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SOBRE UN RECLAMO DE DIEGO TRELLES Y OTRO RECLAMO PENDIENTE A DORIS MOROMISATO

Estos últimos reclamos sobre invitaciones literarias no resueltas o marginaciones suspicaces, sutiles o “involuntarias” por decirlo de algún modo soft, me lleva a una reflexión mayor en relación a como se mueven los “poderes secretos”, las camarillas, los hilos invisibles –y desdeñables- de la literatura peruana, para no ir tan lejos y delimitar el campo de acción -que imagino debe ser peor –o más palpables- en países donde la competencia y publicidad de escritores responde más a cuestiones de marketing, merchandising e imagen –basta revisar la revista española “Qué leer” y apreciar los cambios de look obligados que notamos de libro a libro en estos escritores, para darnos cuenta de lo retorcido que es la movida escritural en estos tiempos- y donde los agentes literarios, invento innecesario de la división internacional del trabajo, tienen que demostrar sus mejores ardides de relacionistas públicos y triquiñuelas propias de un saltimbanqui, canibalizándose unos a otros, despellejándose y fagocitándose según las “correctas” y draconianas leyes del mercado-. Quiero hacer antes la salvedad que a un escritor “verdadero” -o a quien se precie de serlo- no le urge tener una tribuna o un ejército de lectores u oidores para seguir escribiendo o continuar con su trabajo creativo; eso es algo sucedáneo, superfluo o hasta cierto punto patológico: adicción a los lectores, y lo digo sin ánimos de minimizar los bienintencionados reclamos de Diego Trelles –con quien me solidarizo, al margen de lo que él mismo esté buscando con este reclamo, es desdeñable cualquier tipo de marginación-, lo digo habiendo, yo mismo, publicado 8 libros y ser –al margen de mi calidad y mi acercamiento a premios nacionales- permanentemente ninguneado y vetado por los periódicos y los grupos que manejan y controlan al modo de Orwell el proceso literario en nuestro alicaído Perú, los típicos letratenientes –de los que hablaba Pimentel-, sargentos y policías de tránsito literario acostumbrados a manejar el semáforo a su favor, e impidiéndonos cruzar libremente la pista de la difusión o las pistas de la información de la que retorizaba B. Gates en su libro “Camino al Futuro”.
Por otro lado, quiero apuntar que un escritor simplemente escribe, casi por inercia, las cuestiones de publicación tienen más que ver –según mi visión, cuestionable, pero irreversible, por cierto- con la nece(si)dad por “formalizar” un producto que se engendra y elucubra en la imaginación del escritor y se materializa en la edición del libro.

No creo que sea conveniente –o quizás sí- “interesarnos” por qué un escritor en particular no ha sido invitado a tal o cual evento o por tal o cual institución, al menos que este interés nos lleve a una reflexión macroliteraria e interdisciplinaria –y este es el caso- en la que podemos entrar, dentro de las diversas aristas: racismo, despotismo intelectual, lucha de clases (escritores burgueses, apadrinados por los dueños de los instrumentos de producción versus los escritores “proletarios”, -aunque este término envejecido por los académicos protoburgueses y asustadizos libremercadistas lo podríamos cambiar por el de “escritores de a pie”, si se quiere- y para quienes publicitarse se convierte en una tortura por la falta de acceso a los mass medias o a las instituciones que subterráneamente defienden un poder impuesto por el gran capital, empujados escleróticamente por una obesa y gerontológica burguesía burocrática y compradora o viceversa). Ahora, por cierto, hay diferentes y abundantes tipos de clasificación, que no voy a discutir ni proponer, ya que este terreno es un caldo de cultivo para cualquier tipo de malainterpretación y abanico hermenéutico. Lo que sí está claro es que las argollas literarias son cada vez más estrechas y no perdonan los cuestionamientos o los reclamos, ni tan sólo los cuchicheos negativos, a quienes ello acometen se les “castiga” disparándoles con una pistola con silenciador y no invitándolos a ningún evento posible y excluyéndolos de las antologías, “encuentros”, estudios venideros o de cuanto lugar posible o imposible. Horror vacui. Crímenes de mentes domésticas o esponjiformes. He probado esas balas de salva que sólo hieren la pátina del ego y las ansias por un reconocimiento que no se debería reclamar con altoparlante o megáfonos de mercado, sino con actos de “contrición” y con la misma obra, que si es de calidad, habrá de derrumbar, como a los muros de Jericó, la mordaza y el maltrato a que nos tienen acostumbrados. “Saltar el cerco” como dice certeramente nuestro amigo Dante Castro o en su defecto descensus at inferus.

