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Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2007. A propósito de infiernos y días sagrados - Arthur Rimbaud: el ángel rebelde![]() En esta sección, les presentamos una selección de poemas de uno de sus libros más representativos: "Una Temporada en el Infierno", una visión experimental de la poesía que levantó vuelo en las últimas décadas del siglo XIX. El Infierno acaba de ser abierto, ingrese sin temor a él...
Una Temporada en el Infierno
«Antes, si mal no recuerdo, mi vida era un festín donde se abrían todos los corazones, donde todos los vinos corrían. Una noche, me senté a la Belleza en las rodillas. - Y la hallé amarga. - Y la insulté. Me armé contra la justicia. Me escapé. ¡Oh bujas, oh miseria, oh odio! ¡A vosotros se confió mi tesoro! Logré que se desvaneciera en mi espíritu toda la esperanza humana. Contra toda alegría, para estrangularla, di el salto sin ruido del animal feroz. Llamé a los verdugos para, mientras perecía, morder las culatas de sus fusiles. Llamé a las plagas para ahogarme en la arena, la sangre. La desgracia fue mi dios. Me tendí en el lodo. Me sequé al aire del crimen. Y le hice muy malas pasadas a la locura. Y la primavera me trajo la horrorosa risa del idiota. Habiendo estado hace muy poco a punto de soltar el último ¡cuac!, se me ocurrió buscar la clave del festín antiguo, donde había tal vez de recobrar el apetito. La caridad es la clave. - ¡Esta inspiración demuestra que soñé! «Seguirás siendo hiena, etc.», exclama el demonio que me coronó de tan amables adormideras. «Gana la muerte con todos tus apetitos, y tu egoísmo y todos los pecados capitales.» ¡Ah! Ya aguanté demasiado - Pero, querido Satán, te lo suplico, ¡menos irritación en la pupila! Y mientras llegan las pequeñas cobardías rezagadas, tú que aprecias en el escritor la carencia de facultades descriptivas o instructivas, te arranco unos cuantos asquerosos pliegos de mi cuaderno de condenado.
¡Si tuviese yo antecedentes en un punto cualquiera de la historia de Francia! Pero no, nada. Me es evidentísimo que siempre he sido de raza inferior. No logro comprender la rebeldía. Mi raza nunca se levantó más que para el pillaje: así los lobos con el animal que no mataron ellos. Recuerdo la historia de la Francia hija primogénita de la Iglesia. Habría hecho, villano, el viaje a tierra santa; tengo en la cabeza caminos por las llanuras suabas, vistas de Bizancio, murallas de Solima; el culto de María, el enternecimiento por el crucificado, se despiertan en mí entre mil hechicerías profa30 nas. - Estoy sentado, leproso, en los cacharros rotos y las ortigas, al pie de un muro roído por el sol.- Más tarde, reitre, habría vivaqueado bajo las noches de Alemania. ¡Ah! Algo más: bailo el aquelarre en un rojo calvero, con viejas y con niños. No recuerdo más lejos que esta tierra y el cristianismo. Nunca me terminaría de ver en ese pasado. Pero siempre solo, sin familia; incluso ¿qué lengua hablaba? No me veo jamás en los consejos de Cristo; ni en los consejos de los señores, - representantes de Cristo. ¡Oh la ciencia! Lo hemos recuperado todo. Para el cuerpo y para el alma, - el viático, - tenemos la medicina y la filosofía, - los remedios caseros y las canciones populares arregladas. ¡Y las diversiones de los príncipes, y los juegos que éstos prohibían! ¡Geografía, Cosmografía, Mecánica, Química!... ¡La Ciencia, la nueva nobleza! El progreso. ¡El mundo avanza! ¿Por qué no va a dar vueltas? Es la visión de los números. Vamos hacia el Espíritu. Es segurísimo, es oráculo, esto que os digo. Comprendo y, como no sé explicarme sin palabras paganas, querría callarme.
