiciera nada más que mantenerme al margen y dejar que “Sinfonía” se defendiera como pudiera, patas arriba o enrostrando su bendita poiesis como el gotear de un oscuro grial o como el gotear silente -si se quiere- de un líquido de freno, motivo por el cual, pronto iremos al choque.


A mí se me ha encasillado como “poet maudit” cuando nunca ha sido mi pretensión serlo, creo que es suficiente con soportar todos los días una realidad absurda como esta para ser considerado como tal. Subir a la combi, pagar pasaje, mirar en una suerte de traveling cómo se va a la mierda todo el mundo todos los días, prender el televisor o la radio y recibir los vómitos putrefactos de una realidad también putrefacta: ¿soy o no soy maldito? That is the question? Cómo decirles que soy un “bendito” ser humano que no tuvo intensión ni siquiera de escribir un verso, simplemente fueron partes, lados, caras de mi personalidad.


El otro día un estudiante de “La Católica” me llamó por teléfono para increparme por ser “maldito” y que a la vez que me cuestionaba quería escribir un trabajo sobre mi poesía, no me quedó más que colgarle el teléfono. Otro señor me llamó del INC para invitarme a un recital con “la generación del noventa”, le pregunto quienes van a leer y luego de escuchar los nombres de novísimos me abstengo por una cuestión de solidaridad con mi generación. En estos novísimos hay buenos poetas incluso hasta mejores que muchos de nosotros (el caso de Mónica Beleván es realmente ilustrativo), pero hay que respetar los órdenes de llegada.


Claro, también me han invitado a participar de la publicación de una antología con “lo más graneado de la poesía peruana”, pero al informarme de cuánto cuesta mi inscripción me abstengo, prefiero usar mi dinero para cosas más provechosas como comer un pollo stragonoff, aunque ahora sólo me alcance para unos pegoteados tallarines con mantequilla en mi mugrienta cocina (los tallarines Alianza con huevo son los más baratos, aunque casi siempre salen terribles. Precio 1 sol treinta).


Aunque no todo es abstenerse salvo cuando la realidad sexual de Lima nos obligue a ello. Así y ya con la “Sinfonía” a un lado, se dio la oportunidad de expresar mi nuevo rollo y salió “Por la boca…” el año capicúa del 2002, en una pequeña edición no-venal, que no estaba hecho para cubrir todo el pequeño universo lector -se entiende de Lima- sino para ser distribuido directamente a poetas, como es lo que pasa cuando un poeta edita para otros poetas en un sistema de silogismos donde el único beneficiado será el eterno Logos, este submundo que he aceptado y del cual no saldré jamás o con fórceps que es como nací en la clínica “Sánchez Moreno”, al frente de la ex-Biblioteca Nacional.


Volviendo, yo no había perdido mi identidad sino que había descendido a los océanos de la palabra, ahí estaba con una escafandra sostenido arriba sólo por un cable, sólo y no “ante la noche espacial” como diría Cardenal, sino ante mis miedos y mis riesgos, y ese cable era otra vez mis lecturas extremadamente desordenadas: la robótica unida al misticismo, la matemática cada vez más cercana al lenguaje y a la economía. La literatura en oposición a la arquitectura y de ahí a todas las “turas” en el campo Agramante de las artes adivinatorias, y claro la filosofía en una línea divisoria con la estadística; ideas propias de un desquiciado.


Quiero anotar que nunca he tenido miedo a los cambios, ni a lo nuevo. Nada más que hay situaciones a las que uno llega por metamorfosis o por crecimiento evolutivo. Yo como dice el poema del chato Sarmiento “me metamorfoseé”, estaba genéticamente dotado para ello, pasé de batracio a rana o sapo y perdí mi cola, pero me doté de pulmones conservando mis branquias y di el gran salto, salté hacia el río heraclitiano, hacia los aceános de Joyce o los cielos de Pound o al mismo infierno de Dante con la pantera, el león y la loba aullando y yo de la mano de Virgilio y de muchos otros escritores en los que de seguro se reconocerán los dedos de Papini (leer su maravillosa “Historia de Jesucristo” sus cuentos de “Gogh” y su famosísima obra “EL Diábolo”).


He leído a otros autores congeneracionales con los que me emparento verbalmente y veo en ellos a mi diferencia, que evolucionaron por crecimiento intelectual siguiendo un derrotero de búsquedas. Ejemplos claros son Ana María García y sus “Hormas y Averías” donde al decir de muchos está la mano de Toño Cisneros, más que Mónica Delgado en la que Rubén Quiroz fungió de ginecólogo literario y logró mostrar al mundo ese buen -aunque pequeño- libro “Electios”.


En el caso de Alberto Valdivia hay también una línea evolutiva o para emplear un término valdiviesco: “transevolutiva” entre “Patología” (escrita al alimón con “Histología” de Portals Zubiate) y “La Región Humana” (su caso es tremendamente entrópico en el sentido de ruido y de falta de fidelidad en el mensaje y no creo que falle el canal, sino es problema intrínseco del emisor y ya Coral lo ha develado en sepia de modo que sus colores o su palabrerío se disipa y muestra a un incipiente escritor “que intenta confundir”, hay que ser prudentes y esperar un tiempo más), alrededor de ellos también giran: Gladys Flores con su libro “Erlebnis” dedicado a Behemoto, el dios de los excesos y también del vino; también Rosario Rivas con ese lenguaje cada vez mejor trabajado. Paula Bach de la cual muchos dudan, pero quiero creerle hasta que demuestre lo contrario aunque se noten las costuras y se le corra la panty o como diría Vico “se le corra el rimel”, le doy de todas formas the Benedit of the doubt.


Tangencialmente a ellos, Carlos Carnero con su “La Razón de los Efectos”, libro muy cerebral y lógico. Conozco a Carlos y sé que secretamente está enhebrando un gran libro. Hay que esperarlo, él tiene su propio tiempo.


Hacia atrás obviamente Morales Saravia dado por desaparecido, aunque un amigo suele encontrarse con él en un prestigioso club; sus “Cactáceas” y sus “Zancudas” fueron para mí todo un remezón; y siguiendo la línea retro, claro Chirinos Cúneo y su “Idiota del Apocalipsis”: “Frente a la ciudad, frente al mundo, la madre bella ha parido un payaso irrisorio pero azul. ¡Maldito coito amarillo! Pero he aquí que hay una gran cosa que rueda, una cosa inmensa como el mundo; he aquí que hay una gran cosa que rueda y no cae, y que grita, casi con demencia, pasada la niñez olfateante, una vez llegada la juventud pálida: ¡Payaso azul!, ¡payaso azul! Locura atacada y resplandor ignorado, grandeza de rey. Joven orgulloso de tu mísera plenitud, ¡poeta!”. Libro este silenciado por la prensa burguesa y los sargentos literarios, alguien debería mandarlos a fusilar o inyectarles potasio de cloro (inyección letal) o mejor bañarlos con hipoclorito de sodio que sirve -como ordena la Organización Mundial de la Salud- para limpiar el water.


Y claro podríamos seguir yendo hacia atrás y pasaríamos de seguro por el verso proyectivo de Charles Olson en 1950 (“Projective Verse”, que en su original fue un panfleto que aspiraba transferir la energía del mundo directamente al lector sin ningún tipo de mediación o artificio, así el sonido tenía que plasmar la sintaxis y el significado tenía que plasmarse mediante las percepciones y no la razón), o la escritura automática impulsada por Bretón y sus socios surrealistas (“El acto surrealista más simple consiste en bajar a la calle, revólver en mano, y disparar al azar tanto como se pueda contra la multitud…” Bretón dixit), tendríamos que incluir también al uruguayo Lautrémont y sus “Cantos de Maldoror” y llegar a los simbolistas malditos: Baudeliere (“Las Flores del Mal” aunque existe con este mismo título una película muy buena de Chabrol donde varias generaciones se ven arrastradas y enlazadas con el crimen), Verlaine, Mallarmé, entre otros, y al inefable Arthur Rimbaud, (en Lima se podrían escribir muchas “Temporadas en el Infierno”, lástima que Arthur no haya nacido en Perú, de seguro hubiera reencarnado en el “gordo Momón”)


Quiero apuntar otra cita para explicar ese camino hacia lo metalingüístico barroco a que te refieres, la cita corresponde a Luis Alberto Sánchez (de quien aconsejo leer todos sus libros incluido sus novelas que son un poco pesadas): “Góngora murió en 1627, y ya existía, en las colonias españolas de América, amaneramiento, gusto por la excrescencia, superstición de lo paramental. América -lo he dicho en un ensayo especial- nació barroca, retorcida, cuajada de expresiones dilatorias, de rodeos, de alambicamiento. Ya Vasconcelos observa en su Indología que la arquitectura azteca prehispánica era complicada. La historia del arte peruano precolombino ostenta grecas abigarradas, motivos ornamentales crispados, decoraciones rupestres llenas de curvas angustiantes, peces monstruosos, leones de mil patas, más difíciles que los rampantes cuya fiereza ostentan los escudos nobiliarios (pg. 42. “Panorama de la Literatura del Perú”. Edit. Milla Batres).


En este nuevo libro Ruptura de heje (2006), veo como una fusión de ambos registros, del medio urbano social y del interior del sujeto descentrado o escindido, ¿cómo surgió este libro?

Dentro de mis diversos ejercicios literarios apareció como en una realidad paralela nuestro no tan bien presentado en el sentido formal: “Heje”, y es que este libro corresponde a mi nostalgia por la fractura del lenguaje -nótese que hablo de una etapa volitiva hacia algo que ocurrió luego en mi cerebro-, hay un desfase, una línea no aristotélica, de unión de puntos geodésicos que trasunta todo en mi cabeza, y por lo cual “Ruptura de Heje” no debería ser el epítome exacto de mi estilo personal. No es que quiera complicar las cosas, más bien trato de explicar y/u ordenar que muchas “cosas” de las cuales escribo o desarrollo, en un principio las he soñado o imaginado y luego han venido a convertirse en realidad, alguna de ellas muchos años o décadas después como es el caso de esta ruptura. La concepción de este libro -así como la de todo lo que escribo- se resuelve en un plazo largo. Voy -como se dice- pensándolo, dándole vueltas, cubriendo sus vacíos y dándole todas las vueltas de tuerca posibles -y aquí si hay tuercas aceradas-, luego de esta etapa paso a escribir las líneas de fuerza o el armazón o columna vertebral la cual se crea con todo el sistema nervioso y cerebral del libro emparentándolo o emparentándose con mi pulsión cardiaca o creadora o simplemente la pulsión de mi mano sobre el papel que es el último punto de la cadena nerviosa. In extenso el lugar más alejado al que llegan las dendritas por el conducto axonómico es al papel.


El caso específico de “Ruptura de Heje” me viene desde lejos y creo que nació una tarde cuando de adolescente vi “Citizen Kane” de Orson Wells, ahí en la primera parte se busca la connotación de la palabra “Rosebud” dicha por el millonario y excéntrico Kane antes de morir, y toda la película gira y se repliega en esta palabra hasta que al final se resume que “Rosebud” significa una ficha perdida de un juego o la marca de una patineta perdida y que como colofón (Rosebud) es arrojada al fuego por unos estibadores y trabajadores de limpieza y como empezó acabó con un letrero de “prohibido el paso”. Aquí creo que se inició “Ruptura de Heje”, la palabra buscada sin un sentido de aparente lógica se desplaza en el papel-panel-ecram-pista de aterrizaje-etc. siguiendo un derrotero del cerebro neo córtex y del cerebro reptiliano. He querido suprimir el lado emocional tratando de negar un poco a Kant, quien como sabemos pensaba todo lo contrario o sea el lado oscuro del pensamiento dominaba hasta nuestras mínimas acciones, porque como se aprecia en la lectura de este libro no hay centros, e incluso en la cantidad de poemas que son trece, al romperse el (h)eje la filmación-escritura-trazo-acción toma una visión que requiere la habilidad, destreza y conocimiento del lector. Él es al fin y al cabo quien tiene que ordenar al texto para entenderlo y sus expectativas serán cubiertas de acuerdo a su experiencia.


La filmación-escritura tiene por lo tanto un “prohibido el paso” al igual que la película de Wells. Y esta prohibición tiene un salvoconducto que es la sintonía del lector con el filmador-ejecutor del paisaje, sin este salvoconducto se corre el riesgo de caer en un caos y ser derrotado por el texto. Culpa de la cual me eludo y me lavo las manos como Poncio Pilatos.


En lo que respecta al lenguaje en estricto, debo decir que es una progresión tanto hacia delante como hacia atrás, al igual que la novela “Flores para Algernon” (por si acaso la película denominada equívocamente “Charlie” no iguala a la novela, tan solo la interpreta a duras penas y con muchos errores) de Daniel Keyes. Aquí el personaje, un retrasado mental, es sometido a un proceso científico con cirugía de por medio en el que se acelera su conocimiento para llegar a un estadío en que él superó todo lo establecido convirtiéndose en un genio -estarán diciendo qué tal presunción la mía , pido perdón por esta analogía y me golpeo el pecho, pero esperen- para después de atravesar el punto máximo de la curva de Gauss volver a su nivel primitivo de retraso moderado, entiéndase que en todo este proceso él llevaba un cuaderno de notas, un moleskine en el que iba anotando sus avances en el lenguaje, pero, otra vez cuidado, Algernon no era más que la rata de laboratorio (no sé por qué le dicen conejillo de indias, creo que fueron los españoles quienes despectivamente compararon al cuy con el conejo, qué tal estupidez, es como si compararámos al oso con el perro) o sea su alter ego, en el que se probó primero el tratamiento. “La Ruptura de Heje” sería algo así como la mezcla de las diferentes personalidades literarias que me habitan, ahora mi sáudade-escritor se emparenta con el personaje de “Flores para Algernon” tanto hacia atrás con el retrazo moderado, como hacia delante en la búsqueda de una genialidad, aunque sólo sea una pretensión mundana y estéril; pero también se emparenta definitivamente en la parte final cuando él decide alejarse, apartarse del resto para desde ahí observar al mundo sin ser observado ni espetado, darse cuenta que alguna vez se vio la luz y que ahora se está condenado a la oscuridad.


