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EL DIA DE LA MANDRAGORA

EL DIA DE LA MANDRAGORA


Desperté temprano, a esa hora en que bosteza el horizonte. Alargué mi cuello hacia el día claro, por entre ventanas y celosías. Respiré perezoso. Hasta que lo vi...

¡A Él!

Sus dos manos llanas naciendo del vientre de su túnica ya no están. No son más. Primero parece que rugió como un perro del infierno. Yo barrí esas lagañas latigudas con las lágrimas de mi mejor llanto para ver mejor. Y vi mejor. Vi, en lugar del sol, un inmenso reloj cuyas manijas giraban enloquecidas, y detrás de ellas un espectro atrapado en las horas que reía y lloraba. Reía y lloraba.

Cerré la ventana por donde había mirado sin creer y cerré la puerta por donde había salido sin querer. Cerré mis ojos para gritar: ¡Dios!

Me puse mi sombrero y salí. Al poco rato de cruzar la calle un trueno partió el cielo y desató la lluvia. Se escuchó una voz como cuando lo llaman a uno por altavoces, diciendo lejana de entre las nubes:

- Usted don Alberto Quilapán, a sus 27 años ha gastado X millones de toneladas de aire, Y millones de pares de pisadas de zapato y Z millones de kilómetros cuadrados de siembras de trigo para el pan de cada día. A la sazón y contabilizando todos los recursos invertidos en su humanidad, se ve usted en la obligación de responder con una descendencia no menor a 4 vástagos que a la vez respiren los suficientes millones de toneladas de aire como para que deban por ende engendrar los hijos suficientes que cubran dicha deuda. También tendrá que encausar no menos de ¾ de los millones de pares de pisadas hacia las puertas del altar del trabajo, todos los días de Lunes a Viernes en horario de oficina. Allí apretará las teclitas que le serán debidamente indicadas por citófono. Y por último tendrá la alternativa de labrar los Z millones de kilómetros cuadrados de siembra de trigo que usted consumió para alimentar a sus hijos. En el caso que usted entere los estoicos 33 y no haya engendrado esos hijos, ni avanzado esas pisadas ni labrado dicho trigo, vivirá cada día perpetuamente y sin variación la jornada que hoy comienza.

Entonces me escapé.

Tomé la micro que corría en el sentido contrario a la dirección de mi trabajo y una vez arriba me sentí algo más aliviado. La ciudad soñó por un rato.

- Hasta aquí nomás llegamos, amigo – dijo la voz al volante -.

Así que me bajé.

Mas cuando puse los dos pies en la tierra elevé la vista y el mismo maldito reloj giraba sus manijas sin ton ni son. El espectro me indicaba, furioso y burlón, la otra vereda de la calle.

Era mi trabajo.
- ¿Creyó que podría escapar? – tronó el muy infame -.

Sentí que todo se derrumbaba hacia el final. Hasta que me fijé en esa otra puerta que, todos estos años, yo había ignorado altaneramente.

- Hay puros cachivaches adentro – me decían -.

Corrí hacia ella y giré de la manilla con determinación. La manilla cedió y entré a un cuarto negro, como la muerte. Mientras tanteaba en la muralla por el interruptor de la luz di con escobas y utensilios de aseo industrial. Callé, porque pensé que había oído unas voces. Y eran unas voces. Eran de mujer.

Encendí la luz y vi que me encontraba entre dos puertas. Había entrado por la que quedaba a mis espaldas. Ausculté la de enfrente con mi oreja palpitante y confirmé las voces. Una de ellas la reconocí al instante. Era la bella Ludmila. ¡Ludmila preciosa!

Sí, lo confieso. Fue por ella que giré la manilla de la puerta. Aquella revelación que abrió mis ojos al despertar, aquella condena que escrutaba mi tránsito sin rumbo por las calles fue la lágrima que rebalsó el mundo.

Al otro lado de la puerta reía Ludmila; reía con un fuego que dudé en amar a primera vista. No era esa llama sumisa bajo las horas de la oficina. Ahora Ludmila reía con excitante desenfado.

Giré entonces la segunda manilla, entré y cerré la puerta con violencia. En el acto, Ludmila volvió sus dos esferas verde bosque hacia mí. Sonrió mordiéndose la boca caprichosamente.

Sorprendido y mudo, vi que no estábamos solos y que el profundo y afrodisíaco olor a sexo femenino inundaba ese cuarto. ¡Ludmila estaba desnuda! ¡mordíase la boca mirándome, como hallando en mí la panacea de sus deseos!

Yo, como bestia encandilada en la noche, miraba a Ludmila: Manos en la cintura, semejaba una ánfora que vertía en mí su luz fatal de lujuria. Moviendo sus caderas levemente, la esfinge que era ella en ese momento tendió un par de puentes persuasivos con sus ojos, en los que yo adiviné, con una mezcla de excitación y temor, las palabras que soltaría a medida que se me acercara.

- Las mujeres de la empresa estamos de fiesta – dijo mientras me fijaba en la suave cadencia de sus pechos de mármol -.

- ¿Eres acaso la guinda de esta torta? – susurró casi llegando, emanando de ella el recóndito olor del vino -.

Entonces, pudiendo tocarme ya, devoró mi voluntad besándome la boca, abriéndome la boca con su boca y con su lengua húmeda de serpiente. El resto de las hembras, pitonisas desnudas y olorosas, se acercaron a desnudarme al tiempo que Ludmila se apoderaba de mis pensamientos. Calavera fatua.

Voló mi corbata entre las serpentinas. Volaron mis ropas, y así descubrí el tesoro que se escondía al fondo de Ludmila. Sus piernas lunares se entrelazaron en mi espalda y fui el intruso que hizo crujir como una almendra el fruto secreto de sus entrañas.

Ludmila y yo gritamos. Ella, por habernos dado la muerte disfrazada de amor. Yo, al sentir cómo sus jugos me quemaban y huían por los vellos de mi pubis. Y tras ese grito sentí que un nudo de carnes me ataba a ella en su rincón más lejano, en el fondo de la Tierra, para siempre jamás.

Temblando, abrazándola todavía, escuché una solitaria respiración. Y no mentiría si dijera que ignoré entonces de quién era la respiración. La separé de mí con mis brazos y... ¡Santo Dios! ¡La respiración era mía! ¡Qué habíamos hecho, Ludmila!

Contemplando en ella el fantasma de la muerte, me colgué desesperado de la manilla de la puerta. Forcejeé una y otra vez. En eso un murmullo provenía del lugar donde yacía Ludmila. Me di vuelta y vi cómo su cara inerte se convulsionaba en unas risitas apagadas; éstas se transformaron en horribles carcajadas que fueron destrozando la piel de su rostro. En un abrir y cerrar de ojos noté que una iracunda calavera era dueña de esas últimas carcajadas.

Le di una patada a la puerta y, antes de arrancar, di un vistazo a la oficina. Las pitonisas habían vuelto a sus escritorios, desnudas y despidiendo el inconfundible olor a sexo. Como si nada hubiese pasado.

Huí.

- ¿Jubilación querías, zángano haragán? – oí que me increpaba el cielo, percatándome de aquel espectro reloj que escupía sus palabras. Las manijas se habían detenido arriba, clavadas en las 12. Era mediodía.

Debilitado por toda la savia que vertí entre las piernas de mi amada Ludmila muerta, sentí que un apetito se incrustaba en mi pecho como un agujero negro. Además, la rabia al saberme víctima de aquel vejamen, lejos de matarme el hambre, me la despertaba hasta rayar en lo famélico. ¡Habrá alguien experimentado algo siquiera parecido a esa rabia depredadora! Gritaba despacito por las calles. Y miraba a las personas dispersas en esta ciudad de la entropía. ¡Es por ellos también que hago esto, caramba! Me vi exclamando cuando estaba a las puertas del Bar - Restaurant ‘La Pupila Insomne’. Me quité el sombrero y entré.

- ¡No quiero ninguna carta! – le dije al mesero. Pobre hombre, la culpa no era suya. Miró mi resentimiento con ojos así de grandes.

- Tráigame – le pedí -, tráigame por favor la especialidad de tiburón completo. Quiero almorzar.
- Tiburón comple... muy bien caballero.