Es necesario recalcar como atenuante literario –por una cuestión de aclare de conceptos- que términos como soberbia, egolatría, engreimiento intelectual, etc. encuentran una dimensión logarítmica, en el estro común de los escritores -ni qué decir de los poetas-, sobre todo en los de la última generación, a los que he tenido la afabilidad de conocer, lo cual sin necesariamente ser “malo” es ya una traba imperceptible –pero no por imperceptible menos trabazón- en el proceso extraño que es ser “escritor” , más aún en un país humilde y difícil como es el Perú, (obsérvese los antagonismos conceptuales de forzada correspondencia). Por ello los reclamos siempre nos van a llevar a las típicas preguntas de lead periodístico ¿por qué? y ¿para qué? o qué tan real puede ser una protesta o un reclamo, o mejor dicho qué es lo que hace que un escritor tenga que ser considerado a la hora de una invitación -en el caso de Trelles, a la Feria Internacional del Libro-, si por demás aún cuando se tenga un buen libro o dos bien escritos, a una feria se va a conversar, a debatir, y es conocido el hecho que no siempre un buen escritor es un buen orador. O sea hay otros caracteres aleatorios que habría que analizarse y someterse a crítica y debate; y porque también una buena oratoria no justifica o no alcanza para justificar a un escritor pensante.

Viendo el otro lado de la moneda o la otra cara de la luna, es también sorprendente el grito (The Howl) de Doris Moromisato, gran animadora cultural y mejor poeta, por la aparente exclusión en un evento narrativo donde no hubo ni una mujer–qué empecinamiento nos puede obligar a un comportamiento lascivo-, más espíritu incluyente y posmodernista, aunque aquí hay más cuestiones de género y de medida de fuerzas sobre todo en la expresión: ¡¡cuando el único ghetto es el de los hombres!!, términos que no me atrevo a analizar por no herir susceptibilidades, pero que delatan una carga de ismo fémino que de alguna forma –y por ciertos vasos comunicantes y controversiales- me hace recordar la vez que conversé con Doris en un centro cultural –y en presencia de varios escritores- sobre la posibilidad de presentar en la Feria del Libro el último texto escrito en vida por Pablo Guevara “Hospital”, el cual fue publicado por cuatro amigos y por quien esto escribe, a lo que la Moromisato, sosteniendo el libro, asintió alegremente, pero la invitación nunca llegó –a pesar de los emails enviados- y no hubo el homenaje que ella –alumna también de Pablo- prometió, quisiera pensar que fue olvido -¿amnesia literaria?- o hubo un traspapeleo burocrático o “prioridades mayores” u otra disculpa asentible a la hora de elaborar las agendas que me apenó particularmente porque conozco a Doris desde casi inicios de los noventas cuando trabajaba con onegés ecologistas y mostraba un espíritu alejado del esplín literario, aquel no lugar o “Morada donde la luna perdió su palidez”. Valga también, aprovechando la coyuntura, este “reclamo” delatorio –y casi personal- ad puertas que en unas semanas se cumple un año (1ero de noviembre) de la desaparición de este valioso y entrañable vate y se estará publicando –disculpa la indiscreción Gladys Flores- un número más de la ninguneada -y combatida hasta el anonimato- revista “Homúnculus”, dedicada íntegramente a Pablo Guevara, la cual esperamos, apelando al espíritu necrofílico de nuestra sociedad, que se pueda presentar en la Feria del Libro y en todos los eventos que ameriten su presencia. La memoria de este gran poeta se los agradecerá. Por mi parte, la oscuridad –obligada o voluntaria- me asienta bien, aunque esta pequeña salida a la luz rompa mi rutina práctica y mi paz ficcionada. Saludos Literarios.

Rodolfo Ybarra

12/10/2007 06:12 Autor: Pablo Leon Paula. ;?> No hay comentarios. Comentar.

En el Tercer Planeta

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A propósito de los 30 años de la partida de Luís Hernández

Por Gonzalo Valderrama Escalante
Amaru Teqse. Casa de Culturas Críticas.