Mi lenguaje -por cierto- avisa en su zona de frontera, vestigios del primer Ybarra, llamémosle así, con una carga urbana, con toques por ratos prosaico, coloquial, expresionista, cultista, con muchas necesidades y también carencias y excesos (“El camino de los excesos conduce al palacio de la sabiduría” William Blake dixit). Hay también un segundo Ybarra, bastante cuidadoso caminando equilibristamente en los linderos del barroquismo y el rococó, inmovilizado ante un cuadro de Archimboldo, ante un poema de Lezama Lima o de Trakl, impactado por el bossa nova, el dance house, el etno chill out o el free jazz de Ornette Coleman o el jazz electrónico que me tiene de vuelta y media, y estos grupos peruanos: Ertiub (buitre al revés), Rayobat, “Insumisión” de Leo Bacteria cuyos gritos te hacen estallar el cerebro o lo que queda de él. A este Ybarra le he denominado el Ybarroso o si quieren el Ybarroco.


Hay también un tercer Ybarra bastante exigente, buscando la perfección en las paredes del centro de Lima, escudriñador de planos de máquinas que nunca se pondrán en práctica, resolviendo ecuaciones que no sirven para nada y que no conducen a ningún lado como ese dibujo animado de Marcos que nunca encuentra a su madre y anda con su mono amenif vagando por ahí.


Hay un cuarto Ybarra, bucólico, meditabundo que mira la luna llena y cuenta los días haciendo rayas en la pared, y es a este Ybarra al que le tengo miedo, porque casi nunca se sabe lo que va a hacer, el miedo a lo desconocido me incluye (yo el Ybarra que responde la entrevista) y no me deja en paz.


Hay un quinto Ybarra sicalíptico buscando “el placer de los ojos”, en busca de la vagina dentada freudiana, fichando a Flower Tucci, Lucius López, Kajya Kassin, Eva Morales (el femenino de Evo que no tiene nada que ver con esta belleza, a propósito recomiendo su película “La Universitaria Caliente”) y muchas otras que han destruido por completo las formas clásicas del Kamasutra y “El Libro de Oro del Sexo” del cual tengo una versión en Inglés: “the Golden Book of sex”. Quiero anotar que los actores porno tipo Nacho Vidal me tienen sin cuidado, tanto alarde no lleva a nada y encima hay revistas que le hacen tanta propaganda. Cosas del mercado que todo lo desvirtúa hasta el erotismo y el sexo.


Hay un sexto y un séptimo y un octavo y un noveno y un décimo Ybarra que los reservo por razones estrictamente psicológicas y otras que ofenden la moral y las buenas costumbres.


En este punto suelto la pregunta de San Agustín expuesta en su “De la Vida Feliz”: “Quien acertaría adónde debe encaminarse, o por dónde debe sortear, si de improviso una tempestad impensada -que los necios juzgarían adversa- no empujara a ignorantes y aberrados, incluso obligándolos y a contravela, hasta la playa apetecida” Y como se sabe, la playa apetecida o el baúl de oro al final del arco iris deja de importar en el mismo instante en que se le consigue. Así la playa apetecida se convertirá en un aburrido paraje con arena negra donde la lluvia y la neblina no tardarán en llegar; el baúl de oro como en los cuentos de hadas y de hechiceros se convertirá en una caja de hojuelas de maíz, y el duende recibirá su patada en el trasero o su caramelo de menta o las dos cosas.


Quiero apuntar también una cita que siempre tengo presente y pertenece a Sartre en el segundo tomo de sus “Caminos de la libertad”: “Nos han abandonado. Y luego el tiempo se había puesto a correr de nuevo, a la ventura, los días no se vivían ya por sí mismos, ya no había más que días siguientes”. O sea la monotonía y lo prosaico de la realidad nos lleva a veces por una ley física a lo contrario , a la lucha por diferenciarse no sólo en el sentido estético sino en la amplitud del término donde no sólo la voluntad y el querer ser son todo el motivo, creo que definitivamente hay que atravesar un proceso o dar el gran salto, de todas formas lo cuantitativo (la cantidad de información y libros leídos o por leer) nos van a llevar a un salto cualitativo, una verdadera revolución por la dictadura del conocimiento.


Pero como decía atrás, estos Ybarras, se mueven en la zona de frontera porque en la zona abisal, en ese lugar donde reina la ausencia de luz, altísimas presiones y bajas temperaturas, ahí justamente ahí están los otros Ybarras -los infraybarras de bajas frecuencias- los que no quieren mostrar al mundo sus “herejes” descubrimientos. Los Ybarras que se respiran en la nuca unos a otros (como en la película de Pink Floyd “The Wall” y esos martillos marchando a la guerra), increpándose entre ellos, luchando porque no suenen las campanas, no las de Jhon Donne que le sonaron bien fuerte en las orejas a Hemingway, sino las del recreo o las de la salida, porque eso implicará decir algo o dar una entrevista y ser leído y condenado al flagelamiento, al garrote o a ser quemado vivo como tantos literalmente en la Edad Media o metafóricamente en la edad actual y no sé por qué me estoy acordando de Grass quien sigue “pelando la cebolla”, aunque ahora ha salido a decir que su madre fue violada repetidas veces por el ejército rojo y seguro después va a decir que de todo ello nació Freddy Kruger y nos mostrará su guante afilado en vivo y en directo. Igual uno tiene que pagar por lo que dice o deja de decir. Yo arrastraré mi bola de acero y correré los cien metros planos y la carrera de vallas o la maratón si se quiere, estoy preparado para ello. Construí en constante contradicción a este Ybarra y ahora lo entrego en sacrificio. La voz de Dios evitará el holocausto. Es hora de regresar a las páginas o salir de ellas para siempre. Gracias, Miguel, por los adminículos escritos, la tolerancia y la oportunidad, por esos viejos tiempos que quedaron detenidos en alguna fotografía o en el eco guardado de tantos recitales en los que se estuvo y no se está más.


Finalmente, quiero anotar aquella vez que subí a un micro en la plaza Grau y como siempre me fui al fondo porque no me gusta sentarme delante de nadie, era de noche como la una de la mañana y creo que era viernes, el carro avanzaba lentamente y tú estabas ahí al fondo siguiendo tu línea apolínea, filmando el paisaje de las meretrices y la carpa Grau y los chicheros y los choros y todo cuanto hay que ver desde un vehículo en movimiento; y conversamos algo breve que no recuerdo y el micro al llegar a la avenida Abancay se detuvo un buen rato, y por el espejo del chofer que devolvía su mirada a todos los pasajeros pude ver la cara de Caronte y no sé por qué se me ocurrió -lo recuerdo todavía- ponerme la moneda del pasaje en la boca, debajo de la lengua y olvidarme de todo. A veces hago esto de forma automática y cierro los ojos para alucinar que estoy en el Leteo, pero es la vida, Miguel, la vida y la poesía los que nos tiene vivos de este lado; y porque también hay mucho que escribir y que leer como decía el viejo Borges. Cuando ya no haya más esto y sólo el aislamiento y la cuarentena fortalezca lo que queda del espíritu, en ese momento pagaré mi pasaje.

Sasha y Sissi

Sasha  y Sissi

Jimmy Britto. Pimentel-Lambayeque, 1980. Estudia Literatura en la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa; co-dirigió la revista de divulgación literaria Cara de Camión.

(A Verano en los Ojos).

Viernes Once
Mis dos zapatos de taco por aquí... por allá, bien distantes uno del otro. Son rojos, y casi llegando a la punta llevan un adornito; es una corbatita michi; y son anchos, muy anchos.
Desde la cabecera de esta cama los veo al ir penetrando la lejanía callada, densa y quieta que inspira este lugar, como un aire que es absorto, que se encuentra en todo; que va flotando en las orejas de mis peluches, en la pantalla de la televisión, en medio de este ambiente colorido de espasmos repentinos en los que me pierdo.
Si pues. Allá mis zapatos altos, por aquí un collar verde y un bolso que me acompaña hace como cuatro años a donde vaya, con quien vaya. Los coloretes desparramados: el Vammy Ciruela, el Fresa Eslava. Y un rimmel que es a prueba de agua.
Mi vestido que aún brilla sobre el bidé. Tiene unos puntitos que imitan mal la fantasía a color, es rojo. No llega a tapar ni la mitad de mis muslos, pero me dibuja bien.
También muestra la blancura de mis duros pechos, grandes pechos, empinados pechos. De todos, este es el que más me gusta. De hecho, aunque las demás me critiquen, hay semanas enteras que me la pasó con este stresh diminuto de escote en la espalda y mangas largas.
El perfume se puede oler desde aquí. No me extraña, pero tampoco es mío. Encima esta la peluca con la que soy rubia todas las noches de martes a sábado, de ocho a tres, haga o no haga frió entre baldosas y semáforos malogrados. Entonces el espejo a mi diestra. De una esquina cuelga un rosario que veo por pura inercia y es ahí cuando me viene una sensación de absurdo si me pregunto que hago aun viva.
Es todos los días. Mas eso me ayuda a que me vea bella por una especie de contraste; con buenos pechos para tocar y chupar, y una boca briosa que dé besos largos y profundos, hasta la campanilla de la garganta, tan frescos como lo son esos de verdad.
El espejo me muestra cuando estoy echada en la cama, así como ahora, escuchando a Cake con I Hill Survive. Es de cuerpo entero y en la parte baja hay cochinada de mosca que no sale... cubre muchos de los trozos de cartón y tabla que hacen de la pared. También ayudan las fotos de Sinatra, las de Van Dame.
Deben ser las cuatro; será un cigarrito para la desperezada como dice mi amiga Sisi antes de levantarme e ir a traer agua para lavarme. He dormido bien.
Por el sol y su resplandor que filtra por la calamina es el calor. Ya estoy acostumbrada, sin embargo, a veces tengo suerte y puedo dormir hasta las cinco de la tarde, es cuando salen bien las autenticas huidas, los sueños más bonitos.
Llego a las tres de la madrugada, pero diré que rara vez duermo enseguida: en tinieblas me aseguro que tras la puerta quede una silla como único seguro; luego me desnudo y antes de tirarme de bruces entre la pared y un Garfield reviso la plata que haya podido conseguir, luego, ya envuelta en sabanas toco partes especificas de mi cuerpo; me recorro como verificando si es cierto que estoy completa, viva.
Las ciudades son peligrosas en la madrugada. Al menos eso es lo que dice Sisi que ha caminado como nadie; es qué cuanto más para alguien que pulula en esquinas sin puertas ni ventanas, con graffitis obscenos, con orina donde patinas y ríes...
Luego, en este cuarto, cuando todo queda muerto, pienso en cosas que no tuvieron importancia. Más de las veces en cómo la gente me mira.
Busco nombre a esa sensación muda que me lanzan, de la que me contagian; hacen provocar esa rareza hacia mí misma al volver al silencio de este lugar. Sus ojos, porque muchas veces no lograron extraviarse a los míos, en sus ojos aflora la desconfianza, el miedo, la mueca, y en algunos hasta la repugnancia. Seguro que es por mis cabellos o por mis largas piernas siguiéndose una a otra.
Y por eso este trabajo.
Le he llegado a tomar cariño a esta insana defensa contra los señores y señoras que giran en esta arena; jovenzuelos civilizados, y un buen día entendí que es mejor moverse en la oscuridad, comer en la oscuridad, emborracharse en las tinieblas, reír en esa oscuridad donde sólo yo contemplo mi mejor perfil. La cautela es importante para no llorar cuando una tras la ventana cual espía ve como ellos lo van devorando todo, los veranos y las primaveras en los parques y cines; con sus hijos, con sus globos. Cual gusanos se arrastran en las mañanas donde yo no sé de pan caliente; sí,... claro, y la manía maravillosa que debe ser tomarle la mano a alguien y andar. Ya en la noche. Ya en la tarde. Cierras la ventana, corres la cortina. Lo consumen todo, se desplazan a dos patas, ríen, también se peinan, llevando en la muñeca relojes que marcan un tiempo imaginario hecho de dispatia, unos segundos que no cuentan cuando ellos duermen y yo no.
Pero no me quejo, no.
Me despertó el calor y la radio sigue encendida, ha estado contemplándome, viendo como el maquillaje mezclado con sudor se corre por las arrugas de mis mejillas caídas, y mi frente; el ciclo de como se fueron agrandando los círculos de baba sobre la almohada.
Ha garuado. Eran azules las gotas que caían de un cielo invertido. Cuando las luces chocaban bien podía notarlo. Eso lo vuelve todo más desolado se quiera o no. Mis tres billetes arrugados en la mesa, hechos bolitas, ahí, junto al colirio.
Los conseguí en dos salidas. Uno fue por la masturbada a un vejete que en su época debió ser alguien importante.
Los otros dos por el servicio prestado a un cobrador o controlador, no oí bien, en el ultimo asiento de un ómnibus Comas-Vitarte... no es la primera vez obviando hoteles, fue rápido y limpio, todo el liquido que broto de su aparato quedó para siempre dentro de mi culo que lo trago todo, para el siempre. Poco papel, algo de ganas. Ando desquiciada últimamente.
Baje del bus bien agarrada del tubo helado, todo anda tan resbaladizo que una se puede matar en cualquier momento; di unas vueltas más, mas luego la avenida se me hizo vacía... Entonces empecé a caminarla a pasos cortos pero desequilibrados, como a punto de un desmayo; me fui hundiendo dormida en esa boca de dientes luminosos, de lengua negra y dura, salivada con el roció de la noche. Después me calme, y lo único que retumbaba en la ciudad era mi chicle chapoteando en mi boca. Ya había algo de gente.
Mi cuarto estaba lejos pero igual camine con la calma que busco para mi sangre, y la brisa es más cruel que antes... penetra a fondo en cada uno de los huesos que me sostienen, a una mano caliento mis caderas frotando kerosene; también es preciso untar las rodillas; es ahí donde el dolor es verdaderamente insoportable...
Sigo con los ojos cerrados, pensando en cualquier cosa, escribiendo al azar…(y me miro lo mire y lo arrastre al jardín, entre plantas y mierda de animales lo hicimos; gratis y a gatas... fue rápido y limpio, al acabar sólo atine a decirle chau papi mientras agachada me limpiaba a fondo. Fue la risotada lo que más me hace recordar ese asunto, la risotada de Sisi, digo)... cuando se lo conté.
Me llamo Sasha. Y vivo sola, a no decir de Micho.
Los portazos de mis vecinos también se afirman como una compañía, eso rompe con muchas cosas que se tejen en mi cabeza cuando no duermo. Ahí una luz mortecina alumbra día y noche, es un corredor donde es infaltable la ropa colgada, la de ellos, porque a mí me provoca cierta vergüenza los huecos insanables de mis blusas. Pero todo es soportable, a no decir que es el santo de mamá Gonzala, en ocasiones aun la extraño como un chico, aunque ni yo misma lo pueda creer.
Pero nada ha cambiado. Yo no he cambiado, así que a rascarse las entre piernas, nada de visitas ni nada. Una vuelta y de espaldas a la puerta, al espejo, a mi abrigo colgado; qué cansada me siento... ¿y si el alma esta en el estomago?... ¡¡en el intestino grueso!!... jaja. Cae una lagrima y otra, y veinte y cien… es urgente el colirio.
Tengo plata, pero nada de hambre; quizá sed, eso sí.
¡Sasha! ¡Sasha!... no, no lo soy... no lo soy y lo comprendo de nuevo cuando rozo mi pene al bañarme, cuando esto se convierte en un ejercicio para disipar el sin sentido hacia las cosas; para alejar ese remordimiento verdaderamente absurdo de pena que me produce el que no vean mis ojos bajo el cerquillo... mis ojos cafés, mis lindos ojos cafés. Yo, a mí, de haber sido mujer me hubiera gustado llamarme así: Sasha.
Pero no, sólo soy un cabro viejo que duerme mucho; un maricon, espero que sano.
Soy la más franca en el oficio a la hora de dejarme tomar, el asunto es que paguen algo. Los secretos de los años los pongo a sus disposiciones, a sus satisfacciones, y me alegra hacerlo.
Sé bien, y esto es por decir algo, que mientras con más peso me siente en sus pubis al tener todo su aparato dentro de mi túnel escabroso, el placer puede llegar a ser satánico, como bien un policía me lo dijo. Te dicen que eres bella, y puede que hasta con un besito te despidan antes de abrirte la puerta, en el pasado me cuidaba, ahora no, porque a ellos les gusta así, a mí también; ya nada de esos jebes olorosos que se deslizan tan bien en el trasero, y en la los espacios del paladar y la lengua.
Ahora disfruto con cada uno de mis clientes, hay derecho ¿no? . Eso me lleva a apretarlos fuerte contra mi espalda sintiendo como en las nalgas y muslos unas gotas calientes descienden hasta las pantorrillas... con furia de adentro afuera; rabiando, algo nos decíamos... me insultaba, pero a mí sólo me importaba cerrar los ojos y sentir su pinga, sentírla bien adentro, húmeda y tiesa; sentirme estremecida cuando me raspaba las paredes de ahí… segundos interminables, enfermizos. Más y más adentro le pedía, pero nada. En lo más profundo, empecé a sentir como era rasgada talentosamente por sus movimientos, fue por mucho tiempo. Me gustaba. No le cobraría.
Sin embargo la sabana en algún momento empezó a nublarse, a desaparecer; los sonidos eran ecos y mis brazos flaquearon. Yo no sentía nada, mejor dicho, sólo el relente mojando la curva de mi nariz, y mi cuerpo cediendo boca abajo cuando mis brazos ya no lo soportaron.
No lo entendí hasta que al despertar de lo gris de la inconciencia me vi levitando en el rojo de mi sangre, en el océano de mi sangre; esos lugares son peligrosos, y más si el puñal hubiera alcanzado la totalidad del ano, o la punta del hígado. Los locos esos; Sisi se portó como nadie, Sisi murió ayer. Pero ese es otro tema.
Tantas esperas para olvidar…. Buena canción.
Nadie entiende que todo hubiera sido igual: que el sol hubiera sido igual... jaja... no, cojudeses, otras cosas hubieran sido igual. Nada hubiera sido tan diferente. Igual me hubieran abierto las piernas en algún hotel barato a medianoche mientras papá veía la tele, igual daría la vida por Mecano... no sé. Igual saltaría mi corazón con un deseo, con lo fugaz que a veces parecen ser los sueños .Y de eso si estoy seguro.
Tal vez sólo tendría a alguien a quien abrazar mientras lo amo, alguien a quien decirle cuan triste estoy mientras fumo cruzado en la cama en esas tarde donde llueve y el techo parece ceder con su foco amarillo.
Soy Sasha, y silbo. Tal vez sólo tendría billetes bien planchados con los que comería comida caliente metida en una falda a cuadros bien baja y ancha, pidiendo al mediodía que repitan esta canci… mostrando los dientes sanos que tengo… sonreír, como ahora lo estoy haciendo, por pensar en la cantidad de porquerías que a uno se le puede ocurrir en la sala de un hospital, mientras recuerdas qué fue tu vida, tu cuarto, y un par de sueños, por ahí.
Deben ser las siete.