Sí. Eso era lo que iba a calmar mi hambre ese día deplorable. Porque tenía entre ceja y ceja grabada la ceñuda cara de mi jefe, ese tipejo que chasqueaba sus dedos con prepotencia sobre nuestros moños agachados. Y quizás cuántos otros como él hacían nata en esos ‘templos del deber’ que le llaman. Cabezas de cerdo, cabezas de perro. Con qué rapidez imaginé todos esos matices tamborileando los dedos en la mesa. Mesa coja. Iba a devorar, pues, el símbolo máximo de aquel sátrapa indeseable: su cabeza de tiburón, con sus malditas fauces atemorizantes.

- ¡Cabeza de Tiburón! – clamé, dándole un puñetazo a la mesa.

Don mesero regresaba a disponer todo para mi almuerzo.

- ¿Se va a servirse algo para beber el caballero? – preguntó mientras pasaba un paño húmedo sobre mi mesa.

- Un vino blanco bien frío – respondí -. Y asegúrese por favor de servirme el postre primero y la entrada al final.

La curiosidad se dibujó en el rostro de Don mesero. ¿Cómo iba yo a explicarle que mi jugada maestra consistía en acabar a mordiscos con el recuerdo de mi jefe, que podría ser, por qué no, su jefe también? Menos entendería – supuse – que lo que yo buscaba era quitarle toda posibilidad real de rehacerse, de re materializarse luego desde los residuos digestivos en los que yo me sacudiría la influencia de su autoridad. Por lo tanto lo que yo debía hacer era almorzar en orden inverso, tal como cuando pretendemos retroceder en el tiempo girando en el sentido opuesto del reloj. No pude evitar recordar ese espectro servil detrás del minutero y el segundero.

Tic, tac.

Así lograría yo olvidarme que lo había asimilado a mi cuerpo puesto que el tiempo que ocupara en desmenuzarlo e irme arrojando tiras de su carne a la boca no correría, se consumiría en su girar opuesto ante la corriente implacable del tic, tac. Impediría que resucitara él y su poder desde mis desechos fecales.

Afortunadamente mi semblante irritado alejó a Don Mesero de cualquier pregunta.

Comí primero la compota de ojos y dientecitos cocidos de tiburón tierno.

Después degusté unos suculentos filetes de tiburón blanco con sus vísceras salteadas en aceite de tiburón. Todo esto regado con vino blanco Carmenière. Late Harvest. Ideal para acompañar la carne de hiena, ornitorrinco y tiburón.

A continuación me serví un exquisito caldillo de letras de tiburón bien caliente. Estaba como me lo imaginaba. A cada cucharada que enterraba en el plato sacaba distintas letras que bailando en la sopa formaban una palabra. La primera decía antifaz. La segunda era tumba. En otra salió arcilla. En otra, flores.

Al llegar la entrada, la misión que me había impuesto me hizo mirar el plato con una avidez que a mí mismo me resultó sorprendente. ¡Ahí estaban, por fin, la cabeza y la cola de aquel bicharraco! Desgarré entonces la carne de sus fauces y entre medio del espinazo. Sentía cómo mis flujos salivales envolvían esa carne en un amasijo blanco que caería esófago abajo hacia los jugos gástricos. Aquellos ácidos lo disolverían para siempre en mí. Y de ahí en adelante sería sólo yo. ¡Primero yo, segundo yo y tercero yo!

Luego de eructar el perfume lácteo de la carne, dejé en la mesa la suma equivalente de mi almuerzo y me retiré del Restaurant.

Arriba, arriba mío y de todo estaba, como siempre, el espectro – reloj que reía y lloraba, y así, empujaba fatalmente a las almas descuidadas.

- ¡Se acabó la hora de colación, señores!¡Está usted atrasada, señorita! – gritaba amenazando con la voz de ultratumba.

- Y usted señor, usted está despedido ¿me oyó? ¡Des pe di do! – despotricó temblando de ira cuando me vio.

No le hice caso. Con la autoridad disuelta en mi estómago me daba lo mismo que el espectro – reloj me despidiera o me excomulgara. Yo podría haberme plantado en la vereda mirándolo desafiante, mientras con una mano me sujetara el pecho y con la otra le advirtiese:

- De ahora en adelante soy yo, ¡primero yo, segundo yo y tercero yo!

Claro que hubiese podido. Pero ¿para qué?

Preferí comprar el diario en un quiosco y dirigirme hacia la plaza a hacer la digestión de ese notable almuerzo.

Por otro lado había que buscar trabajo. Un oficio que me procurara el diario bocado de comida y para que nadie viniera a reprocharme ¡es que tú esto! ¡tú esto otro! A mí la prostitución no era cosa que me interesara. Pero en los avisos de empleo no encontré otra cosa que eso: prostitución. No la del cuerpo. Había quienes se prostituían con su tiempo, sus conocimientos.

‘Se hacen arreglos a las instalaciones del pudor y la vergüenza. Atención a domicilio.’

‘Se legaliza la voluntad de poder.’

‘Se necesitan desmemoriados part time y a tiempo completo. Innovadora compañía importadora de quehaceres postmodernos.’

Solamente al final de aquella sección un título rezaba ‘Relajación e Indulgencias del Cuerpo’. Servicio de sauna y masajes. Seguido de varios nombres de muchachas que atendían aquí o allá.

¡Qué duda cabía que aquello era más noble que cualquiera de las otras extorsiones!

Así supe que el destino me llevaría a ellas. Confirmaría con mis propios ojos y de sus mismas palabras esa hermandad en que éramos hijos de similares designios. Ellas, rameras, pero del cuerpo, no del alma; yo, un pobre diablo, un carpetazo a Prometeo.

No debíamos sentirnos culpables de nada.

La redención es letra muerta.

No habría ofensa más grande para ellas que comparar su milenario oficio con la gestión de un asesino. Eso había que comprobarlo, y para obtener una prueba irrefutable era necesario provocarlas. ¿Qué mejor ejemplo que aquel episodio de Crimen y Castigo en el que Raskolnikov visita a Sonia y le lee un pasaje de la Biblia, buscando el perdón de los pecados para el asesino y la prostituta que eran ambos?

- ¿Cree usted que sea posible la salvación para estos dos réprobos?

La pregunta me salió al camino en tanto subía las escaleras del edificio. Las señoritas trabajaban todas en el mismo piso, ocupando todos los departamentos. De a una les fui leyendo el pasaje del libro y las interrogué sobre su salvación.

La primera me insultó y me cerró la puerta en mis narices. La otra calló de rodillas llorando. Otra me pidió un cigarrillo y se rió de mí.

No pregunté más. La cosa estaba clara. Bajé las escaleras convencido que era así y no de otra forma. Era un cesante más. Dos pisos más abajo un caballero muy elegante esperaba de pie frente a una puerta con una placa de bronce. Buffet decía. El rostro del tipo semejaba al de un soldadito de plomo. Mejillas pálidas y un lunar. Con el ademán de Humphrey Bogart. Cagliostro se titulaba el libro que llevaba en la mano.

- Busco trabajo – le dije -. ¿Sabe usted...?

- Venga – me dijo -. Acompáñeme.

La puerta se abrió y caminamos por un pasillo pequeño. El tipo me condujo a una sala donde se encontraba su supuesto colega, un individuo que nos saludó en silencio después de quitarse su sombrero de copa. Ahí vi que era calvo y que había estado jugando con unos dados que lanzaba sobre su mesa. Hizo a un lado los dados y apuró el trago que tenía en la mano. Con el tipo elegante se dijeron algo en francés. Luego me miró y me dijo:

- ¿De verdad viene a buscar trabajo?

- Sí, pero no... – turbado, no supe terminar la frase.

Abrió un cajón. Sacó un martillo y lo puso encima de una hoja en blanco que tenía en la mesa.

- Sólo tenemos este puesto vacante – dijo -. Destruir para crear.

- Acepto – respondí-.

Las instrucciones fueron precisas.

- Desande el día de hoy y recoja todas las muertes con sus respectivos disfraces. Haga un túmulo con todo lo que junte y cuando haya regresado al alba préndale fuego. Debe enterrar las cenizas en un lugar seguro. La luz matinal dará por terminado su trabajo.

Salí de esa oficina y subí al piso de aquellas niñas que había visitado. Cogí las burlas de una, el llanto de esa otra y los insultos de aquella. Fui al restaurant a rescatar el espinazo y las fauces roídas de tiburón del tarro de la basura. En la oficina descuarticé el esqueleto de mi amada Ludmila y me llevé en un bulto todas las muertes de las que había hecho acopio.