¡Vuelve la sangre pagana! El Espíritu está cerca: ¿por qué no me ayuda Cristo, dando a mi alma nobleza y libertad? ¡Ay! ¡El Evangelio pasó! ¡El Evangelio! Estoy esperando a Dios con glotonería. Soy de raza inferior desde la eternidad. Heme en la playa armoricana. Que las ciudades se enciendan al atardecer. Mi jornada está hecha; dejo Europa. El aire del mar me quemará los pulmones, los climas perdidos me curtirán. Nadar, desmenuzar la hierba, cazar, sobre todo fumar; beber licores fuertes como metal hirviendo, - como hacían los queridos antepasados alrededor de las fogatas. Volveré, con miembros de hierro, con la piel oscura, los ojos enfurecidos: por mi máscara, me juzgarán de una raza fuerte. Tendré oro: seré ocioso y brutal. Las mujeres cuidan de estos feroces enfermos cuando regresan de los países cálidos. Me veré mezclado en asuntos políticos. Salvado. Ahora estoy maldito, tengo horror a la patria. Lo mejor es un sueño muy borracho, en la playa.
Ya desde muy niño admiraba al forzado irreductible tras el cual se cierran siempre las puertas de la prisión; visitaba los albergues y los alojamientos que el podía haber consagrado con su estancia; veía con su idea el cielo azul y el trabajo florido del campo, olfateaba su fatalidad en las ciudades. Tenía más fuerza que un santo, más sentido común que un viajero - y él ¡él solo! era testigo de su gloria y de su razón. Por los caminos, en noches de invierno, sin cobijo, sin ropa, sin pan, una voz me atenazaba el corazón helado: «Debilidad o fuerza; hete aquí: es la fuerza. No sabes ni adónde ni por qué vas; entra en todas partes, contesta a todo. No te matarán más que si fueras cadáver». Por la mañana, tenía la mirada tan perdida y la compostura tan muerta, que quienes me encontré quizá no me vieran. En las ciudades el fango se me aparecía súbitamente rojo y negro, como un espejo cuando la lámpara deambula por la habitación contigua, ¡como un tesoro en el bosque! Buena suerte, gritaba yo, y veía un mar de llamas y de humo en el cielo; y, a izquierda, a derecha, todas las riquezas, llameando como millo nes de truenos. Pero la orgía y la camaradería de las mujeres me estaban prohibidas. Ni siquiera un compañero. Me veía ante una multitud exasperada, delante del pelotón de ejecución, llorando la desgracia de que no hubieran podido comprender, y perdonando. - ¡Igual que Juana de Arco! - «Sacerdotes, profesores, maestros, os equivocáis al entregarme a la justicia. Yo nunca formé parte de este pueblo, yo nunca fui cristiano; soy de la raza que cantaba en el suplicio; no comprendo las leyes; no tengo sentido moral, soy un bruto, os equivocáis...» Sí, tengo los ojos cerrados a vuestra luz. Soy una alimaña, un negro. Pero puedo salvarme. Vosotros sois falsos negros, vosotros maniáticos, feroces, avaros. Mercader, tú eres negro; general, tú eres negro; emperador, vieja comezón, tú eres negro: has bebido un licor libre de impuestos, de la fábrica de Satán. - Este pueblo está inspirado por la fiebre y el cáncer. Los tullidos y los viejos son tan respetables, que solicitan ser hervidos. - Lo más astuto es abandonar este continente donde la locura anda al acecho, para proveer de rehenes a estos miserables. Entre en el verdadero reino de los hijos de Cam. ¿Sigo conociendo la naturaleza? ¿Me conozco? - No más palabras. Amortajo a los muertos en mi vientre. Gritos, tambor, danza, danza, danza, ¡danza! Ni siquiera veo la hora en que, al desembarcar los blancos, caeré en la nada. Hambre, sed, gritos, danza, danza, danza, ¡danza!
¡Basta! Llega el castigo. - ¡Adelante! ¡Ah! ¡Los pulmones arden, las sienes braman! ¡La noche me da vueltas en los ojos, con ese sol! El corazón... Los miembros... ¿A dónde vamos? ¿Al combate? ¡Soy débil! Los demás avanzan. Los aperos, las armas... ¡el tiempo!... ¡Fuego! ¡Fuego contra mí! ¡Aquí! O me rindo. - ¡Cobardes! - ¡Me mato! ¡Me arrojo a los cascos de los caballos! ¡Ah!... - Ya me acostumbraré. ¡Sería la vida francesa, el sendero del honor!