HACIA UN PAÍS SIN LIBRERÍAS

HACIA UN PAÍS SIN LIBRERÍAS

POR GABRIEL ZAID

Presas de un círculo vicioso que se retroalimenta, producto de malas decisiones gubernamentales, y muestra del fracaso de nuestro sistema de educación, las librerías en México se encaminan a desaparecer. Gabriel Zaid hace la autopsia de esta industria nacional.
El número de librerías que hay en México no corresponde al tamaño del país, ni a su escolaridad. Desde 1940, la población se ha quintuplicado: de 20 a 102 millones. El número de estudiantes se ha multiplicado 16 veces: de 2 a 32 millones (ha subido de un décimo a un tercio de la población total), según las Estadísticas históricas del INEGI y los informes presidenciales. La población universitaria (la que terminó cuando menos la preparatoria) ha crecido como 80 veces: de 0.2 a 15 millones (ha subido del uno al quince por ciento de una población cinco veces mayor). Por esto, y por la intensa burocratización del país desde 1940, parece natural que la demanda de papel para escribir (en la escuela y en el trabajo) haya crecido aceleradamente. Esto se refleja en el número de papelerías, como puede verse en la tabla adjunta.
Lo que no parece natural es que las librerías se hayan rezagado, y cada vez más. En 1940, había casi tantas librerías como papelerías (sin contar que muchas papelerías vendían libros). Para 1970, la proporción había bajado de 90 a 22 por ciento. Actualmente, no llega a 4 por ciento. ¿Cómo explicarlo?
1. En primer lugar, porque los universitarios no leen, como lo documentó la encuesta La cultura en México de la Universidad de Colima (1996) y lo confirma la Encuesta nacional de lectura de Conaculta (2006). Dado que el ingreso promedio de la población universitaria es superior al ingreso promedio del resto del país, esto implica que la población más preparada (escolar y económicamente) para comprar libros no es lo que se esperaba. La educación ha costado mucho y educado poco. Esto se refleja en el número de librerías por millón de universitarios: ha descendido a la quinta parte (de 922 a 187), como puede verse en la tabla.
2. Cada vez menos libros de texto pasan por las librerías. Fueron un renglón básico para el negocio (por su volumen y su venta rápida y segura). Pero en 1959 se creó la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos y los de primaria salieron de las librerías. Actualmente, la Conaliteg distribuye gratuitamente un millón de ejemplares diarios (www.conaliteg.gob.mx): más de los que venden todas las librerías juntas. Gradualmente, las librerías fueron perdiendo también los de secundaria, preparatoria, etc., a medida que los centros de enseñanza entraron al negocio de la venta a sus estudiantes.
3. El negocio de las librerías, descremado de los libros de texto, fue descremado también de los bestsellers. Las cadenas de tiendas empezaron a vender libros, junto con todo lo demás, y con los mismos criterios: maximizar las ventas por metro cuadrado. Esto condujo inevitablemente a excluir los libros de menor rotación: a concentrarse en los bestsellers, sin entrar a la parte más difícil del negocio, que dejaron a las librerías. En esta parte difícil está el atractivo cultural de la diversidad, pero el problema comercial de una demanda menor.
4. Las librerías fueron desplazadas a zonas menos concurridas. La presión de elevar la rentabilidad comercial de cada metro cuadrado condujo a una elevación de las rentas inmobiliarias, y viceversa; más aún cuando el comercio pasó de los centros históricos a los nuevos centros comerciales, creados como negocio inmobiliario.
La parte céntrica de las ciudades incluye un número limitado de locales comerciales, que se benefician (mientras el centro no se deteriora) del tráfico creciente de paseantes y compradores. Esto atrae negocios que no encuentran locales, y sólo pueden entrar pagando traspasos y mayores rentas; lo cual es posible para giros de mayor rentabilidad, que van desplazando a los otros. En los nuevos centros comerciales, esto no sucede como un proceso histórico, sino desde el principio. Sólo pueden entrar los negocios capaces de pagar rentas elevadas. Pocas librerías están en ese caso.
5. La escasez de librerías causa escasez de librerías. Donde no hay playas, ríos, ni albercas, no puede haber costumbre de nadar. Que los lectores vayan a las librerías a ver qué hay, que unas personas vean a otras entrar a una librería, que los hijos vean a sus padres llegar a casa con libros, que los escaparates de las librerías sean parte del paisaje urbano, puede ser normal en la vida cotidiana. Pero la ausencia de todo eso también puede ser normal.
Si no hay oferta, no hay demanda. ¿Dónde estaba la gente que hoy va a tomar café y conversar o leer en Starbucks? Muchas satisfacciones no se producen porque no hay donde satisfacerlas, porque no hay un empresario creador de una oferta que venda lo suficiente por metro cuadrado. Pero las condiciones pueden ser tan difíciles que ningún empresario pueda superarlas. Si no hay suficiente demanda, la oferta es insostenible.
Donde es normal que no haya librerías se vuelve más difícil que las haya. No es fácil sacar los gastos donde no hay (o se van perdiendo) las costumbres de la vida cotidiana que sostienen las librerías.
6. Otro círculo vicioso: los libreros pesan poco frente a las autoridades, lo cual facilita que los ignoren, con lo cual se hunden más. Las librerías son casi todas microempresas (el 93%, según el censo comercial 2004). Históricamente, en la cadena comercial que va del papel a las librerías, el Estado ha favorecido, sobre todo, a los fabricantes de papel (grandes empresas); secundariamente, a los editores (medianas, pequeñas y micro); y nada a las librerías. Las empresas que pesan tienen capacidad de interlocución con el poder, y pueden pagar estudios, abogados y cabilderos para defender sus posiciones; gracias a lo cual obtienen ventajas, crecen y pesan más. Las microempresas no tienen esa capacidad, ni medios para defenderse, por lo cual viven a salto de mata.
Los promotores del tabaco, el alcohol y los casinos se gastan millonadas en congraciarse con las autoridades y el público. Los promotores del vicio de leer no tienen esos recursos.
Hace muchos años, un alto funcionario de la Secretaría de Hacienda se dignó escuchar a un pequeño grupo que abogaba por las librerías. Después de la reunión (infructuosa), me vio buscando un taxi, le dijo a su chofer que se detuviera, amablemente me ofreció un aventón y lo aprovechó para decirme algunas verdades: Están ustedes en la calle. No vienen más que a llorar. Habían de ver cómo nos tratan los grandes industriales. Llegan con estadísticas, estudios de mercado, cálculos de costos, análisis económicos, considerandos legales y hasta el decreto que quieren, perfectamente redactado. Nos hacen presentaciones audiovisuales maravillosas, nos distribuyen documentos con edecanes maravillosas, etc. Tenía razón.
7. Por último, apareció el cuento de los descuentos. Empezó como un dumping de libros españoles. En los Estados Unidos y en Europa, los editores consideran dañino y contraproducente rematar lo que imprimieron de más: los libros que no se venden. Muchos prefieren conservarlos por tiempo indefinido. Otros, especialmente en los Estados Unidos, prefieren destruirlos y venderlos como celulosa a las fábricas de papel, para ahorrarse los costos de almacenaje.
En la España de Franco, la censura permitió a los editores publicar libros prohibidos, siempre y cuando no hicieran daño interno: se destinaran exclusivamente a la exportación. Quizá de ahí surgió la práctica de tratarnos como el traspatio donde se tira la basura. El caso es que empezó el dumping: los libros no vendibles, que sería dañino rematar en España, fueron a dar a los tiraderos de América. En México, las tiendas Aurrerá (que empezaron precisamente como una tienda de saldos de ropa) tomaron la iniciativa de comprar cargamentos de libros españoles a precios irrisorios, como gancho para atraer público. La Librería Gandhi fue la primera y casi única en hacer lo mismo, lo cual le ayudó a crecer extraordinariamente.
Pero vender saldos a precios irrisorios junto a libros normales hace que los normales parezcan carísimos. Había que ofrecer un gancho adicional: descuentos de 20% o 30% en los libros normales, desde el momento de su publicación. Sólo que, con los precios normales, no había margen para esos descuentos. Hasta que apareció la idea genial: inflar los precios para dar un descuento aparente. En vez de fijar el precio en $80, fijarlo en $100, para dar un descuento “fabuloso” de $20. Para esto, el descuentero, en vez de recibir del editor un descuento de 30% sobre $80, recibe un descuento de 50% sobre $100, lo cual le permite ofrecer al público 20% (que, de hecho, sigue comprando a $80).
Los que perdieron fueron los lectores que viven lejos de los descuenteros. El costo de comprar un libro no se reduce al precio neto que se paga. El costo de ir de compras puede ser muy alto, sobre todo en una gran ciudad: tiempo, transporte, estacionamiento, más la oportunidad (no siempre fácil) de hacer el viaje. Enviar un libro por mensajería dentro de la ciudad de México puede costar, digamos $60; ir personalmente, mucho más: lo mismo o más que el libro.
El costo de ir de compras no cambió para los lectores que viven cerca de un descuentero. Tampoco el precio neto del libro, que siguió siendo el mismo, después del “fabuloso” descuento. Estos lectores quedaron como estaban. Pero los que viven lejos cargaron con un costo adicional: o ir a donde está el descuentero para pagar el mismo precio neto que antes, cargando el costo de viajar hasta allá; o ir a su librería cercana y pagar el sobreprecio diseñado para que se luzca el descuentero.
Lo deseable es que todos los lectores, no sólo una minoría, reciban los descuentos de 20% o 30%, sin hacer viajes costosos. Esto equivale a que todas las librerías vendieran al mismo precio neto, y lo más sencillo sería no complicarse la vida con descuentos falsos: establecer un precio fijo neto, sin descuentos, como se hizo durante tantos años, y todavía se hace en muchos países. Pero supongamos que todos (lectores, libreros y editores) prefieran complicarse la vida con descuentos ilusorios. ¿Por qué no pueden darlos las otras librerías? Porque si compran a $70 un libro de $100, no pueden venderlo a $80, y menos aún a $70. No les alcanza para pagar la renta y demás gastos. Por otra parte, si lo ponen a $100, una parte de su clientela irá a comprar con el descuentero. Esto genera un círculo vicioso: los gastos fijos del local tienen que salir de ventas cada vez menores, hasta que llega el punto en que no pueden sostenerse.
Pero el descuentero no compra a $70, sino a $50 o a $45. Por eso puede vender a $80 o $70. Sin embargo, no se habla de estos precios invisibles, que son los de mayoreo. Se habla del precio único visible que fija el editor, y que se fija, precisamente, para ser violado: para que se luzca el descuentero. No es lo mismo (psicológicamente) etiquetar un libro a $80 o $70 que etiquetarlo a $100 menos $20 o $30. Naturalmente, si todas las librerías comprasen a $50 o $45, todas podrían hacerle al cuento de los grandes descuentos.
El problema de fondo es que los precios invisibles son muy discriminatorios, a favor de los descuenteros y las grandes cadenas de tiendas. No hay regulación al respecto, aunque en los tratados de comercio internacional es común una cláusula que prohíbe conceder a un país condiciones favorables que no se extiendan a los otros. También hay algo con este mismo espíritu (la no discriminación) en la Ley Federal de Competencia Económica (artículos 10 a 13). Pero es difícil observar (ya no digamos controlar) los precios invisibles, precisamente porque lo son, y porque están ligados a las condiciones de venta, que de hecho son parte del precio: escala, crédito, fletes, compra en firme o con derecho a devolución, etcétera.
Es razonable un descuento mayor para el que compra cien ejemplares de un libro, porque se supone que en la transacción hay economías de escala. Pero, una vez que se concede, es común que el comprador exija el mismo descuento extraordinario para los libros de los cuales no compra más que un solo ejemplar. O que, incluso para los cien ejemplares, ponga después condiciones sumamente onerosas, que borran las supuestas economías de escala: Sí, te voy a comprar cien ejemplares, pero facturas uno por uno, surtes uno por uno y recoges la devolución uno por uno, en cada una de mis tiendas, en toda la república. A pesar de lo cual, no acepto que me vendas el ejemplar a $70, como a la pequeña librería que también compra uno por uno. Me tienes que vender a $45.
El costo burocrático y legal de impedir estas prácticas de abuso monopólico contra las pequeñas librerías sería absurdo, centrándose en los precios invisibles que rigen el mayoreo. Lo sencillo y práctico es centrarse en los precios visibles al público. Si en los tres primeros años de la vida comercial de un libro (editado en México o importado), todas las librerías tienen que venderlo al mismo precio, desaparece la competencia desleal: todas tienen que competir en servicio.
Al oponerse a esta solución, que propuso la Ley de Fomento para la Lectura y el Libro, aprobada por el Poder Legislativo, la Comisión Federal de Competencia ha hecho un papelazo tragicómico. Cuando propuso el veto contra los gigantes de la televisión, no le hicieron caso en Los Pinos. Pero arremetió contra las librerías, y el presidente Fox le concedió ese premio de consolación. Hay algo quijotesco en el empeño de sostener una librería en un país al que no le importan las librerías. Y hay algo tragicómico en que el Estado se crea el verdadero don Quijote, defendiendo al “consumidor” contra las librerías.
–Vuélvase, vuestra merced. Aquí no hay gigante. Voto a Dios que son ovejas las que va a embestir.
Pero, lanza en ristre, se entró por medio del escuadrón de las ovejas y comenzó de alanceallas con tanto coraje y denuedo como si de veras alanceara a sus mortales enemigos.