Desanduve el camino y no sólo eso, sino que también deshice el tiempo y llegué de regreso a casa en la madrugada que volvía a transcurrir. Aguardé en silencio. Comenzó a amanecer. En el patio formé una hoguera con las máscaras diurnas de la muerte. El espectro – reloj nunca volvió. Medité en un idioma extinto y me vi alzando los brazos que salían del vientre de mi túnica.


QUILAPAN

SI ESCRIBES

SI ESCRIBES

Si escribes te diré con alegría que el tiempo es una cruel mentira
y la más vana ilusión en el seno de una oruga.
Si escribes...te diré que soy de tierra
y le hablaré de tu belleza a los ángeles.
Me dicen que los niños se intoxican de silencio
y que los sueños mueren en un irremediable hueso
pero si regresas, sentiré que el arcoiris es una sombra
la más bella de todas.
Mañana seré más feliz de lo que no haya sido
y detenré en mis ojos la soledad
esa que es una simpática fantasia
anidada en algún rincón de la mente.
Y es así, te espero con historias verdes
de criaturas perfectas bajo la luz
de la simple hermosura de una boca
o esa lágrima brillante como el rocío.
Si escribes...ya no diré que mis rodillas sangraron
o que Freud es un genio del vacío
no diré nada
sólo te contaré
historias verdes.

ROXANA GHIGLINO

SIN RÓTULO

SIN RÓTULO

“Ahora será fácil destrozarnos lentamente
arrancarnos los miembros
beber la sangre lentamente…”
CÉSAR MORO


No será necesario labrar tu mirada
para sembrarme en tus ojos
te conozco espejo indisoluble
me conoces
desde que el mundo decidió inventarse amarillo
y enfermo
nací en el primer latido de tus pasos
con el canto de la funérea ave que picotea tus costillas
allí me desdoblé desnuda invisible como una mandrágora
puedes abrirte el pecho si deseas
tal vez aun encuentres mi sombra perforándose en tu sangre
o a mi soledad jugando a ser
firme amante de tus glóbulos blancos.

Para insertarme en tus niñas como
un átomo del viento
no necesito mezclar
los colores tibios de mi alma
somos la misma luna despeinada repasando la noche
la misma cuerda vocal estacionando los días
el mismo músculo rojo andando de cabeza por las calles.

Por eso
cuando un bufón de mis ojos te encuentre y
te estire los brazos
cíñelo a tu cuerpo
súmalo a tu risa
pero no se te ocurra soltarlo temblando
recuerda que es imposible embriagarse
cuando bebemos la niebla de
nuestra propia sangre.DENISSE VEGA FARFAN (1986)

ENTERNECIDO ÁNGEL

ENTERNECIDO ÁNGEL

La lluvia, cae imprecisa sobre mi piel y la tuya como millones de luciérnagas
he amanecido y anochecido entre tus lindos muslos y en el espejo dorado
sin maquillaje y lencería a la hora de recibir de tus fauces la saliva
¿tú no comprendes el hastío de habitar un cuerpo cubierto de espectros?
ni sabes de las gotas amargas de una canción incierta.
Mi querido, desde ahora, ya no habrá obscenas alegrías
y el lindo regodeo de la lujuria en la pantalla de tus actrices porno
dejémoslo ahí, yo soy una experta en el arte de sobrevivir a los Apocalipsis
te he encontrado, todo pleno, vivo instante terrenal de mi momento
tu boca y esa voz juguetona de faunos silvestres a la hora de las orgías
tus ojos y esa luz inocentona de un momento perfecto en un sueño lúdico
¿sabes que yo siempre esperé este antídoto para los amores malsanos
esa coqueta botellita de tu rostro para olvidar viejas maldiciones
esa simple sonrisa de guitarras eléctricas y cine de ficción?
he tenido que bailar con tu victoria bajo las luces de neón
y nunca fui tan condescendiente con un caballo salvaje
a todo dije ok, para no cercenar con mis colmillos tus alas
porque no dudé en arrancar con mis uñas mi garganta para que no te fueras
o alimentar con mi pobreza tu insaciable deseo.
Y así es, llegaste un poco tarde…pero esta tragedia insufrible
de niñas abandonadas y cuentos angustiosos de chiquillos pobres
acaba en una inmensa risotada aquí, con tigo.
quise que me vieras así y lamieses mis encantadores restos.
Y es verdad, aprendimos que los patitos feos se transforman en cisnes soberbios
por eso este gran steap tress es para ti, como el festín de yogurt
y la ternura del sexo oral
por eso simplemente no me escandalizo de tus sueños eróticos
no voy a mentir, acompáñame a la gran juerga de los milagros inciertos
a la infalible danza de testosterona y alados gemidos
no digas nada y que el ritual de devorar el firmamento en tus mejillas
no me quite a esta hora el deseo de permanecer en el tiempo.

No digas nada, las palabras suelen ser inconstantes avispas
no me des fórmulas, y que cabalgar sea nuestro simple regodeo
deja que cuente sin éxito las estrellas de tu sexo
deja que imagine galaxias en tu vellos y que devore el sudor de un diamante.
Sé de mis palabras y el adorno propicio para atraer una simple mirada
que atrae hacia tu guarida lo que queda de mis restos
y se triplica en tu aliento espumoso…
cierras la puerta y este coito se carcajea de cada zarpazo
tu rostro indescifrable, lúbrico clavel nocturno
no sabrán que fuiste tú, sin días ni noches
ni sabrán de lo que duelen tus ojos o tu voz.
Enciérrame en la mañana de una casa lejana
y deja que pierda un poco la razón de vez en cuando
déjame aullar en tus entrañas y sonreírle a esta absurda manía
para no quedar con este miedo de desaparecer en el temor de no verte.
Tú voz baila entre los cables en un efecto luminoso
tu voz, o tu simple ausencia que llena cada estación nocturna
arráncame el aire, y no me dejes muerta en toda esta eternidad
arráncame cada monstruo ennegrecido de la sangre.
Yo no quise inventarme esta máscara para amarrarme a la tuya
y tú simplemente apareciste en la pantalla, en el libreto
para beber de tus ojos en tiempos remotos.
Llego a la hora acordada, y te hallo rondando bajo la luz
sin desastres en tus ojos, sólo esa guitarra bonita que forma tu vientre
o este abandono imposible sin promesas ni gritos
y es así, heme aquí, recibí tu mensaje (sonrío y te encuentro)
no hay entre ambos acertijos cursis para esta pasión sólo mía
estamos solos y gemir es tan sencillo, pero empiezo a temer
ahorcada en tu mirada.

Roxana Ghiglino, (1980) Licenciada en Educación, especialidad Lengua y Literatura y profesora de inglés. Se licenció con la tesis “El Fanatismo Religioso en la Novela Total La Guerra del Fin del Mundo”. Ha pertenecido a los siguientes grupos: Disidencia, Taller 1, Elenco de teatro del INC, Coro polifónico del INC, entre otros. Ha publicado en: Simoné, Letra Libre, Peripheria, Castillo de Humo, Aspermia, entre otros. Ha sido ganadora del primer concurso de relato breve “Identidad Ancashina” organizado por la ONG Vasos Comunicantes con el relato “Camile apesta a rosas” y obtuvo una mención honrosa en los IX Juegos Florales de la Universidad Ricardo Palma con “Apenas puedo pedir un mea culpa por tanta malicia escrita en tan pocos versos”. Actualmente es participante activa del INC y dicta cursos vacacionales de inglés y lectura veloz.

NO CAIGAS

NO CAIGAS

Una voz cae apagada desde un faro
y tu sombra que es un recuerdo de la luz.
Este coro de luciérnagas llena una noche de silencio
este momento en el vacío
una calle donde no estás ni estoy.

Y así es...el instante de devorar un crisantemo
o este cuerpo que se incinera en tu mirada.

No te veré caer desde lo alto de una muralla
ni en el infierno de esta cicatriz colocada en mis entrañas.

No podré hablarte de mi piel deshilachada
de cada segundo que se apaga en tu idea de tiempo
en el puñado de moscas rosadas
de nuestro cuento sin hadas.

No caigas, pequeño ángel incomunicado
no caigas, no estoy en tu pedazo de inercia
ni el el alocado entramado de voces
que es tu demencia.

Porque lo sé y lo sabes
mi falsa venganza de siempre y de nunca
esta espada que clavo a mitad de tu frente
a la altura de tus llagas
es un instante despiadado para calmar mi sed
sed de tormenta
sed de cada momento
nunca visto.

