
4 NICOLÁS LYNCH
Diálogo con el ex ministro que intentó reformar la educación. Ahora, sin bigotes, luego de 20 años de usarlo, hace un duro análisis del sector
Por Patricia del Río Labarthe
¿Por qué la educación en el Perú está en situación tan crítica?
Por el absoluto desinterés de la mayoría de los gobiernos respecto de la educación. Hemos tenido gobiernos que son más coloniales que nacionales, por eso estamos lejos de constituir un Estado-nación, de entender que este espacio que habitamos es nuestro e identificarnos con él. Tenemos un gran sentido de distancia con el país, el Perú es un territorio ajeno para nuestros gobernantes.
Pero esta crisis se ha agudizado en los últimos años...
Hemos llegado a un punto de conciencia sobre el problema educativo por varias razones. La primera y más importante es porque hay en este mundo globalizado un conjunto de presiones, de exigencias sobre el país y sobre los peruanos, y una de esas exigencias básicas es sobre la calidad de nuestro capital humano.
Sin individuos capacitados no podemos competir mundialmente.
No solo es un tema de competencia, como decía Juan Abugattas, es un tema de presencia en el mundo. Sin ciudadanos educados no existes.
¿Y en ese contexto, qué tipo de maestros tenemos para afrontar ese reto?
Bueno, si bien el tipo de pensamiento que paso a describir está en crisis, tenemos buena parte del magisterio que se rige por lo que yo llamo el pensamiento arcaico.
¿Cómo define pensamiento arcaico?
Pensamiento arcaico es una mezcla de discurso revolucionario con práctica clientelista. Por un lado el dirigente sindical programa la revolución nacional, democrática y popular, y por otro les facilita a los maestros los trámites que necesitan para su vida diaria.
¿Son como los tramitadores de los intereses y demandas de los maestros?
Son los protectores del statu quo que los rodea, y los repartidores de las miserias que hay en el sector educación. Entonces, la mayor parte de las dirigencias sindicales, inspiradas en partidos radicales, maoístas o de origen maoísta, devienen en agentes de clientelas específicas.
¿Por qué cala este pensamiento arcaico de manera tan fuerte en el magisterio?
Por el desinterés del Estado. Es increíble que en un Estado que se dice democrático, posturas tan radicales tengan la hegemonía o hayan tenido la hegemonía casi absoluta no solo del magisterio sino del aparato educativo durante 35 años. ¿Cómo se explica esto? Porque el Estado no le ha prestado interés a la educación pública, que ha sido una educación para pobres, un basurero, en la práctica.
Y esa actitud ha terminado convirtiendo la relación maestro-Estado en un enfrentamiento entre enemigos...
Así es. El magisterio ha sido muy maltratado como corporación profesional. Este maltrato lo ha hecho desconfiar de cualquier cosa que venga de la autoridad pública. Los profesores tienen miedos muy profundos respecto de cualquier iniciativa que venga de la autoridad.
Por lo tanto no se deja evaluar
Es que creen que cualquier pretexto puede significar su liquidación. Y en este país, que te saquen de un servicio público donde ganas mil soles al mes, significa que vas a pasar del 54% de peruanos pobres al 24% de peruanos miserables.
¿Considera entonces que la desconfianza está justificada?
En términos materiales sí está justificada. Sin embargo, el problema está en quién la administra políticamente. Tenemos una cultura política radical, clientelista, que la ha administrado históricamente. El más importante de estos grupos --no el único-- es Patria Roja, que con su prédica ha permeado la administración intermedia de la educación, e incluso ha calado en sectores de la alta dirección, que asume los pilares del sentido común de su concepción.
¿Cuáles son estos pilares?
El primero de ellos es muy sencillo: ¿para qué mejorar la educación, para darle fuerza de trabajo barata a los empresarios que nos explotan? Para ellos no tiene ningún sentido mejorar la educación, hasta que venga la revolución y logren un cambio fundamental y socialicen la economía. En ese sentido no les interesa una reforma educativa, porque ellos están esperando la revolución proletaria. Ese es el pensamiento estándar.
¿Y así piensa la mayoría de nuestros profesores?
Así es como piensa buena parte de los dirigentes. Sin embargo, en estos momentos, ese pensamiento está en crisis.
Si ese pensamiento está en crisis, ¿hay alguna alternativa planteada desde algún lugar?
Por supuesto. Hay grupos importantes de maestros que sí plantean la necesidad de una reforma. Ahora mismo, en la mañana, abro mi correo y recibo dos manifiestos distintos, uno de una red de profesores socialistas opuestos a Patria Roja, y otro de los equipos docentes, que están con el cura Dumont, que son los profesores cristianos de los colegios públicos.