DICIEMBRE DE 2006

George Bataille

George Bataille

En 1924 Bataille trabaja ya como archivista en el departamento de numismática de la Biblioteca de París, ocupación esta, la de bibliotecario y erudito bibliófilo, que realizará durante toda su vida. Este mismo año conoce a Michel Leiris y al pintor André Masson y con ellos a los surrealistas y, como no, al "papa" Breton con el que mantendrá una larga relación de disputas y desencuentros.
En 1931 conoce a Boris Souvarin y se incorpora al "Cercle Comuniste Démocratic", publicando varios artículos en su revista "La Critique Social", como "El problema del Estado" o "La estructura psiclológica del fascismo", es ahí donde en 1933 publica "La noción de gasto".
En 1935 formará Contre-Attaque, grupo definido como antifascista, antinacionalista y antidemócrata y que preconiza la revolución moral y sexual, reivindicando, entre otros, a Sade, Nietzsche y Fourier. El año siguiente, junto con André Masson e instalados en Tossa de Mar, coincidiendo con la Revolución en Catalunya, realizan la revista "Acéphale", de la que editaran 4 números. Posteriormente, junto a Roger Callois y Leiris, formara el "Colegio de Sociología sagrada". En 1946, funda la revista "Critique", aún vigente.
Durante 40 años, al mismo tiempo que frecuenta burdeles, tabernas y apasionadas relaciones amorosas, Bataille compone una obra tan lúcida como difícil de clasificar: relatos pornográficos, poemas, ensayos filosóficos, antropológicos y económicos, crítica política y literaria, e importantes escritos de arte.
Sin embargo, una idea común recorre su obra, la concepción de que la condición humana es esencialmente paradójica y que el ser humano es, ante todo, un animal contradictorio, hecho este que hace de la vida de cada individuo y de la humanidad entera una tragedia de difícil solución y que nos somete a una tensión constante entre, por ejemplo, el deseo de ganancia y el de perdida, entre la acumulación y la destrucción de energía, entre el trabajo y la fiesta o el juego, entre el cálculo y el derroche, entre la ley y su trasgresión.
La humanidad afirma su condición, negando su animalidad, mediante el trabajo y el uso de útiles, lo que hace posible la aparición de la conciencia y la separación entre sujeto y objeto. Pero el trabajo, como formación de sociabilidad, exige la prohibición de la satisfacción inmediata del deseo por la ley. Trabajo y ley responden a una misma racionalidad, la de subordinar el presente al futuro y mediante ellos el humano intenta conjurar el temor a la muerte, negando la inmediatez animal para afirmar el cálculo racional que asegura la perduración de la vida. Y sin embargo lo que obtiene no es más que una vida reducida a la mera condición de subsistencia, una vida servil que se limita a reproducirse con la sola voluntad de perdurar.
Ante semejante perspectiva, la humanidad no puede dejar de negarse a sí misma, negando el mundo del trabajo y el de la ley y afirmando un retorno a lo reprimido, a esa inmediatez que mantiene al animal en una relación inmanente con el mundo. Bataille no pretende retroceder a la animalidad perdida, sino recobrar para el ser humano el valor de la animalidad negada, lo que el llama la "santidad del mal" y que reivindica como otra posible dimensión de la experiencia humana.
Por lo tanto, en el humano se da la paradoja que se define sometiéndose servilmente al trabajo y a la ley, pero al mismo tiempo solo es, cuando niega este orden de trabajo y ley. Solo cuando los humanos somos capaces de afirmar y mostrar una in-humanidad valerosa y soberana que no teme a la muerte y capaz de hacer del presente un fin, solo entonces descubrimos parte de nuestra verdadera humanidad y exploramos otra posible experiencia vital. Es esta afirmación de soberanía del ser humano y su permanente conflicto con la civilización de la humanidad servil, lo que hace posible fenómenos heterogéneos y soberanos como el juego, la fiesta, el sacrificio, el erotismo, el arte..., es decir, la manifestación de la inutilidad frente a la utilidad, la noción de gasto, de derroche, de pérdida frente a la ganancia.
Con "la noción de gasto" Bataille presentaba la nocividad que para la vida representa esta obsesión patológica por la racionalidad de la economía productiva y de la utilidad, a la que oponía la lógica de lo improductivo, del derroche y el gasto. Para ello se basó en el "Ensayo sobre el Don" en el que el sociólogo Marcel Mauss estudiaba las relaciones de sociabilidad e intercambio de los indios del noroeste americano, basado principalmente en la práctica de la "Potlatch".
Etimológicamente Potlatch era una palabra de la tribu Chinook, utilizada también por los Kawakiult de la Columbia Británica o los Tlingit de Alaska y que significa "consumido por el fuego", un regalo tenía que ser correspondido de tal manera que el que lo había recibido y aceptado, tenía que regalarlo todo hasta que no le quedase nada que dar, sólo así la deuda quedaba saldada. "Un jefe conocía a otro y le hacía un regalo y este tenía que responder con otro de más valor. El juego podía comenzar con un regalo de un collar y acabar con el incendio del poblado, aumentando la obligación del rival a limites casi imposibles". El Potlatch era parte de una gran fiesta, con comida abundante, canciones, bailes, en la que incluso se podían poner nuevos nombres a determinados lugares geográficos; podía consistir en un intercambio simbólico de cortesía y devociones, motivado por la celebración de un acto social cualquiera, un nacimiento, una boda o un funeral, e incluso podía ser considerada como una guerra simbólica, un intercambio de retos y humillaciones. Para una tribu, el rendirse y no poder superar la provocación de la otra, era admitir la humillación de que valoraba más la propiedad, los simples objetos, que el honor.
Según Mauss, "Lo ideal es dar un Potlatch y no obtener compensación". Para él el Potlatch era el eco de la Edad de Oro, la supervivencia de una forma de intercambio que una vez fue universal y que en su nivel más profundo se trataba de una forma de comunicación entre personas que no se guardaban nada.
A partir de Mauss, Bataille encontró algo muy diferente, la prueba de otra y escondida economía de pérdida y derroche, ocultada y negada por las históricas economías de la producción y acumulación. En "La noción de gasto" actualizó la noción de Potlatch, no como un pintoresco recuerdo de una época dorada, sino como una permanente idea de disolución. Al olvidar los valores absolutos de la Potlatch, en los que el valor se derivaba de la posibilidad de una perdida total de objetos y mercancías, la humanidad refundaba la civilización exclusivamente sobre el principio de utilidad encadenándose a un sistema de límites donde todo tiene su precio. Pero la civilización ya se reprodujera en el comercio mercantilista, en el capitalismo o en el comunismo de Estado, simplemente ocultaba, tapaba, el odio que la humanidad siente por la utilidad y los límites, disfrazando su lujuria por el "gasto incondicional" en actividades que "no tienen un fin en sí mismas".
Si en Mauss el Potlatch era una difusa representación de lo que en otro tiempo había sido la vida real, para Bataille una vez comprendido esto, era también una revelación de lo que podría ser la "verdadera vida". Aunque sea en estado latente la "verdadera vida" está presente en el hombre, aún en el caso de que, como ahora, esté soterrada por esta cultura masificada de consumismo que lo totaliza todo. Ocultando a esta otra cultura posible, que a su vez se muestra desfigurada en estas formas que se manifiestan dentro de la cultura burguesa y que constituyen la danza moderna de echar la propiedad por la ventana, como puede ser el adulterio, la prostitución, la mentira y el engaño, la estafa, el juego, el alcoholismo, la drogadicción...etc.
Todo lo que queda del Potlatch como acto social y público, según Bataille, es la continua humillación que la burguesía inflige a los pobres; una humillación que los pobres sólo pueden devolver a través de la Revolución, ofreciéndose así mismos a la destrucción y pidiendo a cambio más destrucción. Pero el triunfo de la burguesía esta sellado por su cultura, la cual garantiza que la "vida real" de gasto y pérdida sea sólo permitida "tras las puertas cerradas", en privado, pues en esto la burguesía se distingue de otras clases o castas "por el hecho de que se le consiente gastar sólo en sí misma y dentro de sí misma". El resultado, según Bataille, es la desaparición de "todo lo que era generoso, orgiástico, excesivo" y su sustitución por una "mezquindad universal", este es el "regalo" que debemos a esta clase tan segura de su hegemonía, tan triunfante al identificar su historia con la naturaleza, y que finalmente habiendo prescindido de la máscara y contra todo aquello que para ella está felizmente escondido y aparentemente olvidado, expone su "sórdido rostro, un rostro tan rapaz y tan carente de nobleza, tan aterradoramente pequeño y mezquino, que toda la vida humana, ante ello, aparece degradada".
Este es el ideal del Potlatch, la humillación que no puede ser devuelta. Los pobres atrapados en la promesa de que algún día podrán gastar sólo para sí mismos, se muestran incapaces de responder ante tan continuada humillación. Ni tampoco los a sí mismos llamados revolucionarios, díganse comunistas o anarquistas han podido sustraerse de la producción, prisioneros de la racionalidad y de la ficción del progreso y de la utilidad, permanecen ciegos y sordos ante la "pasión por el gasto cuyo único fin sea la perdida".