Y no digamos nada
los absurdos son esta miseria de no poder ser
y este sueño que me arranco de la carne
para ser una hermosa polilla
que se alimenta del calor de una palabra.

No caigas...simplemente.

ROXANA GHIGLINO


LA PAZ INVERTIDA

LA PAZ INVERTIDA

Después de dar incontables volteretas en el aire, la moneda se estrelló con la palma de su mano. ¡Escudo! La lanzó nuevamente a pesar de que su conciencia le indicaba suciedad en aquél acto y: ¡Escudo otra vez! Se tocó las mejillas, "Que mala suerte". Meditó sobre la apuesta. Si hubiera ganado la cara contrapuesta habría ido a dormirse; en cambio, si miraba un rato más la televisión, a lo mejor le sucedía algo imprevisto que en el mejor de los casos cambiaría su vida llenándolo de dinero. ¡Dinero! ¡Perlas! ¡Diamantes! Sonrió. ¿Que tenía que ver un cuento con su vida? ¿Fue casualidad haberlo leído aquella misma tarde? "Una niña bondadosa se deshizo de lo poco que tenía. Realizó tal cosa para ayudar a tres mendigos que en realidad eran reyes; a la niña le regalaron algunas joyas en su sueño y cuando se despertó..." Dejó caer la moneda en la mesa. "¡Que tontería! ¡No existen los reyes que aparentan ser mendigos!" Convencido dejó de sonreír. Talvez le interesaban otras cosas; pero un cuento, uno sin sentido, convencional, escrito por una mujer ¿Que acaso se estaba volviendo un estúpido soñador? ¿Qué rumbo provechoso encaminaría su vida si tan solo se dedicara a darle sentido con opiniones y apuestas a juegos de azar? Se levantó y en los segundos siguientes sus movimientos fueron imprecisos. Se perdió; empero sus ojos avizoraban letras diminutas y en líneas rectas, unas detrás de otras, a montones. Por primera vez en toda su amarga y agradable existencia odió sus escritos, censuró las repeticiones que encontró en algunos textos no muy extensos, como el exceso de "que", "para", "sin embargo" "entonces", "pero", "bueno"; y la imagen del profesor, con esa cicatriz facial que le hacía parecer un delincuente: "Son muletillas, muchachos, muletillas". Lo odió por estar en sus recuerdos, "Pleonasmos, muchachos, ple-o-nas-mos; lo vi con mis propios ojos". Siguió leyendo, tratando de no prender la radio. Al cabo de un rato miró el reloj: ¡Las seis! Tenía que ir a la universidad. Listo para salir, cogió su cuaderno y lo guardó en el bolsillo trasero de su pantalón, abrió la puerta y se fue caminando. Dos cuadras más allá, recogió su motocicleta tras entregarle una propina al encargado de cuidarla. Iría primero a desayunar, y seguido, iría con su justificación, preparado para dar respuesta a esa evaluación a la que no pudo asistir por estar haciendo algo importante: trabajando. En realidad estuvo durmiendo. Fingió estar contento, miró al cielo, una patada al encendedor, dos, prendido, "Ya es hora", y aceleró, con la intención de llegar muy rápido, igual que siempre. Al profesor le diría que en toda la noche no durmió por haberse quedado leyendo su magnífico ensayo, "Que asco". Sería fácil de contestar porque primero le hablaría de su libro, que por cierto le parecía un libro tonto, su nombre lo decía: "En un mañana precoz ¿Hablaremos con nosotros mismos?" Largamente en la trayectoria el autor intentaba convencerse y convencer a los demás que la vida jamás fue un regalo. Su contrapartida para desacreditar a miles de individuos con pensamientos distintos, muchas veces se desviaba del tema central para sumirse en los antecedentes catastróficos que produjeron las innumerables guerras, en especial las bíblicas. Argumentaba, además, que el tiempo por más que se mantenga constante hacía que las cosas acaben por terminarse muy rápido, y en esta parte reflexionaba sobre la vida: "La vida nos la imaginamos cierta y este es el resultado: un ser que piensa y actúa no por instinto; ser, sin embargo, insignificante, diminuto, incapaz de levantarse al ser atravesado el corazón. Extremadamente débil, con probabilidad nula de modificar el tiempo. Por otro lado estamos los seres excepcionales, los que aunque los minutos avancen, mantenemos el futuro inconstante, cerca del presente, a disposición, un futuro en donde decidiremos que significa comunicarse. La mejor opción será hacerlo con nosotros mismos". Se sintió un poco culpable por haber perdido toda una noche revisando sus cosas, que bien lo hubiese podido hacer en otro momento. "Será fácil". Cansancio, sueño, sí, deseaba mucho cerrar los ojos "Un ratito... ¡Resiste!" Ya casi llegaba, ¡Que suerte! Una mujer le saludó; era linda, inteligente, un poco mayor y eso que, igual quería hacerle el amor. Deseaba esto con vehemencia, los dos, en un cuarto con grandes espejos y con luz tenue, mirando una película de terror o videos musicales de rock and roll, el besándole la frente, acariciando su suave cuerpo, sintiendo su calor, olor, respiración, latidos, y en fin, los dos nuevamente en el paraíso infernal, en el pecado, en el placer, inmenso placer, desbordante. Si esto requería excesivos privilegios, podría intentar besarla, en la boca, o cerca, muy cerca... El año pasado quiso conquistar a varias mujeres y siempre que estuvo a punto de hacerlo cometió la imprudencia de ser sincero, es decir: ¿A Quién le atribuía la importancia mayor en su vida? "Bueno, a mí". Se inspiraba a menudo en su "diosa" (Así la llamaba), le escribía versos. Alguna vez quiso leérselos y nunca se atrevió. Se consoló con la idea de que alguna vez lo leería y de alguna manera, quizá por pura coincidencia, se enteraría de su amor. En cada palabra podía ver su imagen, y pensó o recordó: "...De pronto suspiro/ mis labios se contraen/ se humedecen mis ojos.../ Abrázame le digo al viento/ consuélame para no perecer/ Y si es así como el martirio/ nos enseña a querer/ quiero vivir torturado/ o símil a un perro callejero/ pero con la dicha de escuchar/ aunque sea tus disgustos e insultos..." Esta vez encontró defectos, en el sentido de que las palabras dicen o no mucho de sí, y en algunos casos puede ser perjudicial el solo hecho de acordarse de ellas. Se detuvo, quiso decirle que la amaba... ¡Le hablaron! "¿Te ocurre algo? ¿Necesitas ayuda?" Respuestas que pudieron ser excusas para llegar a su visitarla, no obstante en ningún momento le precedió la idea de desembozar en el transcurso del tiempo sus temores, simplemente vio frustrados sus intentos por anticipado. Bajó la cabeza, juró que disminuyeron los días de su existencia. Miraba un escote colindante con un cuello finísimo color canela que tenia enfrente, un manjar, con posibilidades exuberantes de cuasar exaltación, jolgorio, mareos, anonadamiento. Beldad, descampado lugar, ahí reposaban de vez en cuando sus cabellos, negros y encrespados: ocurría mientras dormía o cuando el agua le caía por la espalda mojando su cuerpo. Sin maquillaje, le excitaba la idea de imaginársela así. Veía a la vez los extremos de una prenda interior blanca, tapizando dos levantamientos hermosos, capaces de estimular y volver idiota a cualquiera que sintiese atracción por la belleza. Los veía de verdad y resucitó por completo. Observó mucho, creo, o encontró una respuesta negativa a su presencia. Nada simple, debió suponer que el efecto causante no distaba mucho de ser un encuentro no casual provocado por el atrevimiento de detenerse algún día y llamar a la puerta y decirle algunas cosas que al final, por la coacción de otros agentes no las diría. No se creyó insano aunque si sonrió; lo hizo imaginándose ser un personaje irreal, creado, complejo y voluble. Se compadeció, si es que lo tenía, de su autor, ¿Cómo es que haría para evitar narrar tanta redundancia en su vida? Decidió ser su propio autor y cambiar algunos sucesos no muy claros de su vida, sin modificar desde luego hechos trascendentales que al final siempre apuntaban al objetivo real. Planeó entonces en milésimas de segundos que escribiría sobre su vida. Vio por enésima vez a su inalcanzable obsesión y decidió preguntarle si le pasaba algo malo. La respuesta podría ser opcional y así fue: "Estoy bien. Un poco desvelada". Continuó con su historia y argumentó las causas: "O se ha desvelado haciendo el amor muchas veces o es una insinuación para que yo le diga que lo hagamos juntos, o no tiene sencillamente, nada de especial su respuesta". Lo mejor que pudo hacer fue convencerse de lo inoportuno que significaba seguir detenido. Bajó otra vez la cabeza, no para mirar el escote de hace poco, sino para seguir su camino, directo, a menos que conociese su destino y estoicamente marchase hacia el ala contraria, final del recorrido que obviamente desconocía. Llegó. El profesor al termino de su clase desalojó a sus alumnos. No paraba de reír, reía cada vez más fuerte. "¡Los voy a jalar carajo! ¡Mi curso no pasaran!" Cuando