Pero da la impresión de que solo Patria Roja los representa, que es el único grupo con capacidad de convocatoria, de copamiento...
Lo que pasa es que los medios de comunicación no le dan importancia al pensamiento renovador. Me entrevistan a mí porque he sido ministro, pero a Carlos Gallardo, el decano del Colegio de Profesores, quién lo ha entrevistado en esta última coyuntura. Podemos discrepar con él en muchas cosas, pero ha ganado una elección por voto directo y universal. Con sus 98 mil votos le ha ganado a Patria Roja que sacó 92 mil. Ese ha sido un triunfo histórico. Sin embargo para los medios, Patria Roja es el representante del magisterio. Los medios se compran la ecuación de Patria Roja, porque han sido los dueños del circo durante más de treinta años y son los conocidos, pues.
Los malos conocidos. ¿Qué se necesita para que estas alternativas cobren hegemonía y le cambien la cara a la representación del magisterio?
Te confieso que me asusta hablar demasiado del magisterio como si fuera el problema fundamental. Creo que la dejadez del Estado es el problema fundamental y es lo que permite que este pensamiento arcaico se desarrolle en el sector educación, porque más allá de los maestros, permea el propio aparato educativo. Para embarcarse en un proyecto de polendas en educación hay que pisar callos, grandes y pequeños, y eso es un riesgo político. Los políticos somos --tampoco me voy a excluir-- contrarios a tomar riesgos muy grandes. Yo lo vi en Toledo. Él decía que iba a ser el presidente de la educación, ¡gran mentira! Se moría de miedo de hacer cualquier cosa.
¿No hay en esta intención de evaluar a los maestros un cambio de fondo en esa actitud? ¿No es más bien un acto de valentía?
La evaluación no es una propuesta de reforma. Se han hecho seis evaluaciones en los últimos nueve años. Los resultados los conoce el país y han sido muy malos en casi todas. Al Gobierno le falta una propuesta de conjunto. Ahora bien, si ya se lanzaron en el tema de la evaluación, ojalá que la saquen adelante. Tampoco se trata de oponerse. Pero las consecuencias que saquen de este proceso tienen que redundar en un cambio de fondo en el sistema educativo.
Se sabe que la evaluación no va a arrojar buenos resultados, sin embargo nuestros maestros se han preparado en universidades e institutos pedagógicos. ¿Quién ha fiscalizado en estos años la formación que estos maestros recibieron?
Hay un esfuerzo del Ministerio de Educación por reglamentar, evaluar y acreditar los institutos pedagógicos. Son 320 institutos pedagógicos y 45 facultades de Educación, de calidad bastante desigual. El problema es que hay una multiplicación de estas instituciones, que va más allá que cualquier planificación. En el gobierno anterior, se estableció medidas para limitar el acceso. Sota en este sentido fue el más radical. Entiendo que ese proceso continúa. Desafortunadamente, hay una insistencia en seguir formando maestros.
¿Siguen egresando anualmente muchos más maestros de los que necesitamos?
Se gradúan entre 18 y 20 mil maestros al año, y el servicio puede asumir entre seis mil y siete mil maestros anualmente. Entonces, tenemos más de diez mil o doce mil maestros que van a la desocupación todos los años. Se calcula que hay alrededor de 150 mil maestros titulados desocupados en este momento.
Entonces, la propuesta de que cualquier profesional que lo desee, sin necesidad de ser maestro, enseñe en la escuela no hace más que aumentar la oferta en un escenario ya copado.
Esa es una propuesta demagógica que expresa desprecio por el maestro. La mayor parte de los países con aparatos educativos exitosos tienen un programa de carrera pública magisterial que le da al maestro capacitación, lo evalúa constantemente y le da una perspectiva en su desarrollo profesional, con un aumento de sueldo correspondiente. Lo que hay que hacer es mejorar ese cuerpo docente.
Más del 80% de nuestros maestros proviene de sectores de clase media-baja o baja, y por lo tanto son personas que probablemente han estudiado en pésimas escuelas públicas y muy malos institutos pedagógicos públicos. ¿Cómo se soluciona este drama?
El maestro como profesión ha perdido estatus y apreciación social, en buena medida por este desinterés del Estado por la educación, por los míseros sueldos y las míseras condiciones de trabajo, que nos alcanza también a los profesores universitarios. Para transformar el estatus de la profesión docente, es urgente aprobar una nueva carrera pública magisterial. Lo que tenemos es la Ley del Profesorado, que consiguió Patria Roja durante el segundo gobierno de Acción Popular y que se perfeccionó durante el primer gobierno de Alan García.
Que les otorga estabilidad laboral absoluta, que
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(... continúa)