LA NOCION DE GASTO

1. INSUFICIENCIA DEL PRINCIPIO CLÁSICO DE LA UTILIDAD

En cada ocasión que el sentido de un debate depende del valor fundamental de la palabra útil, es decir, cada vez que se aborda un problema esencial referente a la vida de las sociedades humanas, cualesquiera que sean las personas que intervienen y las opiniones representadas, es posible afirmar que el debate está necesariamente falseado y que el problema fundamental queda eludido. No existe, en efecto, ningún medio correcto, dado el conjunto más o menos divergente de las concepciones actuales, que permita definir lo que es útil a los hombres. Esta laguna está suficientemente subrayada por el hecho de la constante necesidad de recurrir de la manera más injustificable a unos principios que se intentan situar más allá de lo útil y del placer: el honor y el deber son invocados hipócritamente en unas combinaciones de interés pecuniario y, sin hablar de Dios, el Espíritu sirve para disfrazar el desconcierto intelectual de algunas personas que se niegan a aceptar un sistema cerrado.

Sin embargo, la práctica habitual pasa por encima de estas dificultades elementales y parece de entrada que la conciencia común sólo puede oponer algunas reservas verbales al principio clásico de la utilidad, es decir, de la pretendida utilidad material. En teoría, ésta tiene por objetivo el placer - mas únicamente bajo una forma moderada, pues el placer violento se considera patológico - y se deja limitar en la adquisición (prácticamente en la producción) y en la conservación de. bienes por una parte, y en la reproducción y la conservación de vidas humanas por otra (hay que decir que a esto se añade la lucha contra el dolor cuya importancia basta por sí sola para denotar el carácter negativo del principio del placer introducido teóricamente en la base). En la serie de representaciones cuantitativas ligadas a esta concepción anodina e insostenible de la existencia, sólo el problema de la reproducción se presta seriamente a la controversia, por el hecho de que un aumento exagerado del número de los seres vivientes amenaza con disminuir la parte individual. Pero en su conjunto, cualquier juicio general sobre la actividad social supone el principio de que todo esfuerzo particular debe ser reducible, para ser válido, a las necesidades fundamentales de la producción y de la conservación. El placer, trátese de arte, de libertinaje admitido o de juego, queda reducido, en definitiva, dentro de las representaciones intelectuales corrientes, a una concesión, es decir, a un solaz cuya función no pasa de subsidiaria. La parte más apreciable de la vida es vista como la condición -a veces incluso como la condición deplorable- de la actividad social productiva.

Es cierto que la experiencia personal, si se trata de un hombre joven, capaz de malgastar y de destruir sin motivo aparente, desmiente en cada ocasión esta concepción miserable. Pero incluso cuando se prodiga y se destruye sin el menor reparo, el ser más lúcido ignora por qué, o bien se considera enfermo; es incapaz de justificar utilitariamente su conducta y no se le ocurre que una sociedad humana pueda tener interés, como él, en unas pérdidas considerables, en unas catástrofes que provoquen, de acuerdo con unas necesidades definidas, unas depresiones tumultuosas, unos gritos de angustia y, en último término, un cierto estado orgiástico.

La contradicción entre las concepciones sociales normales y las necesidades reales de la sociedad recuerda también, y de la manera más abrumadora, la consideración mezquina que opone el padre a la satisfacción de las necesidades del hijo que está a su cargo. Esta mezquindad impide al hijo expresar su voluntad. La solicitud parcialmente malintencionada de su padre se aplica al alojamiento, a las ropas, a la nutrición, en el mejor de los casos a unas cuantas distracciones anodinas. Pero ni siquiera tiene derecho a hablar de lo que le inquieta: está obligado a dejar creer que no siente ni percibe ningún horror. A este respecto, es triste decir que la humanidad consciente sigue siendo menor de edad: se reconoce el derecho de adquirir, de conservar o de consumir racionalmente, pero excluye por principio el gasto improductivo.

Es cierto que esta exclusión es superficial y que no modifica la actividad práctica, de la misma manera que tampoco las prohibiciones limitan al hijo, que se entrega a unas diversiones inconfesables en cuanto no está en presencia del padre. La humanidad podría o no expresar como propias unas concepciones teñidas de la insulsa suficiencia y de la ceguera paternas. En la práctica de la vida, sin embargo, se comporta de manera que satisface unas necesidades de un salvajismo atroz y ni siquiera parece capaz de subsistir si no es al borde del horror. Además, por poco incapaz que sea un hombre de doblegarse enteramente a unas consideraciones oficiales o susceptibles de serlo, por poco inclinado que se sienta a sufrir la atracción de quien consagra su vida a la destrucción de la autoridad establecida, es difícil creer que la imagen de un mundo apacible y conforme a sus cálculos pueda parecerle otra cosa que una cómoda ilusión.

Las dificultades que pueden encontrarse en el desarrollo de una concepción que no imite el modo servil de las relaciones del padre con el hijo no son, pues, insuperables. Es posible admitir la necesidad histórica de imágenes vagas y decepcionantes para uso de la mayoría que no actúa sin un mínimo de error (del que se sirve como una droga) y que, además, en todas las circunstancias, se niega a reconocerse en el laberinto resultante de las inconsecuencias humanas. Para los sectores incultos o poco cultos de la población, una simplificación extrema representa la única posibilidad de evitar una disminución de la fuerza agresiva. Pero sería una vileza aceptar como un límite para el conocimiento las condiciones de miseria, las condiciones menesterosas en las que se han formado tales imágenes simplificadas. Y si una concepción menos arbitraria está condenada a permanecer, de hecho, esotérica, si, en cuanto tal, se enfrenta en las circunstancias inmediatas a una repulsión enfermiza, hay que decir que esta repulsión es precisamente la vergüenza de una generación en la que son los rebeldes quienes temen el rumor de sus propias palabras. Por consiguiente, es imposible tenerla en cuenta.

II. EL PRINCIPIO DE LA PERDIDA

La actividad humana no es enteramente reductible a unos procesos de producción y de conservación y el consumo debe ser dividido en dos partes distintas. La primera, reductible, está representada para los individuos de una sociedad determinada, por el uso del mínimo necesario para la conservación de la vida y la continuación de la actividad productiva: es decir, se trata simplemente de la condición fundamental de esta última. La segunda parte está representada por los gastos llamados improductivos, el lujo, los lutos, las guerras, los cultos, las construcciones de monumentos suntuarios, los juegos, los espectáculos, las artes, la actividad sexual perversa (es decir, desviada de la finalidad genital) representan otras tantas actividades que, al menos en las condiciones primitivas, tienen su fin en sí mismas. Ahora bien, es necesario limitar el nombre de gasto a estas formas improductivas, con exclusión de todos los modos de consumo que sirven de salida a la producción, Aunque siempre sea posible oponer entre sí las diferentes formas enumeradas, constituyen un conjunto caracterizado por el hecho de que en cada caso se hace hincapié sobre la pérdida que debe ser lo mayor posible para que la actividad adquiera su auténtico sentido.

Este principio de la pérdida, es decir, del gasto incondicional, por contrario que sea al principio económico de la contabilidad (el gasto regularmente compensado por la adquisición), el único racional en el estricto sentido de la palabra, puede evidenciarse con ayuda de un pequeño número de ejemplos extraídos de la experiencia corriente:

1) No basta con que las joyas sean bellas y deslumbrantes, cosa que permitiría su sustitución por otras falsas: el sacrificio de una fortuna a la que se ha preferido una diadema de diamantes es necesario para la constitución del carácter fascinante de esta diadema. Este hecho debe ser relacionado con el valor simbólico de las joyas, general en psicoanálisis. Cuando un diamante tiene en un sueño una significación excremencial, no se trata únicamente de asociación por contraste: en el inconsciente, tanto las joyas como los excrementos son unas materias malditas que manan de una herida, partes de uno mismo destinadas a un ostensible sacrificio (sirven de hecho a unos regalos suntuosos cargados de amor sexual). El carácter funcional de las joyas exige su inmenso valor material y es lo único que explica la poca atención que se presta a las más bellas imitaciones, que son casi inutilizables.

2) Los cultos exigen un despilfarro sangriento de hombres y de animales sacrificados. En el sentido etimológico de la palabra, el sacrificio no es otra cosa que la producción de cosas sagradas.
Desde el primer momento, se descubre que las cosas sagradas están constituidas por una operación de pérdida: el éxito del cristianismo debe explicarse precisamente por el valor del tema de la crucifixión infamante del hijo de Dios que lleva la angustia humana a una ilimitada representación de la pérdida y de la ruina.

3) En los diferentes juegos de competición, la pérdida se produce, en general, en unas condiciones complejas. Se gastan considerables sumas de dinero para el mantenimiento de los locales, de los animales, de los instrumentos o de los hombres. En lo posible, la energía se prodiga de manera que provoque un sentimiento de estupefacción, en cualquier caso con una intensidad infinitamente mayor que en las empresas productivas. No se evita el peligro de muerte que constituye, al contrario, el objeto de una fuerte atracción inconsciente. Por otra parte, a veces las competiciones ofrecen la ocasión de primas ostensiblemente distribuidas. Asisten a ellas inmensas muchedumbres, que a menudo desencadenan sus pasiones sin ningún control y se arriesgan a la pérdida de increíbles cantidades de dinero bajo forma de apuestas. Es cierto que esta circulación de dinero aprovecha a un pequeño número de jugadores profesionales, pero esto no excluye que esta circulación pueda ser considerada como una carga real de las pasiones desencadenadas por la competición y que ocasione en un gran número de jugadores unas pérdidas desproporcionadas a sus medios; los jugadores no tienen otra solución que la prisión o la muerte. Además, según las circunstancias, diferentes modos de gasto improductivo pueden ir relacionados con los grandes espectáculos de competición: al igual que unos elementos animados por un movimiento propio son atraídos por un torbellino mayor. De esta manera, las carreras de caballos van asociadas a unos procesos de clasificación social de carácter suntuario (basta con mencionar la existencia de los jockey Clubs) y la producción ostentosa de las lujosas novedades de la moda. Hay que tener en cuenta, además, que el gasto total representado por las carreras actuales es insignificante comparado con las extravagancias de los bizantinos que relacionaban con las competiciones hípicas el conjunto de la actividad pública.

4) Desde el punto de vista del gasto, las producciones artísticas deben ser divididas en dos grandes categorías: la primera de las cuales está integrada por la construcción arquitectónica, la música y la danza. Esta categoría implica unos gastos reales. De todas maneras, la escultura y la pintura, sin mencionar la utilización de unos lugares para ceremonias o espectáculos, introducen en la propia arquitectura el principio de la segunda categoría, el del gasto simbólico. Por su parte, la música y la danza pueden cargarse fácilmente de significaciones exteriores.

Bajo su forma mayor, la literatura y el teatro, que constituyen la segunda categoría, provocan la angustia y el horror mediante unas representaciones simbólicas de la pérdida trágica (ruina o muerte); bajo su forma menor, provocan la risa a través de unas representaciones cuya estructura es análoga, pero que excluyen algunos elementos de seducción. El término de poesía, que se aplica a las formas menos degradadas y menos intelectualizadas de la expresión de un estado de pérdida, puede considerarse como sinónimo de gasto. significa, en efecto, de la manera más precisa, creación por medio de la pérdida. Por consiguiente, su sentido es próximo al de sacrificio. Es cierto que el nombre de poesía sólo puede aplicarse de manera apropiada a un residuo extremadamente raro de lo que suele designar vulgarmente y que, a falta de una previa reducción, pueden introducirse las peores confusiones; ahora bien, es imposible en una primera y rápida exposición hablar de los límites infinitamente variables entre unas formaciones subsidiarias y el elemento residual de la poesía. Es más fácil indicar que para los escasos seres humanos que disponen de este elemento, el gasto poético deja de ser simbólico en sus consecuencias. es decir, en una cierta medida, la función de representación compromete la propia vida del que la asume. Le aboca a las más decepcionantes formas de actividad, a la miseria, a la desesperación, a la búsqueda de sombras inconsistentes que sólo, pueden ofrecer el vértigo o la rabia. Es frecuente no poder disponer de las palabras más que para su propia pérdida. verse obligado a elegir entre un destino que convierte al hombre en un réprobo, tan profundamente separado de la sociedad como las deyecciones lo están de la vida aparente, y una renuncia cuyo precio es una actividad mediocre, subordinada a unas necesidades vulgares y superficiales.

III. PRODUCCION, INTERCAMBIO Y GASTO IMPRODUCTIVO

Una vez indicada la existencia del gasto como una función social, es preciso determinar las relaciones de esta función con las de producción y adquisición que se le oponen. Estas relaciones se presentan inmediatamente como las de un fin con la utilidad. Y si bien es cierto que la producción y la adquisición cambian de forma al desarrollarse e introducen una variable cuyo conocimiento es fundamental para la comprensión de los procesos históricos, no son, sin embargo, más que medios subordinados al gasto. Por muy atroz que resulte, la miseria humana nunca ha tenido un dominio suficiente sobre las sociedades como para que la preocupación de la conservación, que confiere a la producción la apariencia de un fin, domine sobre la del gasto improductivo. Para mantener esta preeminencia, como el poder es ejercido por las clases que gastan, la miseria ha sido excluida de cualquier actividad social: y los miserables no tienen otro modo de penetrar en el círculo del poder que la destrucción revolucionaria de las clases que lo ocupan, es decir, un gasto social sangriento e ilimitado.