Noche del Infierno
Me ha tragado una buena buchada de veneno. - ¡Bendito sea tres veces el consejo que me llegó! - Las entrañas me arden. La violencia del veneno me retuerce los nervios, me hace deforme, me arroja al suelo. Me muero de sed, me ahogo, no puedo gritar. ¡Es el infierno, la pena eterna! ¡Ved cómo se reavivan las llamas! ¡Ardo como es debido! ¡Venga, demonio! Había entrevisto la conversión al bien y a la felicidad, la salvación. Podía describir la visión, ¡pero el aire del infierno no soporta los himnos! Eran millones de criaturas encantadoras, un suave concierto espiritual, la fuerza y la paz, las nobles acciones, ¿qué sé yo? ¡Las nobles ambiciones! ¡Y sigue siendo vida! - ¡Si la condenación es eterna! Todo hombre que desee mutilarse está ya condenado, ¿verdad? Me creo en el infierno, luego estoy en el infierno. Es el cumplimiento del catecismo. Soy esclavo de mi bautizo. Padres, habéis hec ... (... continúa)MATERIA VERDE
No comento con nadie que aún te veo hablándole a las plantas que, en aquel balcón cargado de recuerdos tuyos, sobreviven sin que yo me acuerde de regarlas. Que aún te siento venir huracanada a estremecer mi cuerpo como un súcubo en la noche, como cuando seguías contándome el final de aquellos libros mientras te acurrucabas soñolienta entre mis brazos luego de disipar el fuego en nuestras pieles plácidamente agotadas de luchar en una cama crujiente y rodeada de papeles. No sentía a tu lado ni la pesadez ni la incomodidad pasajera de otros cuerpos anteriores al tuyo, aún si conservo el buen recuerdo de esas musas y esos tiempos, a decir verdad, a tu lado Jazmine, yo ni siquiera los extrañaba. Recuerdo un verso que dice que el amor no tiene pasado y debe ser así. No, no era un verso, era una línea de canción, pero da igual, puesto que habla de amor y en un sentido artístico y profundo, un fin así merece una debida justificación del medio. Algo de sol penetra entre los edificios e ilumina tu rostro y te confiere sombra, extraña sombra. Fantasma fresco que camina y mira, que sonríe indagando la tarde en mis pupilas. Miras el horizonte con tus ojos que no sé si ven y el vapor de tu aliento me confunde cuando pienso en si alguien como tú respira. A veces ves el vacío como pensando o recordando algo. Dudoso fruto de mi subconsciente. Oh, Jazmine. Desde que he destinado al fuego mis escritos has desaparecido. Todo aquello que lleva el sello de tu nombre ardió, junto con tu recuerdo. No pensé en el martirio que me avasallaría al prometerte en víspera de tu partida que por ti nunca dejaría de escribir. Tal vez era eso lo que te aferraba al mundo. Después de todo, escribir era una forma de huir de lo imperfecto a lo que habíamos estado condenados. Era huir del silencio y de la muerte, era crear un mundo nuevo en el que tú y yo, Jazmine, viviríamos por siempre. No volverás a aparecer en mis canciones, ni en mis pueriles poemas ni en mis triviales cuentos. No me despertarás ya más a media noche, ni volveré a temblar si acaso llegas a trasfigurar tu goce galopante en mí. Porque he vertido al fuego todo lo que encierra tu recuerdo y las llamas han ido devorando el cuarto décimo tercero en el que habito Cum domi sum tibi escribo. En medio de esta hoguera que he encendido está mi cuerpo, que espera consumirse entero, lento y sosegado. Porque él también te encierra en cada célula sitiada y calcinada. En estas manos escribas ahora chamuscándose, en mi sexo ampollándose que en vano te evocaba en otras camas, en este corazón carbonizándose contigo y este cerebro hirviente que entonces barajaba las palabras, pústulas inexactas con las que te llamaba. Pues mientras haya un vestigio de tu paso aquí en mi ser, aún en cenizas mi alma me desobedecerá. como lo viene haciendo, en contra de mi voluntad, que a esta hora de la tarde es una ardiente ráfaga silbante de tu nombre, Jazmine. Jazmine… Oh, Jazmine… |
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