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A propósito de infiernos y días sagrados - Arthur Rimbaud: el ángel rebelde

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A veces místico, a veces réprobo. Innovador por donde se le mire. Rimbaud ha sido considerado un poeta genial no sólo en su época, ya que se ha mantenido vigente hasta ahora, por romper con todas las formas y valores imperantes, intocables en ese tiempo y, sin embargo, profanados con el objetivo de mostrar con franqueza el mundo interior del ser humano: sus miedos, sus tristezas, sus más recónditos deseos. Un ser humano, en sí.

En esta sección, les presentamos una selección de poemas de uno de sus libros más representativos: "Una Temporada en el Infierno", una visión experimental de la poesía que levantó vuelo en las últimas décadas del siglo XIX.

El Infierno acaba de ser abierto, ingrese sin temor a él...

Una Temporada en el Infierno

«Antes, si mal no recuerdo, mi vida era un festín donde se

abrían todos los corazones, donde todos los vinos corrían.

Una noche, me senté a la Belleza en las rodillas. - Y la

hallé amarga. - Y la insulté.

Me armé contra la justicia.

Me escapé. ¡Oh bujas, oh miseria, oh odio! ¡A vosotros se

confió mi tesoro!

Logré que se desvaneciera en mi espíritu toda la esperanza

humana. Contra toda alegría, para estrangularla, di el salto sin

ruido del animal feroz.

Llamé a los verdugos para, mientras perecía, morder las

culatas de sus fusiles. Llamé a las plagas para ahogarme en la

arena, la sangre. La desgracia fue mi dios. Me tendí en el lodo.

Me sequé al aire del crimen. Y le hice muy malas pasadas a la

locura.

Y la primavera me trajo la horrorosa risa del idiota.

Habiendo estado hace muy poco a punto de soltar el último

¡cuac!, se me ocurrió buscar la clave del festín antiguo, donde

había tal vez de recobrar el apetito.

La caridad es la clave. - ¡Esta inspiración demuestra que

soñé!

«Seguirás siendo hiena, etc.», exclama el demonio que me

coronó de tan amables adormideras. «Gana la muerte con todos

tus apetitos, y tu egoísmo y todos los pecados capitales.»

¡Ah! Ya aguanté demasiado - Pero, querido Satán, te lo

suplico, ¡menos irritación en la pupila! Y mientras llegan las

pequeñas cobardías rezagadas, tú que aprecias en el escritor la

carencia de facultades descriptivas o instructivas, te arranco

unos cuantos asquerosos pliegos de mi cuaderno de condenado.

¡Si tuviese yo antecedentes en un punto cualquiera de la historia

de Francia!

Pero no, nada.

Me es evidentísimo que siempre he sido de raza inferior.

No logro comprender la rebeldía. Mi raza nunca se levantó

más que para el pillaje: así los lobos con el animal que no mataron

ellos.

Recuerdo la historia de la Francia hija primogénita de la

Iglesia. Habría hecho, villano, el viaje a tierra santa; tengo en

la cabeza caminos por las llanuras suabas, vistas de Bizancio,

murallas de Solima; el culto de María, el enternecimiento por

el crucificado, se despiertan en mí entre mil hechicerías profa30

nas. - Estoy sentado, leproso, en los cacharros rotos y las ortigas,

al pie de un muro roído por el sol.- Más tarde, reitre,

habría vivaqueado bajo las noches de Alemania.

¡Ah! Algo más: bailo el aquelarre en un rojo calvero, con

viejas y con niños.

No recuerdo más lejos que esta tierra y el cristianismo.

Nunca me terminaría de ver en ese pasado. Pero siempre solo,

sin familia; incluso ¿qué lengua hablaba? No me veo jamás en

los consejos de Cristo; ni en los consejos de los señores, -

representantes de Cristo.

¡Oh la ciencia! Lo hemos recuperado todo. Para el cuerpo y

para el alma, - el viático, - tenemos la medicina y la filosofía,

- los remedios caseros y las canciones populares arregladas.

¡Y las diversiones de los príncipes, y los juegos que éstos

prohibían! ¡Geografía, Cosmografía, Mecánica, Química!...

¡La Ciencia, la nueva nobleza! El progreso. ¡El mundo

avanza! ¿Por qué no va a dar vueltas?

Es la visión de los números. Vamos hacia el Espíritu. Es

segurísimo, es oráculo, esto que os digo. Comprendo y, como

no sé explicarme sin palabras paganas, querría callarme.

¡Vuelve la sangre pagana! El Espíritu está cerca: ¿por qué no

me ayuda Cristo, dando a mi alma nobleza y libertad? ¡Ay! ¡El

Evangelio pasó! ¡El Evangelio!

Estoy esperando a Dios con glotonería. Soy de raza inferior

desde la eternidad.