El carácter secundario de la producción y de la adquisición en relación al gasto aparece de la manera más clara en las instituciones económicas primitivas, por el hecho de que el intercambio sigue siendo considerado como una pérdida suntuaria de los objetos cedidos: se presenta así, en la base, como un proceso de gasto sobre el cual se ha desarrollado un proceso de adquisición. La economía clásica ha imaginado que el intercambio primitivo se producía bajo forma de trueque: no tenía, en efecto, ningún motivo para suponer que un medio de adquisición como el intercambio pudiera haber tenido por origen, no la necesidad de adquirir que satisface actualmente, sino la necesidad contraria de la destrucción y de la pérdida. La concepción tradicional de los orígenes de la economía no ha sido derribada hasta hace muy poco tiempo, tan poco como para que un gran número de economistas siga representando arbitrariamente el trueque como el antepasado del comercio.

Oponiéndose a la noción artificial de trueque, la forma arcaica del intercambio ha sido identificada por Mauss bajo el nombre de Potlatch, tomado de los indios del noroeste americano que ofrecieron su tipo más notable. En muchas partes han aparecido instituciones análogas al potlatch indio, o huellas de él.

El potlatch de los tlingit, de los haida, de los tsimshian, de los kwakiutl de la costa noroeste fue estudiado con precisión desde fines del siglo XIX (pero sin ser comparado entonces con las formas arcaicas de intercambio de los demás países). Algunas de estas tribus americanas menos avanzadas practican el potlatch con motivo de los cambios en la situación de las personas - iniciaciones, matrimonios, funerales -, e, incluso bajo una forma más evolucionada, jamás puede ir separado de una fiesta, que ocasiona, o que se celebra con motivo de ella. Excluye cualquier regateo y, en general, está constituido por un don considerable de riquezas ostensiblemente ofrecidas con el fin de humillar, desafiar y obligar a un rival. El valor de intercambio del don resulta del hecho de que el donatario, para borrar la humillación y recoger el desafío, debe satisfacer la obligación, contraída por él en el momento de la aceptación, de contestar ulteriormente con un don más importante, es decir, de devolver con usura.

Pero el don no es la única forma del potlatch; es igualmente posible desafiar a unos rivales mediante espectaculares destrucciones de riqueza. A través de esta última forma, el potlatch se identifica con el sacrificio religioso, puesto que las destrucciones son ofrecidas teóricamente a los antepasados míticos de los donatarios. En una época relativamente reciente, seguía sucediendo que un jefe tlingit se presentara ante su rival y degollara alguno de sus propios esclavos ante él. Esta destrucción era devuelta en un plazo determinado por el degollamiento de un número de esclavos mayor. Los chukchi del extremo nordeste siberiano, que conocen unas instituciones análogas al potlatch, degüellan jaurías de perros de un valor considerable a fin de avergonzar y humillar a otro grupo. En el noroeste americano, las destrucciones llegan hasta los incendios de aldeas y el destrozo de flotillas de canoas. Unos lingotes de cobre sellados, especie de monedas a las que a veces se atribuye un valor ficticio que llega a constituir una inmensa fortuna, son rotos o lanzados al mar. El delirio propio de la fiesta se asocia indistintamente con las hecatombes de propiedad y con los dones acumulados con la intención de asombrar y de anonadar.

La usura, que interviene regularmente en estas operaciones bajo forma de excedente obligatorio con motivo de los potlatch de desquite, ha llevado a decir que el préstamo con interés debía sustituir al trueque en la historia de los orígenes del intercambio. Hay que reconocer, en efecto, que en las civilizaciones de potlatch la riqueza se multiplica de una manera que recuerda la inflación crediticia de la civilización bancaria: es decir, sería imposible realizar a un tiempo todas las riquezas poseídas por el conjunto de los donadores por el hecho de las obligaciones contraídas por el conjunto de los donatarios. Pero esta similitud se refiere a una característica secundaria del potlatch.

Lo que confiere a esta institución su valor significativo es la constitución de un atributo positivo de la pérdida, de la que se desprenden la nobleza, el honor y el rango en la jerarquía. El don debe ser considerado a un tiempo como una pérdida y como una destrucción parcial, ya que el deseo de destruir es trasladado en parte al donatario. En sus formas inconscientes, tal como las describe el psicoanálisis, simboliza la excreción, relacionada en sí misma con la muerte según la conexión fundamental del erotismo anal y el sadismo. El simbolismo excremencial de los cobres blasonados, que constituyen en la costa noroeste los objetivos de don por excelencia, está basado en una mitología muy rica. En Melanesia, el donador designa como si fueran sus residuos los magníficos regalos que deposita a los pies del jefe rival.

Las consecuencias en el orden de la adquisición no son más que el resultado involuntario -al menos en la medida en que los impulsos que dirigen la operación sigan siendo primitivos- de un proceso dirigido en sentido contrario. «Lo ideal, señala Mauss, sería dar un potlatch y que éste no fuera devuelto.» Este ideal se realiza a través de algunas destrucciones a las que la costumbre no conoce ninguna contrapartida posible. Por otra parte, al estar, en cierto modo, comprometidos de antemano los frutos del potlatch en un nuevo potlatch, el principio arcaico de riqueza se pone en evidencia sin ninguna de los atenuantes que resultan de la avaricia desarrollada en estadios posteriores: la riqueza aparece como adquisición en tanto que es el hombre rico quien adquiere un poder, pero está enteramente dirigida hacia la pérdida en el sentido de que este poder se caracteriza como poder de perder. Sólo se relaciona con la gloria y el honor a través de la pérdida.

Visto como juego, el potlatch es lo contrario de un principio de conservación: acaba con la estabilidad de las fortunas tal como existía en el interior de la economía totémica, donde la posesión era hereditaria. Una actividad de intercambio excesivo ha sustituido por una especie de póker ritual, de forma delirante, a la herencia como fuente de la posesión. Pero los jugadores no pueden retirarse con la fortuna a salvo: quedan a merced de la provocación. Por consiguiente, la fortuna no tiene en absoluto la función de situar a quien la posee al abrigo de la necesidad. Al contrario, permanece funcionalmente, y con ella su posesor, a merced de una necesidad de pérdida desmesurada que existe en estado endémico en un grupo social.

La producción y el consumo no suntuario que condicionan la riqueza aparecen de esta manera como utilidad relativa.

IV. EL GASTO FUNCIONAL DE LAS CLASES RICAS

La noción de potlatch en sentido estricto debe reservarse a los gastos de tipo agonístico realizados por desafío, que provocan unas contrapartidas, y más precisamente aún a unas formas que en las sociedades arcaicas no se diferencian del intercambio.

Es importante saber que, en su origen, el intercambio estuvo inmediatamente subordinado a un fin humano, pero resulta evidente que su desarrollo unido al progreso de los modos de producción sólo ha comenzado en el estadio en que esta subordinación dejó de ser inmediata. El mismo principio de la función de producción exige que los productos escapen a la pérdida, al menos provisionalmente.

En la economía mercantil, los procesos de intercambio tienen un sentido adquisitivo. Las fortunas ya no están puestas sobre una mesa de juego y se han hecho relativamente estables. Solamente en la medida en que se asegure la estabilidad y que ni siquiera unas pérdidas considerables puedan comprometerla, se someten al régimen del gasto improductivo. Los componentes elementales del potlatch reaparecen en estas nuevas condiciones bajo unas formas que ya no son tan directamente agonísticas: el gasto sigue destinado a adquirir o a mantener el rango, pero, en principio, ya no tiene como objetivo el hacérselo perder a otro.
Cualesquiera que sean estas atenuaciones, la pérdida ostentatoria sigue universalmente unida a la riqueza como su función última.

El rango social va unido, más o menos estrechamente, a la posesión de una fortuna, pero siempre a condición de que la fortuna sea parcialmente sacrificada a unos gastos sociales improductivos tales como fiestas, espectáculos y juegos. En las sociedades salvajes, donde la explotación del hombre por el hombre es todavía débil, se observa que los productos de la actividad humana no afluyen hacia los hombres ricos únicamente a causa de los servicios de protección o de dirección social que se supone que prestan, sino también a causa de los gastos espectaculares de la colectividad que deben sufragar. En las sociedades llamadas civilizadas, la obligación funcional de la riqueza sólo ha desaparecido en una época relativamente reciente. La decadencia del paganismo ha provocado la de los juegos y los cultos que estaban obligados a sufragar los romanos opulentos: por tal motivo pudo decirse que el cristianismo privatizó la propiedad, confiriendo a su posesor una disposición total de sus productos y aboliendo su función social. Aboliéndola, al menos, en tanto que obligatoria, pues el cristianismo sustituyó el gasto pagano prescrito por la costumbre por la limosna libre, bien bajo forma de distribución de los ricos a los pobres, bien, especialmente, bajo forma de donaciones extremadamente importantes a las iglesias y después a los monasterios: y fueron precisamente estas iglesias y estos monasterios los que asumieron, en la Edad Media, la mayor parte de la función espectacular.

Actualmente, han desaparecido las formas sociales, grandes y libres, del gasto improductivo. Sin embargo, esto no excluye que el mismo principio del gasto esté situado al término de la actividad económica.

Una determinada evolución de la riqueza, cuyos síntomas tienen el signo de la enfermedad y del agotamiento, lleva a una vergüenza de sí misma al tiempo que a una mezquina hipocresía. Todo lo que era generoso, orgiástico y desmesurado ha desaparecido: los temas de rivalidad que siguen condicionando la actividad individual se desarrollan en la oscuridad como si fueran vergonzosos eructos. Los representantes de la burguesía han adoptado un aspecto apagado: la exhibición de riquezas se efectúa entre cuatro paredes, de acuerdo con unas deprimentes y aburridas convenciones. Además, el acceder a una fortuna mediocre o ínfima los burgueses de la clase media, los empleados y los pequeños comerciantes, han acabado de envilecer el gasto ostentatorio, que ha experimentado una especie de parcelación y del que ya sólo queda una multitud de esfuerzos vanidosos unidos a unos fastidiosos rencores.

Con escasas excepciones, remilgos parecidos se han convertido en la principal razón de vivir, de trabajar y de sufrir de quienquiera que carezca del valor de entregar su enmohecida sociedad a una destrucción revolucionaria. En torno a los bancos modernos al igual que en torno a los mástiles totémicos de los kwakiutl, el mismo deseo de deslumbrar anima a los individuos y les arrastra a un sistema de pequeños alardes que les ciega a unos contra otros como si estuvieran ante una luz demasiado fuerte. A pocos pasos del banco, las joyas, los trajes, los coches aguardan en los escaparates el día en que servirán para establecer el creciente esplendor de un siniestro industrial y de su anciana esposa, más siniestra aún. Un peldaño más abajo, unos relojes dorados, unos aparadores de comedor, unas flores artificiales prestan unos servicios no menos inconfesables a unas parejas de tenderos. Entre un ser humano y otro la envidia se libera como en los salvajes, con una brutalidad equivalente: sólo han desaparecido la generosidad y la nobleza, y con ellas, la espectacular contrapartida que los ricos ofrecían a los pobres.

Como clase poseedora de la riqueza, y que con ella ha recibido la obligación del gasto funcional, la burguesía moderna se caracteriza por la negativa de principio que opone a esta obligación. Se ha distinguido de la aristocracia en que sólo ha consentido en gastar para sí, en el interior de sí misma, es decir, disimulando sus gastos, en la medida de lo posible, a los ojos de las demás clases. Esta forma particular se debe originariamente al desarrollo de su riqueza a la sombra de una clase noble más poderosa que ella. A estas concepciones humillantes de gasto restringido correspondieron las concepciones Nacionalistas que desarrolló a partir del siglo XVII y que no tienen otro sentido que una representación del mundo estrictamente económica, en el sentido vulgar y burgués de la palabra. El odio hacia el gasto es la razón de ser y la justificación de la burguesía, al mismo tiempo que el principio de su horrible hipocresía. Los burgueses utilizaron las prodigalidades de la sociedad feudal como una acusación fundamental y, después de haberse apoderado del poder, se creyeron obligados a practicar, gracias a sus hábitos de disimulo, una dominación aceptable para las clases pobres. Y es justo reconocer que el pueblo es incapaz de odiarles tanto como a sus antiguos señores: en la medida en que, precisamente, es incapaz de amarles, pues les resulta imposible disimular, al menos, una faz tan sórdida, tan rapaz, tan innoble y tan horriblemente mezquina que toda la vida humana, al verles, diríase degradada.

En contra de ellos, la conciencia popular se ha limitado a conservar profundamente el principio del gasto representando la existencia burguesa como la vergüenza del hombre y como una siniestra anulación.

V. LA LUCHA DE CLASES

Al esforzarse a la esterilidad en lo que se refiere al gasto, de acuerdo con una razón que lleva cuentas, la sociedad burguesa sólo ha conseguido desarrollar la mezquindad universal. La vida humana sólo halla una agitación capaz de satisfacer unas necesidades irreductibles en el esfuerzo de quienes llevan al extremo las consecuencias de las habituales concepciones racionalistas. Los restos de los modos de gasto tradicionales han tomado el sentido de una atrofia y el viviente tumulto suntuario se ha perdido en el increíble desencadenamiento de la lucha de clases.