aparentemente nadie se quedó en el aula, con remanentes de gracia miró a alguien en el último asiento: "¿Y tu? ¿Qué haces ahí? ¿Por qué no te fuiste?" El recién llegado, serio, silencioso, muy diferente a los días anteriores, le increpó: "Necesito que usted considere mi pedido a una nueva evaluación, no puede venir el día en que fue programado" Dejó de reír. "¡Usted esta loco!" Y él: "No, claro que no. Se que algún día en un futuro no muy lejano, me auto comunicaré. Con toda sinceridad, me gustaría llegar a ser un ser excepcional". El horizonte, sus ojos, "Mi discípulo", se dijo, y sin dejar de mirar: "Aspiras demasiado". "La sociedad me obliga, no puedo sumergirme en la demencia ¡Maestro!" Observó a su supuesto discípulo y se creyó el rey del mundo: serían muchos, formarían un movimiento armado y conquistarían el planeta. Le acarició la cabeza, "No temas ¿Leíste mi libro?" "Cada mañana al levantarme repaso algunos textos subrayados. Es magnífico". "Escogiste lo correcto, serás grande en conocimiento". "Gracias maestro ¿Y el examen?" "¿Acaso crees, discípulo mío, que sería capas de confundirte con el resto? No lo necesitas. Eso es para gente ordinaria, nosotros, somos diferentes". Se brindaron un saludo y ambos salieron juntos hasta la puerta. Ya de regreso y con mucha satisfacción, buscó un lugar apartado. No había desayunado, no quería que nadie se le acercase. ¿Amaneció nublado? Un viento golpeó su cara y le dejó medio ciego. El frontis de la alameda que se conectaba con la universidad no se vislumbraba ni distante ni nada lejos. Abrió los ojos para ver que se venía por encima: una ráfaga, cierzo, frío ¡Helado! Hasta que su cuerpo al fin reaccionó y sus visiones de escritor desaparecieron "¡Carajo, y mi historia!" Interminables imágenes equivalentes a muchas palabras iluminaron su autobiografía. Se interrogaba mil veces: ¿Quién morirá primero? Una vez pensó en el sueño que no supo porque casualidad surgió en esos momentos, ahí aparecía, mirando el precipicio, esquivándolo, huyendo, corriendo, estrellándose y salvándose de la muerte, ahí nuevamente, ora despierto. Otras tantas veces censuró a la suerte: ¡Tuvo que ser una insignificante apuesta la que conllevó a este suceso! Se acabó el tiempo, el frío metal aplastó a la feble motocicleta arrastrándola varios metros. Su sueño tomaba sentido y la apuesta que efectuó lanzando una moneda para decidirse si iba a dormir o si se quedaba viendo la televisión encajaba perfectamente en el desenlace de su historia. El no tenía la solución para morirse, talvez sí se quedó dormido, a veces ocurre, talvez eligió morir para dejar inconcluso su destino o historia ¿Entonces por qué se lamentó de no haber terminado su historia? Creo que no lo sabía aún, e inconsciente, frustrado de la privacidad, permaneció frío un periodo efímero. Al despertarse no sintió dolor, no vio a su motocicleta; o la vio convertida en un montón de chatarra aplastada al parecer por un vehículo muy grande. La sangre, la suya, lucía agrupada en un inmenso charco. Se quitó la camisa, los zapatos, el pantalón ¿y las heridas? Ninguna. La gente observaba. Al rato llegó la policía y le llevaron no se a donde y le preguntaron muchas cosas y le hicieron una comparación de sangre para verificar si le pertenecía: claro que si, toda. ¿Cómo ocurrió semejante disparate? Ni un nervio roto, ni un rasguño. ¿Que diablos ocurría? A no ser por los testigos que vieron el accidente no hubiese salido en libertad. Una historia muy larga y muy extraña. Regresó a su casa y fue directo a la ducha a bañarse y a cambiarse de ropa. ¿A donde iría? No tuvo idea. Comprendió que el accidente le había cambiado la vida. Ya recordaba: "¿Quién morirá primero?" Murió el autor de su vida, por eso no podía hacer nada, no tenía a quien consultárselo. ¿Ahora quien escribiría lo que tendría que hacer en adelante? Un nuevo reto, ahora encarnaba un cambiado personaje... ¿Cuál? ¿que le hacía diferente? Tenía el pelo largo, un aspecto antisocial, siempre andaba vestido de negro y en su motocicleta, con casacas de cuero, con botas, con unos lentes oscuros y con ganas de desfigurarle el rostro a cualquier imbecil que se le atravesase. ¡Rayos! En verdad si podía comunicarse, lo demostró uno de ellos, el personaje de su propia historia. Sufrió un accidente fatal, expiró, se desangró mucho, hasta que su corazón ya no latía. Y nunca regresó. ¿Cómo encontró la paz el ser imperfecto que parecía serlo y que traicionó a Dios? Ausencia de paz en su vida, no la hay hasta ahora, tampoco la hay en los personajes que se apoderan de su autor. Se sienten fuertes y dominantes, injustos y aprovechadores, no obstante el silencio los atormenta, los induce a cometer aberraciones, desastres, y al final, los condena inmortalizándolos: ese es su castigo. Ellos, igual que en este caso, a veces se aprovechan de las bondades que brinda un personaje. Caminan despreocupados, llenos de cosas sin sentido. Los riesgos forman parte de su vida... Él en algún lugar, aventurándose a los fatídicos bordes de la muerte, llegando silencioso en las madrugadas, murmurando parodias sobre el peligro. Un don nadie no debía controlar su vida "¡No lo hará!" La literatura... no una maravilla sino un desperdicio mal proporcionado. El amor, de esto hablaba muy poco, no hay amor ¡Placer! Vivir ¡Tortura! Que agradable tortura. Soñar ¡vivir! El sueño que recordó una sola vez en el accidente, ese supuesto encajaba en su existencia. No iba a permitir que nadie atrofie su vida, nadie ni nada, ni el destino, "Haber, que cambie el destino". En incontables oportunidades se arrojaba debajo de los vehículos, muchas veces resbalaba adrede de un puente, de otro, de un edificio, de cualquier lugar, y se robaba casas comercial, robaba y las balas no le atravesaban o se le escapaban del cuerpo. Se ahorcó muchas veces y siempre resucitó. Ayunaba muchos días y ni muestras de debilitamiento. El único momento de sensibilidad surgía con la apariencia y forma de su diosa en sus pensamientos, la cual, entendiendo la rareza de su comportamiento y atraída solo por la curiosidad, accedió al fin a sentirse libre de prejuicios. Que no se preocupara, que cambiaría, que se cortaría el pelo, que modificaría su forma de vestir. Ella al menos se imaginó que todo esto tenía algo de real o de verdad lo pensó. Finalmente le recostó en una cama imaginaria, le desvistió de a pocos, jugó con sus cabellos, con sus pechos. Le gustó, sintió su cuerpo tibio, sus latidos acelerados. Su diosa se quitó toda la ropa, tomó posesión del cuerpo e impuso lo que quiso hacer, propietaria, con muchas cosas que ofrecer, lentas, rápidas. La imaginó en una cama recostada tratando de entender si la lectura tenía relación con su vida. Se acariciaba excitada. Al final se incorporó, le dio un gran beso en la boca y se fue a su casa. Sintió tranquilidad. Antes de dormir se sentó en el borde de su cama, dura, tiró una moneda al aire, "Escudo" ¿Miraría la televisión acaso? No se repetiría. Cerró los ojos y al hacerlo, se formó un nudo en su garganta. Los párpados le pesaron. "Me estoy muriendo". ¿Quién le socorrería? Nadie oía nada, silencio, y la muerte muy cerca. "No puedo morirme así, el destino no puede hacerme esto". No podía ver lo que pasaba, ahora si que se frustraría su vida de ingeniero. No volvería sentir ese cuerpo caliente de mujer, la única. "No puedo morirme sin darle sentido a mi creador ¿Donde está? ¡Dios! ¿Me arrojó a las tinieblas y me condenó a vivir infeliz? Mi diosa, mi Eva ¿accedió al adulterio por placer, amor, curiosidad? La fruta del árbol del bien y del mal, la que consumó el preludio de mi agonía ¿Por qué la tuve que comer? ¡Me está matando!" Se hundía el fuego en el agua. No buscaba resistencia. Comparó la diferencia con su pasado, aquél en donde el riesgo y lo extremo no le hacían daño, donde la muerte permanecía distante, temerosa de aventurarse a cogerlo, insegura, y avanzaba en el tiempo y su situación ahora se imprimía pacífica ¡Cómo mierda iba a prever morirse así! ¿Que se suponía que debería hacer en su estado actual, agonizante, sintiéndose peor y con mucho sosiego cada vez que se dirigía a su alocada muerte? "¿Por qué estoy feliz? ¿Reírme yo?" Una sonrisa apareció en su faz, y luego carcajadas. "Fui su discípulo". Seguía riéndose, acercándose a pocos a un lugar calentísimo. ¡El agua!; mas bien gasolina... Murió. En esos momentos un profesor loco, creyéndose estar en el planeta criptón y tras haber asesinado a varios de sus colegas, huía después de haber incendiado la casa de su discípulo. Sus intenciones, cumplidas, fue prenderse él también una vez aniquilada con fuego la traición. ¡Lo había seguido!
Miuler Vásquez González (1982, Tarapoto)