Heme en la playa armoricana. Que las ciudades se enciendan

al atardecer. Mi jornada está hecha; dejo Europa. El aire

del mar me quemará los pulmones, los climas perdidos me

curtirán. Nadar, desmenuzar la hierba, cazar, sobre todo fumar;

beber licores fuertes como metal hirviendo, - como hacían

los queridos antepasados alrededor de las fogatas.

Volveré, con miembros de hierro, con la piel oscura, los

ojos enfurecidos: por mi máscara, me juzgarán de una raza

fuerte. Tendré oro: seré ocioso y brutal. Las mujeres cuidan de

estos feroces enfermos cuando regresan de los países cálidos.

Me veré mezclado en asuntos políticos. Salvado.

Ahora estoy maldito, tengo horror a la patria. Lo mejor es

un sueño muy borracho, en la playa.

Ya desde muy niño admiraba al forzado irreductible tras el

cual se cierran siempre las puertas de la prisión; visitaba los

albergues y los alojamientos que el podía haber consagrado

con su estancia; veía con su idea el cielo azul y el trabajo florido

del campo, olfateaba su fatalidad en las ciudades. Tenía

más fuerza que un santo, más sentido común que un viajero -

y él ¡él solo! era testigo de su gloria y de su razón.

Por los caminos, en noches de invierno, sin cobijo, sin ropa,

sin pan, una voz me atenazaba el corazón helado: «Debilidad o

fuerza; hete aquí: es la fuerza. No sabes ni adónde ni por qué

vas; entra en todas partes, contesta a todo. No te matarán más

que si fueras cadáver». Por la mañana, tenía la mirada tan perdida

y la compostura tan muerta, que quienes me encontré

quizá no me vieran.

En las ciudades el fango se me aparecía súbitamente rojo y

negro, como un espejo cuando la lámpara deambula por la

habitación contigua, ¡como un tesoro en el bosque! Buena

suerte, gritaba yo, y veía un mar de llamas y de humo en el

cielo; y, a izquierda, a derecha, todas las riquezas, llameando

como millo nes de truenos.

Pero la orgía y la camaradería de las mujeres me estaban

prohibidas. Ni siquiera un compañero. Me veía ante una multitud

exasperada, delante del pelotón de ejecución, llorando la

desgracia de que no hubieran podido comprender, y perdonando.

- ¡Igual que Juana de Arco! - «Sacerdotes, profesores,

maestros, os equivocáis al entregarme a la justicia. Yo

nunca formé parte de este pueblo, yo nunca fui cristiano; soy

de la raza que cantaba en el suplicio; no comprendo las leyes;

no tengo sentido moral, soy un bruto, os equivocáis...»

Sí, tengo los ojos cerrados a vuestra luz. Soy una alimaña,

un negro. Pero puedo salvarme. Vosotros sois falsos negros,

vosotros maniáticos, feroces, avaros. Mercader, tú eres negro;

general, tú eres negro; emperador, vieja comezón, tú eres negro:

has bebido un licor libre de impuestos, de la fábrica de

Satán. - Este pueblo está inspirado por la fiebre y el cáncer.

Los tullidos y los viejos son tan respetables, que solicitan ser

hervidos. - Lo más astuto es abandonar este continente donde

la locura anda al acecho, para proveer de rehenes a estos miserables.

Entre en el verdadero reino de los hijos de Cam.

¿Sigo conociendo la naturaleza? ¿Me conozco? - No más

palabras. Amortajo a los muertos en mi vientre. Gritos, tambor,

danza, danza, danza, ¡danza! Ni siquiera veo la hora en

que, al desembarcar los blancos, caeré en la nada.

Hambre, sed, gritos, danza, danza, danza, ¡danza!

¡Basta! Llega el castigo. - ¡Adelante!

¡Ah! ¡Los pulmones arden, las sienes braman! ¡La noche

me da vueltas en los ojos, con ese sol! El corazón... Los

miembros...

¿A dónde vamos? ¿Al combate? ¡Soy débil! Los demás

avanzan. Los aperos, las armas... ¡el tiempo!...

¡Fuego! ¡Fuego contra mí! ¡Aquí! O me rindo. - ¡Cobardes!

- ¡Me mato! ¡Me arrojo a los cascos de los caballos!

¡Ah!...

- Ya me acostumbraré.

¡Sería la vida francesa, el sendero del honor!

Noche del Infierno

Me ha tragado una buena buchada de veneno. - ¡Bendito sea

tres veces el consejo que me llegó! - Las entrañas me arden.

La violencia del veneno me retuerce los nervios, me hace deforme,

me arroja al suelo. Me muero de sed, me ahogo, no

puedo gritar. ¡Es el infierno, la pena eterna! ¡Ved cómo se reavivan

las llamas! ¡Ardo como es debido! ¡Venga, demonio!