Los componentes de la lucha de clases existen en el proceso del gasto a partir del período arcaico. En el potlatch, el hombre rico distribuye unos productos que le proporcionan otros hombres miserables. Intenta elevarse por encima de un rival rico como él, pero el último grado de elevación buscado no tiene otro objeto necesario que el de alejarle más de la naturaleza de los hombres miserables. De este manera, el gasto, aunque sea una función social, se convierte inmediatamente en un acto agonista de separación, de apariencia antisocial. El hombre rico consume la pérdida del hombre pobre creando para él una categoría de ruina y abyección que abre las puertas a la esclavitud. Ahora bien, es evidente que, de la herencia indefinidamente trasmitida del mundo suntuario antiguo, al mundo moderno le ha tocado en suerte esta categoría, reservada actualmente a los proletarios. Es indudable que la sociedad burguesa, que pretende gobernarse de acuerdo con unos principios racionales y que tiende, además, por su propia dinámica, a realizar una cierta homogeneidad humana, no acepta sin protestas una división que parece destructiva del hombre en sí, pero es incapaz de llevar la resistencia más allá de la negación teórica. Concede a los obreros unos derechos iguales a los de los patrones, y escribe ostentosamente esta igualdad en las paredes: pese a ello, los patronos, que actúan como si fueran la expresión de la sociedad, se preocupan -más gravemente que de cualquier otra cosa - en señalar que son completamente ajenos a la abyección de los hombres empleados por ellos. El fin de la actividad obrera es producir para vivir, pero el de la actividad patronal es producir para entregar a los productores obreros a una espantosa ruina: pues no existe disyunción posible entre la calificación buscada en los modos de gasto propios del patrono, que tienden a elevarla muy por encima de la bajeza humana, y la misma bajeza de la que es función dicha calificación.

El oponer a esta concepción del gasto social agonista la representación de los cuantiosos esfuerzos burgueses que tienden al mejoramiento de la suerte de los obreros no es más que una expresión de la cobardía de las modernas clases superiores, que ya no tienen la fuerza de reconocer sus destrucciones. Los gastos emprendidos por los capitalistas para socorrer a los proletarios y darles ocasión de ascender en la escala humana sólo demuestran la impotencia - por agotamiento - de llevar hasta el fondo un proceso suntuario. Una vez realizada la pérdida del hombre pobre, el placer del hombre rico se ve Poco a poco vaciado de su contenido y neutralizado: es reemplazado por una especie de indiferencia apática. En tales condiciones, a fin de mantener, pese a unos elementos (sadismo, piedad) que tienden a turbarlo, un estado neutro que la misma apatía llega a hacer relativamente agradable, puede resultar útil compensar una parte del gasto que engendra la abyección por un nuevo gasto que tienda a atenuar los resultados del primero. El sentido político de los patronos, sumado a determinados períodos parciales de prosperidad, ha permitido en ocasiones conceder una amplitud notable a este proceso de compensación. Es así como en los países anglosajones, especialmente en los Estados Unidos de América, el proceso primario sólo se produce a expensas de una parte relativamente débil de la población y como, en cierta medida, la propia clase obrera ha sido llevada a participar en él (sobre todo cuando la cosa era facilitada por la existencia previa de una clase considerada como abyecta de común acuerdo, como la de los negros). Pero estas escapatorias, cuya importancia queda, por otra parte, estrictamente limitada, no modifican en nada la división fundamental de las clases de hombres en nobles e innobles. El cruel juego de la vida social no varía a través de los diferentes países civilizados donde el esplendor insultante de los ricos pierde y degrada a la naturaleza humana de la clase inferior.

Es preciso añadir que la atenuación de la brutalidad de los amos - que no se refiere tanto a la destrucción en sí misma como a las tendencias psicológicas a la destrucción - corresponde a la general atrofia de los antiguos procesos suntuarios que caracteriza la época moderna.
Inversamente, la lucha de clases se convierte en la forma más grandiosa del gasto social cuando es asumida y desarrollada, en esta ocasión por cuenta de los obreros, con una amplitud que amenaza la misma existencia de los amos.

VI. EL CRISTIANISMO Y LA REVOLUCIÓN

Al margen de la revuelta, ha sido posible a los miserables provocados rechazar cualquier participación moral en un sistema de opresión de unos hombres sobre otros: en determinadas circunstancias históricas, han conseguido, en especial a través de unos símbolos aún más contundentes que la realidad, rebajar toda la «naturaleza humana» hasta una ignominia tan horrible que el placer de los ricos en medir la miseria de los demás se hacía repentinamente demasiado agudo para ser soportado sin caer en el vértigo. De esta manera se instituía, independientemente de todas las formas rituales, un intercambio de desafíos exasperados, sobre todo por parte de los pobres, un potlatch en el que la basura real y la inmundicia moral desvelada rivalizaban en una igualdad horrible con todo lo que el mundo contiene de riqueza, de pureza y de resplandor: y a este modo de convulsiones espasmódicas se le abrió una salida excepcional mediante la desesperación religiosa que constituía su explotación sin ambages.

Con el cristianismo, la alternancia de exaltación y de angustia, de suplicios y de orgías, que constituye la vida religiosa, fue llevada a conjugarse con un tema más trágico, a confundirse con una estructura social enferma, desgarrándose a sí misma con la más inmunda crueldad. El canto de triunfo de los cristianos glorifica a Dios porque ha entrado en el juego sangriento de la guerra social, porque ha «derribado a los poderosos de lo alto de su grandeza y ha enaltecido a los miserables». Sus mitos asocian la ignominia social y la ruina cadavérica del ajusticiado al esplendor divino. Así es, como el culto asume la función total de oposición de fuerzas de sentido contrario repartidas hasta entonces entre los ricos y los pobres, con la cual unos consuman la perdición de los otros. Se relaciona estrechamente con la desesperación terrestre, el no ser en sí más que un epifenómeno del inconmensurable odio que divide a los hombres, pero un epifenómeno que tiende a sustituir al conjunto de los procesos divergentes que resume. De acuerdo con las palabras atribuidas a Cristo, en las que dice que él ha venido para dividir, no para reinar, la religión no intenta, pues, en absoluto hacer desaparecer lo que algunos consideran como la lacra humana: al contrario, bajo su forma inmediata, en la medida en que su movimiento ha permanecido libre, se complace en una inmundicia indispensable para sus tormentos extáticos.

El sentido del cristianismo aparece en el desarrollo de las consecuencias en verdad delirantes del gasto de clases, o lo que es lo mismo en una orgía agonista mental practicada a expensas de la lucha real.

Sin embargo, por mucha importancia que haya adquirido en la actividad humana, la humillación cristiana sólo es un episodio en la lucha histórica de los innobles contra los nobles, de los impuros contra los puros. Es como si la sociedad, consciente de su intolerable desgarramiento, se sumiera durante un tiempo en una embriaguez total, a fin de gozarla sádicamente: la embriaguez más completa no ha agotado las consecuencias de la miseria humana y, como las clases explotadas se oponen a las clases superiores con una lucidez creciente, no se puede asignar ningún límite concebible al odio. Unica en la agitación histórica, la palabra Revolución domina la confusión habitual y lleva consigo unas promesas que responden a las exigencias ilimitadas de las masas: una simple ley de reciprocidad exige la esperanza de ver abocados al miedo a los amos, a los explotadores cuya función es crear unas formas despreciables que excluyen la naturaleza humana - tal como esta naturaleza existe en el límite de la tierra, es decir, como barro-, en la gran noche en que sus bellas frases serán ahogadas por los gritos homicidas, de las masas amotinadas. Ahí reside la sangrienta esperanza que se confunde cotidianamente con la existencia popular y que resume el contenido insubordinado de la lucha de clases.

La lucha de clases sólo tiene un final posible. la pérdida de aquellos que se han esforzado en perder la «naturaleza humana»
Pero sea cual fuere la forma de desarrollo emprendida, revolucionaria o servil, las convulsiones generales constituidas, dieciocho siglos atrás por el éxtasis religioso, y actualmente por el movimiento obrero, deben representarse igualmente como un impulso decisivo que obliga a la sociedad a utilizar la exclusión de unas clases por otras para realizar un modo de gasto tan trágico y tan libre como sea posible, al mismo tiempo que para introducir unas formas sagradas tan humanas que las formas tradicionales pasan a ser, comparativamente, despreciables. El carácter trópico de dichos movimientos es lo que confiere el valor humano total de la Revolución obrera, susceptible de operar una atracción tan irresistible como la que dirige los organismos simples hacia el sol.

VII. LA INSUBORDINACION DE LOS HECHOS MATERIALES

La vida humana,. diferenciada de la existencia jurídica y tal como se ha desarrollado realmente en un globo aislado en el espacio celeste, del día a la noche, de una región a otra, no puede en absoluto permanecer limitada a los sistemas cerrados que le han asignado unas concepciones razonables. El inmenso trabajo de abandono, de sangría y de tempestad que la constituye podría expresarse diciendo que sólo comienza con el déficit de esos sistemas: cuanto orden y reserva admite sólo adquiero sentido, al menos, a partir del momento en que las fuerzas ordenadas y reservadas se liberan y se pierden para unos fines que no pueden sujetarse a nada capaz de ser contabilizado. Es únicamente mediante dicha insubordinación, incluso miserable, que la especie humana deja de estar aislada en el esplendor incondicional de las cosas materiales.

De hecho, y de la manera más universal, aisladamente o en grupos, los hombres se hallan constantemente implicados en unos procesos de gasto. La variación de las formas no provoca ninguna alteración de los caracteres fundamentales de estos procesos cuyo principio es la pérdida. Una cierta excitación, cuya cantidad se mantiene en el curso de las alternativas en un estiaje sensiblemente constante, anima las colectividades y las personas. Bajo su forma acentuada, los estados de excitación, asimilables a unos estados tóxicos, pueden definirse como unos impulsos ilógicos e irresistibles al rechazo de unos bienes materiales o morales que habría sido posible utilizar racionalmente (de acuerdo con el principio del balance de cuentas). A dichas pérdidas se halla relacionada -tanto en el caso de la «mujer perdida» como en el del gasto militar- la creación de valores improductivos, el más absurdo de los cuales y al mismo tiempo el que provoca mayor avidez es la gloria. Completadas por la ruina, la gloria, tanto bajo formas más bien siniestras como particularmente admirables, no ha dejado de dominar la existencia social y sigue siendo imposible emprender nada sin ella cuando está condicionada por la práctica ciega de la pérdida personal o social.

Asi es como el despilfarro inmenso de la actividad arrastra las intenciones humanas -incluidas aquellas que van asociadas a las operaciones económicas - al juego calificativo de la materia universal: en efecto, la materia sólo puede definirse mediante la diferencia no lógica que representa en relación a la economía del universo lo mismo que el crimen representa en relación a la ley. De igual manera que la ley jamás puede excluir el crimen, la gloria que resume o simboliza (no enteramente) el objeto del gasto libre no puede diferenciarse de la calificación, siempre que nos refiramos a la única calificación que tiene un valor comparable al de la materia, a la calificación insubordinada, que sólo es condición de sí misma.

Si imaginamos por otra parte el interés, coincidente con el de la gloria (tanto como con el de la ruina), que la colectividad humana relaciona necesariamente con el cambio cualificativo realizado con perseverancia por el movimiento de la historia, si suponemos finalmente que dicho movimiento es incapaz de contenerse o de dirigirse hacia un objetivo limitado, es posible, abandonando cualquier reserva, atribuir a la utilidad un valor relativo. Los hombres aseguran su subsistencia o evitan el sufrimiento no porque esas funciones representen por sí mismas un resultado suficiente, sino para acceder a la función insubordinada del gasto libre.

Obsesión con el pasado

Obsesión con el pasado

GONZALO VALDERRAMA ESCALANTE "En Bolivia, el presidente Evo Morales vive hablando de un supuesto pasado glorioso de los
indígenas de su país"
Andrés Oppenheimer, El Comercio, 24 de octubre

Es frecuente leer este tipo de juicios categóricos en relación a la perspectiva política de los pueblos originarios andinos, para la voz-prensa oficial del país el pasado prehispánico es prehistoria, casi antidiluviana. El buen vivir de nuestros ancestros es cuestionable, es un "supuesto" pasado glorioso. A toda costa se quiere hacer ver que es peligroso por anacrónico que un indígena pueda ocupar un cargo político de importancia, ahí está el ejemplo de Bolivia, y poco importan la historia, los problemas internos y el contexto que compartimos para pensar que la experiencia boliviana y la refundación de su país sea un ejemplo a seguir, porque en principio los paradigmas propios se sustentan en "supuestos".

"Desconoce mayormente" A. Openheimer la concepción del tiempo en los Andes: En una visión no lineal del tiempo, por ejemplo, la palabra para designar tanto el pasado como el futuro es la misma en quechua, ñaupa, y para referirse a acontecimientos futuros usamos las palabras para designar lo que queda a espaldas de uno, quepa. El pasado esta delante nuestro, se le puede ver siempre, y es así como marchan los pueblos -racional, cartesianamente hablando- con la posibilidad de ver su propio pasado, mas no el futuro, que es siempre inasible, incierto por mas planificado que sea.

Cuando se traduce el concepto de desarrollo (que mucho preocupa a quienes critican tanto una supuesta obsesión con el pasado en los movimientos de reivindicación indígena) se nota ampliamente esta diferente concepción del tiempo y del acontecer histórico entre las sociedades andinas y las formas hegemónicas "nacionales": Ese avance progresivo al futuro promisorio que es el desarrollo, no puede traducirse en quechua sino como: Ñawpaqman puriy, literalmente "avanzar hacia el pasado". Lo cual tiene mucha lógica, y se podría decir es justicia poética, ya que es en nuestro pasado donde se dio efectivamente el tan ansiado bienestar colectivo que se supone es la meta del progreso, desarrollo y futuro.

EL ESCRITOR PERUANO ESTÁ HECHO UNA MIERDA

EL ESCRITOR PERUANO ESTÁ HECHO UNA MIERDA

Por Rodolfo Ybarra

El escritor peruano está desnudo? ¿Es hora de decírselo? No entiendo qué es lo que se quiere decir. Primero, si alguien está desnudo y no lo sabe, hay un problema de percepción que hasta podría ser entendido como esquizofrenia o manía; ahora la realidad no cambia ni se hace palpable si se le acerca a alguien como si fuera una torta o simplemente porque alguien te la cuenta o te la describe, o sea si el escritor está desnudo y no se da cuenta, ¿cómo se le va a hacer para que se vista?