La Sed Demonia (de la ciudad maldita)

La Sed Demonia (de la ciudad maldita)

‘Nos recibió el rey en el espacioso pórtico de su palacio
y nos condujo al interior de éste, en una de cuyas inmensas salas
vimos una multitud de personas que hacían libaciones en honor a Baco.
Comían con mucho gusto sabrosos manjares, servidos en vajilla de oro.
En cuanto a beber no dejaban de hacerlo ni un solo instante.
Tenían siempre la copa en la mano.’
- Virgilio, La Eneida


- Como podemos darnos cuenta – dijo el profe Toño Arrayán alejándose del retroproyector -, la tesis de grado de Bernardo San Roque plantea una hipótesis descabelladamente cuerda.

- ¿Cuál será la mentada hipótesis? – pareció preguntar el silencio que caía sin terminar de caer en el espacio entre los anteojos perspicaces de Alejo Waddington y el entrecejo cuajado de intriga de Manuel Carampangue (el primero se apoya de espaldas a la muralla de la sala próxima al pasillo; el segundo en la claridad que tragan las ventanas de la muralla opuesta en el 3er piso de la Universidad de Playa Ancha, desde donde se domina la entrada de la Quinta Roma y el camino que nos tienta hacia la playa). Por lo que el curso completo de Historia de la Cultura – o Histeria de la Locura, como le dicen los alumnos- cabe tanto física como mentalmente entre ambos mosqueteros, Alejo Waddington y Manuel Carampangue.

- Siempre ha existido una sola ciudad – sentenció el profe Toño Arrayán con el cansancio de estar plenamente convencido -. Nunca ha habido más que una única ciudad. La ciudad.

La voz del profe Arrayán sonó normal, no tuvo la grandilocuencia en frecuencia modulada que se espera en casos como estos; sonó como cuando uno pide que le vendan medio kilo de pan allá en la amasandería, o cuando salta el teléfono rinrineando y uno advierte: ‘si es para mí no estoy’.

Los alumnos miraron todos a la pared posterior y entonces la pantalla del retroproyector se encendió. Mejor dicho se encendió porque los muchachos posaron sus miradas por arriba de la pizarra, acción sin la cual nada se hubiera encendido. O en otras palabras, nada se ha encendido jamás porque la pretendida diferencia de lo que ocurre antes y después de apretar el botón on / off no existe. Apareció un extracto del texto que era la tesis de grado del poeta Bernardo San Roque, con el que supo defender su título de profesor de Historia:

‘‘Allá por los tiempos del Gondwana, cuando la tierra aún latía con el corazón del Primer Continente, allá por esos tiempos o incluso antes vio la luz el día en que el ancestro del ser humano emergió del océano y asentó su huella en la orilla de esta Isla perdida en el mar sideral del Universo.’’

‘‘Caminó y caminó con la paz de no tener un paradero que lo clavara a esta o aquella latitud, y a cada tranco que daba se alejaba de su origen anfibio, debiendo olvidar tal origen para ampararse del conocimiento que horadaba con sus pasos. ’’

‘‘Mas hubo algo que lejos de pasar al olvido se convirtió en el ímpetu inconsciente que lo guiaba, reminiscencia única de aquella otra vida sustentada en la voluptuosidad de las aguas. ’’

‘‘Así la Geografía, madre ora llana ora escarpada, sintió caminar a dichos ancestros mientras el clima y los elementos fueron moldeando aspecto y condición de aquellos peregrinos. ’’

‘‘Vio la luz el día en que el primigenio instinto cuadrúpedo se detuvo y fue trocándose en intuición bípeda, aún ruda e incipiente. ’’

‘‘Las antípodas del mar sideral de la Isla vieron llegar, por fin, al peregrino y el camino por él trazado: al frente de su prole, de los animales que criaba para inmolarlos a los dioses de su hambre, dirigiendo el traqueteo de su carreta, un hombre puso un pie al lado del otro y quedó inmóvil, con el báculo en una mano y con una copa en la otra, símbolo único del atavismo que ni los siglos ni la aridez de su viaje habían podido olvidar: su sed.’’

‘‘Ese hombre se detuvo porque había encontrado sin duda el paraje en donde podría saciar su sed y consolarse del para siempre destierro de los mares; se había encontrado con la vertiente subterránea que asciende en forma de vergel, portando la sangre de la tierra: había descubierto la glauca vid, la enredadera de las hojas de parra, los racimos de pezones de donde chupar el negro néctar: el vino.’’

‘‘Este sitio fue el elegido por el hombre para darle tierra a su prole y a sus animales, donde construiría los primeros muros de su ciudad, la única ciudad que ha existido. ’’

Los comentarios acudieron a las bocas de los discípulos de Histeria de la Locura, y éstos tuvieron que desviar sus miradas de la proyección hacia las miradas de sus compañeros que ya albergaban la incertidumbre sembrada por las ideas del poeta –y profesor- Bernardo San Roque. Así fue que la proyección quedó abandonada en la pared posterior, y como nadie la miró a partir de entonces, todos allí creyeron de hinojos que ésta se había apagado.

Pero nosotros sabemos que no es así y por qué.

- ¡Qué tesis más pletórica de poesía!- clamaron las cejas aún intrigadas de Manuel Carampangue.

Todos los alumnos comentaron algo a su vez, y como un buen ejemplo citaré las opiniones de Alejo Waddington y de Javier Calaguala. Mas seamos austeros y altruistas: guardémonos de derrochar palabras por un lado; fomentemos la creatividad del lector por el otro; solamente dejaré consignado que los anteojos de Alejo tenían su propia opinión respecto del contexto histórico atravesado por el misticismo; mientras que los cabellos cortos y erizados de Javier Calaguala se pronunciaron con vivo interés por la hipótesis del origen anfibio del ser humano. Que el lector pues proceda de buen grado y complete este siempre incompleto intento que es la escritura.

Entre tanto, empujado quizás por los comentarios de sus alumnos, el profe Toño Arrayán apoyó su mirada en las ventanas, mirada que se descolgó hacia la calle merced al silencio de nuestro catedrático. Sus ojos se percataron de un hecho por él nunca antes visto: en la entrada de la gloriosa Quinta Roma ponía sus pies –uno primero, otro después- el ahora abstemio y siempre mesiánico poeta autor de la tesis, Bernardo San Roque.

- ¿Qué se traerá entre versos este muchacho? – se preguntó nuestro profesor-.

Después pensó: o mejor dicho recordó: ‘‘...el ancestro del ser humano emergió del océano y asentó su huella en la orilla de esta Isla perdida...’’