Había entrevisto la conversión al bien y a la felicidad, la

salvación. Podía describir la visión, ¡pero el aire del infierno

no soporta los himnos! Eran millones de criaturas encantadoras,

un suave concierto espiritual, la fuerza y la paz, las nobles

acciones, ¿qué sé yo?

¡Las nobles ambiciones!

¡Y sigue siendo vida! - ¡Si la condenación es eterna! Todo

hombre que desee mutilarse está ya condenado, ¿verdad? Me

creo en el infierno, luego estoy en el infierno. Es el cumplimiento

del catecismo. Soy esclavo de mi bautizo. Padres,

habéis hec

... (... continúa)
21/04/2007 01:26 Autor: Pablo Leon Paula. ;?> No hay comentarios. Comentar.

MATERIA VERDE


ELIO JOSE
Como quien vuelve de un perdido prado yo volví de tu abrazo.
Como quien vuelve de un país de espadas yo volví de tus lágrimas.
J.L.Borges


“Para encontrarme escribo. Para encontrarte” decía el papel depositado temblorosamente entre las flores. Pero tú sigues viva, Jazmine, en estas líneas. Tu presencia en la casa es tan sólo una parte inexplicable de esta historia que te nombra, mientras te veo rondar de un cuarto a otro como si nada hubiera ocurrido en lo más mínimo, tarareando una canción que en vida no escuchaste, comentándome sucesos de una actualidad que se supone no llegaste a conocer, mientras intento leer algo de poesía sin lograr concentrarme.

No comento con nadie que aún te veo hablándole a las plantas que, en aquel balcón cargado de recuerdos tuyos, sobreviven sin que yo me acuerde de regarlas. Que aún te siento venir huracanada a estremecer mi cuerpo como un súcubo en la noche, como cuando seguías contándome el final de aquellos libros mientras te acurrucabas soñolienta entre mis brazos luego de disipar el fuego en nuestras pieles plácidamente agotadas de luchar en una cama crujiente y rodeada de papeles.

No sentía a tu lado ni la pesadez ni la incomodidad pasajera de otros cuerpos anteriores al tuyo, aún si conservo el buen recuerdo de esas musas y esos tiempos, a decir verdad, a tu lado Jazmine, yo ni siquiera los extrañaba. Recuerdo un verso que dice que el amor no tiene pasado y debe ser así. No, no era un verso, era una línea de canción, pero da igual, puesto que habla de amor y en un sentido artístico y profundo, un fin así merece una debida justificación del medio. Algo de sol penetra entre los edificios e ilumina tu rostro y te confiere sombra, extraña sombra. Fantasma fresco que camina y mira, que sonríe indagando la tarde en mis pupilas.

Miras el horizonte con tus ojos que no sé si ven y el vapor de tu aliento me confunde cuando pienso en si alguien como tú respira. A veces ves el vacío como pensando o recordando algo. Dudoso fruto de mi subconsciente. Oh, Jazmine. Desde que he destinado al fuego mis escritos has desaparecido. Todo aquello que lleva el sello de tu nombre ardió, junto con tu recuerdo. No pensé en el martirio que me avasallaría al prometerte en víspera de tu partida que por ti nunca dejaría de escribir. Tal vez era eso lo que te aferraba al mundo. Después de todo, escribir era una forma de huir de lo imperfecto a lo que habíamos estado condenados. Era huir del silencio y de la muerte, era crear un mundo nuevo en el que tú y yo, Jazmine, viviríamos por siempre.

No volverás a aparecer en mis canciones, ni en mis pueriles poemas ni en mis triviales cuentos. No me despertarás ya más a media noche, ni volveré a temblar si acaso llegas a trasfigurar tu goce galopante en mí. Porque he vertido al fuego todo lo que encierra tu recuerdo y las llamas han ido devorando el cuarto décimo tercero en el que habito Cum domi sum tibi escribo. En medio de esta hoguera que he encendido está mi cuerpo, que espera consumirse entero, lento y sosegado. Porque él también te encierra en cada célula sitiada y calcinada. En estas manos escribas ahora chamuscándose, en mi sexo ampollándose que en vano te evocaba en otras camas, en este corazón carbonizándose contigo y este cerebro hirviente que entonces barajaba las palabras, pústulas inexactas con las que te llamaba.

Pues mientras haya un vestigio de tu paso aquí en mi ser, aún en cenizas mi alma me desobedecerá. como lo viene haciendo, en contra de mi voluntad, que a esta hora de la tarde es una ardiente ráfaga silbante de tu nombre, Jazmine. Jazmine… Oh, Jazmine…

21/04/2007 01:34 Autor: Pablo Leon Paula. ;?> No hay comentarios. Comentar.



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