Muchos estarán diciendo ¿qué ocurre? ¿si sólo es una metáfora? Como dice, dada su lejanía, el señor Frisancho, pero lastimosamente no veo ninguna metáfora, aquí simplemente lo que se trata es la cruda realidad: el escritor peruano no sólo está desnudo, sino que está destruido, está solo, está perdido, está sin muelas, está en muletas, está de cabeza, está pateando latas, está con sida, está con cáncer, está con lepra, está sin DNI, está sin sueldo, está sin seguro, está –digámoslo de una vez- hecho una mierda.

Y qué estructura mínima va a haber para que lo represente, si todo este sistema putrefacto anula las posibilidades de organización porque no hay tiempo para sobrevivir, hay que tener 3 ó 4 trabajos, si es que los tienes, o hay que hacer de sobón en algún diario o universidad para así hacer las cosas “correctas” y mantener en vilo el lado académico. Un amigo me decía que la realidad superaba a la ficción y por lo tanto había que vivir de manera paranoica, hay que desconfiar del amigo que te visita porque ese quiere estar con tu mujer y hay que desconfiar de los compañeros de trabajo porque esos buscan tu puesto si tienes más jerarquía o si está mejor remunerado. Este sistema que parecen defender con uñas y dientes algunos escritores -mismos cancerberos o demonios apocalípticos- no puede en definitiva “fabricar” alguna solución, la solución corresponde a una gran propuesta corporativa o general –no trotskista-, porque los pensamientos también son producto de un sistema y si el sistema es aberrante, pues los pensamientos (o la superestructura) como el de mi amigo, también ha de serlo.

No entiendo por qué mi compañero de generación Héctor mezcla la defensa orgánica del escritor por supervivencia con el tema de los críticos, ya debatido hasta el hartazgo en los blogs basura y en los otros, que son pocos y hasta se han hecho una suerte de ratings (de rata) para establecer quién ejerce el mejor mecanismo o soplido de fuelle publicitaria, o sea quién es capaz de levantar en hombros o en forma de “capachún” –con o sin meditación y sin alfombras mágicas- a su autor preferido o al recomendado vía tarjeta o vía orden del director del periódico, y así el crítico termina haciendo su fellatio en vivo y en directo y “el escritor de moda” termina eyaculándonos en el rostro –para delicia de algunos, mismo bukakke- sus obras mal habidas cero interés y a bajo precio. Y no tenemos por qué quejarnos de si un escritor “no tiene manera de definir su propia situación en el Perú, ni un aparato intelectual o siquiera unos instintos que le permitan encontrar su lugar en los procesos políticos, económicos y sociales de nuestro país”, no será porque el escritor mal alimentado y todo y condenado a un constante desgaste para mantener a su familia o mantenerse a sí mismo, y a un constante lavado de cerebro como todos los peruanos y todos los ciudadanos del tercer mundo (porque los del segundo mundo al menos comen y pueden pensar mejor, y claro, el lavado de cerebro encuentra mayores resistencias).

La ubicuidad no es un don, es parte del mecanismo de conservación y si no se tiene, pues se está condenado a ser fagocitado por otro mejor dotado en la larga cadena alimenticia del ser humano que coronan por cierto los plutócratas y que defienden sus esbirros, llámense ejército, policía nacional y toda esa sarta de mercenarios que “cuidan el orden público” para que los esclavos, entre los que están los escritores, no se rebelen.

Por qué tendría que alarmarme porque un escritor no puede vivir de lo que escribe, si uno toma un tico puede encontrarse con un cirujano vascular o algún ingeniero de sistemas –yo me he encontrado hasta con santones, seguidores de Ataucusi hablándome del diezmo, y hasta con Dante Castro en su volkswagen viejo haciendo taxi-. El punto no es que el escritor deba vivir de lo que escribe sino de que este sistema está construido para doblegar al más insomne y convertirlo en una suerte de multiusos o “mil actividades”, como el “mil oficios” de Chuiman, sin capacidad y sin tiempo para centrarse en una cosa, una especialidad que algunos tienen y terminan siendo honrosas excepciones a la regla.

Vivir de la literatura “es un sueño” que se puede hacer realidad si cuentas lo que te sucede del ombligo para abajo o del derriere para abajo –si se quiere- y organizar un escandalete como esos “oñoñoys” como Bayly u Ortiz cuyas recetas no la siguieron bien Yesabella o Brocca o el ex amante de Gisella, Carlos Vidal. “Escandaliza y vende” es el lema de estos tiempos y ya lo han aprendido bien escritores como Ampuero con lo de “El Enano” o Verástegui posando calato en “Caretas” u otros que por higiene mental es mejor no mencionarlos. Tampoco esto me parece importante, no imagino a Tolstoi escribiendo “La Guerra y la Paz” para vivir de ello, es absurdo.

No se trata tampoco de negar la condición de escritor a alguien porque escribe sobre temas que a ti te parecen banales o porque se hayan vuelto “vulgares matarifes”,o toreros de vacas con ántrax; tu posición se acerca a la del señor Irigoyen quien aceita continuamente sus espéculos y dice que todos los poetas peruanos -salvo algunos aceptados a regañadientes- no tienen ninguna valía disparando a mansalva mismo Robocop, y al final se queda él solo comiéndose a sí mismo como el catoblepas, autófago y falto de rigidez consigo mismo. Y aquí si es de notar la falta, ya no de crítica sino de autocrítica de la que carecen la mayoría de nuestros autores, todos con una soberbia tamaño de sus encebadas barrigas como el Ubú Rey. ¿Quién puede autoflagelarse y salir luego con una corona de espinas y decir realmente mi literatura no vale la pena? Todos –o casi todos- quieren espacios en televisión, o ser reseñados o entrevistados, y posan para la foto con fotoshop y todo incluido, pero señores ¿su literatura realmente vale la pena para exigir todo lo que ello conlleva? Por favor, tenemos poetas a granel que parecen controlados por una omnimente (como Toy Story 3), todos escriben lo mismo y sobre lo mismo, y como dicen en el fondo del charco los sapos se escupen entre ellos o se lamen con lenguas bífedas mismas serpientes. Y de los narradores ni qué decir: se arrancan los pelos y se comportan como la Divinne de “Pink Flamingo” sobre todo en la última parte, para demostrar que son como Harry, el sucio, nada más que aquí –al igual que en la película o la serie- todo es impostado, todo tiene su respectiva pátina y pose. Y uno de los grandes culpables, aceptémoslos de una vez, son las universidades que se han convertido en fábricas de escritores-androides, sólo hay que mirarles en la nuca para descubrir el código de barras y determinar el lugar de procedencia, excepciones a la regla siempre habrá, pero siempre serán lastimosamente los menos.

El caso de los agentes literarios es patético, cómo exigir a una realidad como esta, donde los agentes funerarios quieren enterrarnos vivos, que existan estos señores que por cierto, son un producto de la tecnificación o especialización del mercado, y cuyo sueldo lo tiene que pagar directa o indirectamente el escritor y con qué. Sin embargo lo dicho en el párrafo anterior mas el estado de pauperización y expulsión de la PEA activa se une para colmo de males y como pala de enterrador la“falta de lectura”, que no es lo mismo a “falta de comprensión de lectura” en los que somos superados solo por Haití; pero si eso fuera cierto y como dice Beatriz Ontaneda, ¿por qué la piratería de libros es un gran negocio y por qué y para qué la librería “El Crisol” está abriendo un gran local –por el tamaño físico- en Los Olivos?

Creo sinceramente que Héctor Ñaupari y el señor Frisancho se equivocan y el primero se equivoca doblemente: primero porque los lectores no hacen al escritor, ni lo pueden condicionar, el escritor debe gozar primero de la libertad creativa, exorcizar no ya a sus demonios sino a su estómago hambriento que no lo deja pensar, asumirse a sí mismo para luego poder captar su realidad. Ahora yo pregunto: ¿existe realmente un “escritor malo” o “libro malo”? He encontrado libros de escritores mediocres o repetitivos; cuando yo me refiero a los escritores de la omnimente, en realidad me estoy refiriendo a los escritores que practican de alguna forma sutil el plagio o el encabalgamiento de escribir sobre lo que está de moda con recursos técnicos que estén de moda o en voga, pero realmente no creo que perviva un solo libro que sea como dice Frisancho “una buena mierda”, término con la que muchos escritores se refieren a los best seller, los libros de bolsillo o los libros que están en las estanterías de los centros comerciales. A propósito de esto, hace un tiempo estuve en una conferencia en la que Miguel Gutiérrez, conocido escritor de posición dura aunque lo tachen de recalcitrante o prosaco, defendía a los best sellers y, no solo eso, sino que recomendaba su lectura. Este tema no me queda del todo claro o, en última instancia, todo libro tiene algo que decir, no se puede ser objetivo en cuestiones de gustos literarios.

De otro lado, el señor Ñaupari dice “En ese aspecto, el Perú es un páramo. Pero, sobre todo, el escritor peruano no tiene lectores: en una sociedad donde elites pudientes y masas empobrecidas, donde blancos, mestizos y afro peruanos, ricos y pobres, todos por igual, no han leído en su vida un solo libro completo, (…). Habría que preguntarse si detrás de este enunciado no hay ya un monitoreo o por lo menos un sesgo de nuestra realidad inducido por el ente massmediático y en el que nos han hecho creer que el Perú es de blancos, porque esos blancos (10 % de nuestra población), mestizos (35 %), afroperuanos (3 %) no son ni la mitad de la que está conformada este país; este país Héctor es –y te has olvidado de mencionarlos- de indígenas o aborígenes como lo enuncia el diccionario Visor en su acepción sobre Perú. Aquí alrededor del 50 % es indígena (aunque la acepción correcta, según Virgilio Roel es “andígena”). Pero ese no es el equívoco mayor y tal parece que vivimos fuera de la realidad o aceptamos genuflexos la realidad que nos trasmiten, vía el método del sifón, los periódicos y el gran manipulador de conciencias que es el televisor, oscuro aparato manipulado por los politiqueros, que divide el universo poblacional en dos conjuntos asimétricos, el de pobres y ricos, yo pregunto ¿los indigentes son pobres? La “extrema pobreza” acaso no es un eufemismo para no decir que son parias o fantasmas apartados del proceso productivo y arrojados –ahora sí desnudos- a ser devorados por el león hambriento del mercado.

Estimado Héctor, parece que tú hablaras de Lima, pero Lima no es el Perú, lo contrario es un equívoco enunciativo de Valdelomar aceptado solo poéticamente en el sentido de Jacobson, y aunque ya “El Desborde Popular” ha tomado las linderos de Lima, pues simplemente Lima no es el Perú.

Si, evidentemente hay una responsabilidad en todo lo dicho arriba, pero no son los escritores o, en todo caso, no es exclusiva de los escritores, sino de todos lo que viven en este país y todavía creen que el sistema capitalista ortodoxo y draconiano los va a incluir aunque sea con un mísero sueldo o con una magra pensión de 300 soles o en puestos burocráticos donde se puede tener alguna regencia o algún feudo para fungir de capataz mientras los más necesitados solo nos interesan metafóricamente o para “levantar” algún artículo periodístico.

Estimado Héctor, tu has alcanzado el nirvana viviendo regocijado en la que llamas las leyes del mercado, a las que comparas con las leyes físicas, mismo Shumpeter, y en las que pareces flotar como un Houdini; nadie en su sano juicio negaría el poder que tiene el mercado para mover el mundo actual de la producción, los compradores y vendedores, es decir el sistema liberal o mejor dicho el sistema mercantilista es lo que ha corrompido hasta la sarna (Sarcoptes scabiei) la cosmovisión del escritor en la que los libros no son más que productos sujetos a las leyes de la oferta y la demanda, vulgares mercancías ¿de qué te quejas si todo lo descrito es producto del sistema que pareces defender con discursos bastante entrópicos y sincréticos?

Cómo exigirle a un escritor que escriba sobre Piérola, Castilla o Cáceres, aunque preferiría a Atusparia, Uchcu Pedro o Cahuide (que los hay) si el sistema les obliga a escribir sobre “sangre, suciedad, prostitución, travestismo, hoteles derruidos y malolientes” porque esto vende y porque estos, los vicios del sistema, de esta manera se aceptan y forman los resortes que nos van a hacer soportar los grilletes y las largas jornadas de trabajo, es decir, llegan a funcionar como grandes edredones de humo o como subrealidades de confusión , como ver la guerra del golfo pérsico en un juego de nintendo en la que la sangre se mide por píxeles. No ver esto es no quererse ver en el espejo porque se es “gordo y feo” y aceptarse sicológicamente como lo contrario.

Aquí hay que entender que las “dinámicas comerciales” como dice Frisancho “no dicen nada sobre la calidad de un texto, sobre su poder expresivo, sobre su belleza (…) sí, de acuerdo, pero se nos escapa algo y es que las dinámicas pueden condicionar o condicionan de hecho la temática, y las dinámicas internas del escritor, ahí radica la lucha de un escritor por sobreponerse a todo esto. Si defendemos el mercado es porque los mecanismos de resistencia han sido doblegados y no nos queda más que ser voceros de un mercado y actuar como altoparlante o bocina de triciclo, mismos zombis extraídos de alguna película de George A. Romero.

Estoy de acuerdo en que el escritor debe vivir bien, comer bien, vestir bien, pero esto no es exclusivo de este, lo contrario son ideas sesgadas, arbitrarias o corresponden definitivamente a concepciones reaccionarias. Prometo alcanzarte las "Esquirlas" que escribí para el libro “Las Armas del Escritor” que son cientos de páginas que hablan sobre esto y que gustosamente podría hacer llegar a todos los interesados en beneficio de un debate que se ha iniciado hace mucho tiempo y que incluye indefectiblemente a Federico Moore cuando decía que en el Perú “se es colonial o se es incaico” y del que tengo la cita de la cita en: “Escritores Peruanos qué piensan, qué dicen” Wolfgang Luchting cuando pregunta a Luis Alberto Sánchez , pg. 19 edit. Ecoma, 1977.

Un abraxo

Luna de piel

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LAS PUERTITAS DEL SEÑOR LOPEZ

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