Como buen maestro del poeta tesista en Histeria de la Locura, no pocas de las ideas de Bernardo fueron concebidas por el profe Arrayán.

Tan convencido y firme estaba en estas ideas que siempre estaba a un paso de olvidarlas. Por eso fue normal que las olvidara entonces también y, para disimularlo, recurrió a la promisoria y eminente dupla de su cátedra histérica:

- Pasemos ahora a la interpretación de lo dicho por San Roque. Según lo acordado, es el turno de Alejo y Manuel de exponer sus impresiones – dicho lo cual el profesor ensayó la postura karateca con que se prepara una patada mortífera: extendió sus brazos y sus manos cayeron en ambos extremos; se apoyó en una pierna, elevando la otra semiflexionada. Entonces Alejo puso sus papeles en los brazos del profesor como partituras, y en la pierna flectada dejó el cuaderno. Entre tanto, Manuel armó una caja de cartón y la llevó a los pies de la mesa del profesor. Alejo se disponía a disertar y Manuel visualizaría las ideas con una performance dadaísta.

Pero antes de eso Alejo trazó una línea cronológica en la pizarra de izquierda a derecha; en el principio puso Gondwana y al final escribió Esplendor de la Ciudad Única. Con asombro vieron los compañeros que debajo de dicho esplendor Alejo anotaba: Mundo Helénico.

Todo presto para la exposición crítica de nuestro binomio.

Comenzó Alejo Waddington:

- La sed es el motor de la voluntad humana; lo prueba el estadío anfibio de los antecesores no sólo del hombre sino de toda manifestación mamífera; lo avalan los fenómenos climáticos de entonces que propiciaron los hielos eternos que a su vez devinieron glaciaciones acordes a la magnitud de la sed. Gracias a Dios esto no fue sospechado por Schopenhauer, o si no habría muerto deshidratado, sin lugar a certezas.

Calló Alejo y cedió la acción a Manuel, que metido en la caja – que era de una marca de aceite vegetal – apareció en la pose barroca de un angelito marmóreo, echando un chorrito de agua por la boca. Luego volvió a esconderse entre el cartón.

Retomó Alejo Waddington la palabra:

- Si la sed hidrata la voluntad, el hambre es el mecanismo que asegura la supervivencia de nuestro cuerpo, ese cuerpo que tarde o temprano se pone en marcha impelido a saciar la sed del alma.

Aquí Manuel se puso de pie y, tirando con fuerza hacia arriba de los extremos de la caja, perforó el fondo de la misma con sus pies; quedó pues a bordo de un troncomóvil, o de un cajamóvil o cartónmovil a combustión de aceite vegetal, y se puso a andar en él rondando la mesa mientras alternaba tragos de agua –con los que justificaba su desplazamiento- hasta enterar 9 vueltas en torno a la mesa del profe.

Alejo entonces:

- Mientras camina y caminando traza su camino, el hombre siente el impulso vital de ocupar sus adminículos naturales. Es natural que haga su trayecto ensayando las voces de los idiomas con que logre comunicarse.

Aquí Manuel repitió las vueltas en su cajamóvil, pero no bebiendo sino articulando frases sueltas en varias lenguas muertas: primero en sánscrito; luego en arameo; luego, en el provenzal renacentista, para terminar en el griego de Hesíodo y compañía.

Atento continúa Waddington:

- Hablando es cómo se impone el hombre de la inferioridad en más de un semejante respecto de él; es así como nace la metáfora bíblica del origen óseo de la mujer a partir del hombre. Lo que Dios se guardó de revelar a los profetas es que de las costillas en realidad nacieron las primeras hachas, las primeras lanzas y demás armas con que los antepasados forjarán su dominio.

Manuel detiene su vehículo en mitad de la mesa, se pone de pie y debajo de su polera saca con fingido dolor un fémur de vaca, con el que procede a auto infligirse varios golpes circenses en la cabeza.

Manuel cae exánime dentro de la caja. Reanuda Alejo el discurso:

- Seguro ya de su poder, el hombre sigue caminando sin que la sed lo abandone ni un instante; mas bien es ésta la que lo mueve a realizar todo lo antedicho. Ha de encontrarse un día con el vergel que brota de los cauces subterráneos y se precipitará a morder los cárdenos pezones en racimos de uva, de donde probará el néctar negro que, junto con calmar su sed, la agrandará, teniendo que beber siempre más para colmar su ímpetu. Ahí hará poner la primera piedra a sus esclavos sin costillas, desde la primera hasta la última piedra: así levantará los muros de su ciudad.
Manuel emerge de la caja con la apostura griega del Coloso de Rhodas, portando en una mano el preclaro símbolo del Imperio: una caja de vino tinto, la cual abre y prueba a grandes sorbos.

Y ya pronto a concluir, agrega Alejo:

- Si bien la historiografía comienza a escribirse entre los márgenes del Tigris y el Eufrates, no es sino después, en el piélago de Grecia, donde se consolidará la naciente ciudad ocupada de saciar la sed que la gobierna, congregando a los gentiles en los patios interiores. Tanto para defender la ciudad como para propiciar la sed, los helenos vieronse en la necesidad de conjugar la guerra en los campos que mediaban entre sus murallas y las enemigas. Por lo que la vida de los hombres se consagró a la educación para la guerra. El prototipo de la ciudad única que luego se ha repetido se sitúa en dicha región y no es otra que Esparta. Esparta dominó, entre otras, a la vecina región de Argos, y en su esplendor sujetó a su yugo a la culta Atenas. Nótese que dicho dominio la convirtió en un vasto reino que los libros consignan – y nosotros aquí, para mayor coherencia poética así hemos de referirnos a ella – con el nombre de La Sed Demonia.

Junto con terminar Alejo su intervención, se volvió hacia Manuel de Rhodas, quien empuñando el envase de vino con un brazo extendido comenzó a oscilar entre los bordes internos de la caja, efectuando la clásica pantomima del ascensor, semejando el lento estrépito con que el terremoto se llevaba al monumento, para terminar hundiéndose en el mar, el mismo mar en donde todo había tenido origen.

Y eso fue todo.

El curso de Histeria de la Locura prorrumpió en vítores y se puso de pie aplaudiendo con desaforado fervor a sus dos compañeros. Tanto a Carampangue como a Waddington los sacaron en andas de la sala para llevarlos a celebrar su hazaña a la Quinta Roma, donde mueren los valientes.

Mientras todo eso pasaba, el profe Toño Arrayán volvía poco a poco de los abismos de su olvido, en cuyo borde había estado equilibrando su humanidad para acrisolar el tiempo perdido al que debía su sabiduría. Con sus brazos extendidos evocó los linderos del horizonte donde caben todos los elementos, los que se polarizaron en la punta de los dedos de sus manos que apuntaban hacia la tierra; su pierna hundida en el suelo lo había conectado con las corrientes fluviales que nunca alcanzan la claridad de la superficie, pero que gestan el palpitar de la vida que escapa a nuestros ojos. Y su pierna en alto enarbolaba ese equilibrio que se extendió por ambos mundos, para poder regresar desde lo volátil del olvido hacia el peso del conocimiento a que nos encadena la gravedad de la existencia terrena.

El profe Arrayán supo que el trance se había consumado. Abrió los ojos. Entonces efectuó la patada mortífera por los aires, liberando un grito que recorrió todos los pasillos de la Universidad. Tras lo cual se pasó una mano por el pelo, tomó sus libros de historia y abandonó la sala de clases.

Como corresponde a un templo erigido en honor a Baco, el curso de Histeria de la Locura hizo libaciones con cerveza para celebrar a Rómulo Waddington y a Remo Carampangue en su triunfal entrada a la nunca como se debe respetada Quinta Roma.

Era la algarabía en torno a estos dos césares que lucían sus cabezas ornadas de fragantes coronas del eucalipto circundante por allí.

Cuando, en medio de los brindis, fue Manuel quien vino a percatarse que el verdadero acreedor de todo honor y artífice de toda gloria, el poeta Bernardo San Roque, ocupaba una mesa sobre la que afanosamente escribía en un cuaderno, sin más estimulante que un cigarrillo, al que daba pitadas trémulas y ausentes. Así se lo hizo saber a Alejo Primero; entonces ambos se excusaron ante la plebe y se dirigieron a la mesa magra y sin alegría del poeta Bernardo San Roque.

Sin decir ni Vía Apia se sentaron a la mesa del poeta, quien aparte de mover las cejas con un breve gesto de nerviosismo, en ningún momento cesó de escribir para saludar a sus dos futuros colegas.

Bernardo respiró el aire viciado de aquel coliseo, tratando de calmarse.

- ¿Qué pensamientos te ocupan ahora, poeta? – le preguntó Alejo Waddington-.

- La escritura de un ensayo que me perturba y cuyo nombre es: ‘El Renacimiento Post Apocalíptico’ – contestó Bernardo, sin apartar la vista del cuaderno -.

- Sabe que acabamos de exponer sobre tu trabajo de tesis, Bernardo – le dijeron las cejas de Manuel -.

- Al curso le ha sorprendido tu hipótesis acerca de La Sed Demonia – agregaron los anteojos de Alejo -.

- No pronuncies jamás ese nombre aquí en este antro – se apresuró a responder Bernardo, mirando a Alejo con severidad -. Ni aquí ni en ninguno.

- Pero ¿por qué? – inquirió Waddington -.

- Ya les explicaré – dijeron las mejillas sin rubor de San Roque -. Por ahora quiero enseñarles esto.

Y Bernardo sacó debajo de su cuaderno un gran pliego de papel, amarillo de tantos años que habían pasado por él. Lo abrió:

Era un mapa antiquísimo que ilustraba el Continente Primero, y que en sus cuatro vértices contenía dibujos de caracteres humanos representando batallas y sacrificios, ritos caníbales y fornicaciones colectivas. Esta joya de la cartografía habría enloquecido de ambición a los más exquisitos coleccionistas.

A medida que el poeta Bernardo San Roque les enseñaba dichas ilustraciones, nuestros héroes no pudieron más que inclinarse de estupor sobre el mapa y abrir sus bocotas, presos ambos de la más abismante revelación:

- ‘Tenían siempre la copa en la mano’ – recordó Bernardo esa frase que armonizaba perfecta con las imágenes de esos hombres que sostenían cada uno un recipiente labrado en la arcilla milenaria -.

Simbologías dispersas por aquel mapamundi hacían referencias a los caminos y destinos que en esa época se harían o ya se habrían hecho: racimos de uva donde todavía nada era edificado; seres inclasificables que en cuatro patas emergían de las aguas y que merced a su propia evolución se internaban en tierra firme, ahora sostenidos por dos piernas desde las cuales mataban, fornicaban, vencían.

- ¡Este es el Gondwana! – profirió Manuel con sus cejas a un tris de colapsar.

Bernardo no le contestó.

En cambio, les dijo (y todo esto acompañado de los respectivos gestos con que iba orientando su relato en los puntos del mapa):

- Estas costas del suroeste corresponderían a lo que hoy es esta larga y angosta faja de tierra que, mal que mal, nos sostiene. Ahí vemos que hay un par de racimos de uva, a diferencia de otros lugares en que hay sólo uno o bien ninguno. Y esto es clave para explicar por qué el hombre se convirtió en sedentario, y por qué construyó la ciudad única sobre los vergeles. Además echa luces sobre el origen de los dioses: los dioses no han engendrado al hombre sino todo lo contrario; los dioses son la excusa para que el hombre de antiguo venga diciendo que las guerras y conquistas son designio divino. ¡Dónde la viste! Ya Platón supo la verdad de toda la imaginería mitológica creada para justificar ¡el dominio de las viñas rebosantes de vino! Esto el divino Platón lo habría plasmado en la poesía que escribió antes de conocer la filosofía socrática, por la que abandonaría la poiesis y quemaría sus poesías, negándonos la verdad para siempre. Pero con documentos como esta cartografía podemos colegir que a lo mejor lo que Platón entrevió fue el inequívoco futuro de los valles y viñedos que serían circundados por las murallas imperiales. ¿Por qué no suponer que esto lo pudo llevar a predecir que hoy, en el fértil Valle Central, se levantaría el Reino de Chile? ¡Imagínense tamaña alegoría velando la verdad detrás de los dioses! :

Júpiter zapateando una cueca sobre las nubes del Olimpo criollo, desatando las lluvias para perpetuar la abundante cosecha.

Afrodita prodigando el amor carnal entre miles de chilensis cuadrúpedus ávidos de vino, después de la refriega de los sexos.

Apolo desdoblándose en rayos solares a lo largo de Melipilla, de Casablanca y Pirque, calentando las tierras con la vida distante a años luz.

Y Minerva levantando Teatros Municipales de la nada donde se exhiban ‘La Pérgola de las Flores’ y ‘La Negra Ester’ en horarios continuados, que develen la empalagosa idiosincrasia que los chilenos y chilenas debemos al milagro de los mostos.

¡Ah, pero todo esto no es más que un puñado de conjeturas, compañeros! – dijo Bernardo-. Algo que bien pudo haber sido escrito, y que ahora sólo nos es dado suponer.

- De todos modos – dijo Manuel – es formidable poder tener si quiera una idea de lo que la Tierra era en un comienzo, y en cuanto a Chile, los arcanos de su origen...

- Pero sobre todo el origen de La Sed Demonia – acotó Alejo-.

- ¡Te dije que callaras ese nombre, Waddington! – saltó el poeta -. ¿No ves que pronunciarlo en los recintos de Baco es como ofender al tirano en su propia corte? ¡Estás arriesgando la cabeza, hombre!

- No exageres, Bernardo – le dijo Manuel Carampangue -. Si nadie más ha escuchado nada.

- Dinos mejor por qué tanta aprehensión por mentar ese nombre aquí – le dijo Alejo Waddington -. Además es sospechoso que hace tiempo no te vea tomarte un trago.

Y como si el poeta Bernardo San Roque hubiese estado esperando esa pregunta, miró en silencio a sus dos compañeros y respiró profundo; entonces cayó de brazos cruzados sobre la mesa y empezó a hablar despacio (como cuidando que las multitudes que ocupaban la barra y demás mesas no lo fueran a escuchar mientras alzaban sus copas):

- Temo que todo lo que he pensado sobre... La Sed Demonia... (bajó la voz para no escucharse ni él mismo), temo que sea en vano. Algo me dice en silencio que su existencia es real cuando sueño despierto con esos hombres que se muestran los dientes riendo y chocan sus copas en el aire, o cuando me alejo por las veredas frías, y las murallas más altas que mi esperanza se me vienen encima preguntándome ‘¿dónde crees que estás?’ ‘¿por dónde caminas, Bernardo San Roque?’. Entonces apuro el tranco y pronto me veo corriendo por las calles, y mi sed me alcanza apenas para beberme la vertiente tibia que emana de mis ojos; voy corriendo para olvidarme que un día... un día perdido en el pasado atendí yo también con fervor a ese fuego que me subía por la garganta y me zambullía en las botellas como un desaforado... No era así la cosa, no se trataba sólo de llenarse la boca con la oquedad líquida de los pezones de racimos colgando de las parras; eso me dije y me lo repetí un día en que todo fue demasiado y comencé a vomitar agua, espasmos de hilitos líquidos que nada, nada tenían que hacer conmigo. Eso sentí. Sentí que yo no era de estas calles y que las puertas de los bares fruncían sus batientes ante mi presencia, y que nada sacaría de allí dentro a los que allí dentro habitaban. Porque, a lo mejor o por desgracia, no pueden vivir sin ello. Tuve la impresión de que esos hombres no podrían vivir fuera de las murallas de la ciudad única, y entonces ¿qué?, me pregunté, ¿qué es en verdad La Sed Demonia?

Bernardo San Roque se incorporó en su silla mirando a sus dos amigos, con la última interrogante flotando inquieta en sus ojos.
Ni Manuel ni Alejo supieron qué decir.

De pronto algo llamó la atención del poeta Bernardo San Roque, que miraba hacia la puerta de la Quinta Roma, buscando algo de calma. Era el profe Toño Arrayán que le hacía señas diciéndole algo.

- El profe, compañeros – dijo Bernardo poniéndose de pie -. Seguro querrá que lo acompañe por ahí a respirar aire puro.

Así se despidió Bernardo San Roque, y se alejó en dirección a la puerta con sus libros bajo el brazo.

- ¿De regreso por los muros de la ciudad? – le preguntó sonriendo el profe Arrayán -.

- No- le dijo Bernardo -, sólo merodeaba para apuntar algunas ideas importantes.


ALBERTO QUILAPAN(CHILE)