A diferencia de Vallejo y su postura adusta en esa su famosa foto, la famosa foto de Luís Hernández encendiéndose un pucho me impresionó de sobremanera, algo de hedonismo griego y bacanería peruana en su gesto me llamaron la atención, sus textos me sorprendieron, no había leído nada así hasta entonces, cuando era feliz e indocumentado. Me acuerdo y no cito de memoria nunca muchos de sus versos; de los primeros que leí, la historia de Billy the Kid, que por la espalda va herido, eso de corajudo de andar recorriendo los condados de Ducal y Hamilton y Premier a pesar de la tristeza y el dolor me pareció genial y sobre todo corajudo. Muchas veces, todas las veces que de amor hable con mi amor, recurrí a sus versos, sobre todo a sus varias versiones de la Chanson d’amour, cuando dice el cielo son dos. Dije también “entra en mi casa / mira el mar conmigo / una a una las olas / gastaran / nuestras vidas”, total más que de sus autores los poemas son de quienes los necesitan.
Las historias sobre su persona, sus anécdotas y su genio completaron esa imagen que del autor me hice, entre el estoicismo y la fragilidad una vida sui generis, siendo médico el hecho de no cobrar por sus consultas o cobrar en especies, dar recetas a cambio de pan o gaseosas, o ni siquiera dar recetas sino solo conversar con sus pacientes y regalarles cuadernos de poemas de su puño y letra, poner altoparlantes en la ultima selva de Perú, con música clásica a todo volumen para ver entre la frondosa vegetación volutas de humo y aves y así nunca entendí exactamente que habría pasado para que termine con sus días como se dice, arrojándose a un tren hace exactamente 30 años este octubre, en Argentina, lejos de su patria, y con un amor que lo esperaba para ver el mar. Difícil imagen, y ahora que reviso las crónicas sobre los 30 años de su partida me sorprende que la mayoría de críticos literarios ponga énfasis en esa parte de su historia, “nadie lo culpe de su sueño” dicen, parafraseando unos versos suyos: "Habiendo robado/ Lluvia de tu jardín/ Y tocado tu cuerpo/ Me duermo/ No se culpe a nadie/ De mi sueño".
Los más de los textos de Hernández son un canto a la vida a pesar del dolor, así lo dice muchas veces, como en su elogio a la medicina “lo único que no tiene sentido es el dolor” y frente a ello no opone el escape, el adiós a la fiesta sino la búsqueda del goce, la iluminación, el nirvana en una puesta de sol, o en la contemplación de un letrero luminoso de cine de barrio. En la historia de su suicidio –para mi incomprensiblemente- se ha querido ver un último acto de rebeldía, el ejercicio de la libertad máxima, esa de disponer de la propia vida o de la propia muerte que es lo mismo aunque no sea igual, y cosas así. Nunca entendí cómo alguien que escribiera sobre las chelas frente al mar, sobre el jardín de los cherrys pudiera haberse saltado de este mundo así como así a pesar de lo difícil que es entender la mecánica de la existencia. Estos últimos días en que se hace justa memoria de su obra y de su vida me parecen mas oportunas las reflexiones sobre sus escritos y su gran aporte a la renovación del lenguaje literario nacional, comparto la idea de que la obra de un escritor debe verse muy aparte de su vida, Pedro Granados hace un erudito comentario sobre el tema “la obra de Luís Hernández, en cuanto atenta a la forma, sería análoga a la de Jorge Guillén: ‘En la tenaz búsqueda del sentido [...] Hernández, poeta, respondió desde esta condición al reto de la forma. En medio de ese mar que borra y desagrega (la vida simplemente), ¿no existe acaso, como Jorge Guillén lo vio y dijo, el salvavidas de la forma?’ (…) renueva y otorga contemporaneidad ilimitada -vía el humor- a una estética signada por el refinamiento, la paradoja y el misterio de raigambre simbolista o existencial”. Uff, terrible seguirle el hilo a los críticos, mejor vayamos a un texto de Hernández: “TETRAILIADA CANNABINOL: Era un gordo y tímido / Violinista niño. / Luego creció y tornóse / En el adolescente / A quien ninguna mujer /
Rechazara: / Atlético, vivaz, analfabeto. / Sólo alguien lo rehusó: / Una que en su corazón / Soñaba / Con un lento y músico gordo. / Así perdió Menelao a Helena, / La chicoyita de Troya”.
Por eso me ha removido los esquemas un último artículo de Edgar O´Hara, crítico literario que ha hecho importantes trabajos sobre la producción de Luchito Hernández para los amigos, al parecer esa historia de su suicidio es cuestionable, habiendo hecho una pesquisa casi policial sobre un caso de hace treinta años y en una época de la Argentina sometida a una de las peores dictaduras del siglo veinte en América latina, llega a la conclusión de que todo parece indicar que el poeta fue víctima de ese aparato de asesinatos y desapariciones del nefasto tiempo de Videla. O´Hara arguye que el lugar donde se encontró el cuerpo del vate fue un sitio recurrente donde los militares arrojaban a sus victimas, un paraje desolado en Santos Lugares, además hay detalles que caen por su propio peso, como las sospechosas notas periodísticas sobre el hecho, al parecer provenientes de una misma fuente, retrucadas, y así por el estilo. Entonces a pesar que de vida y obra van por senderos opuestos y que además se bifurcan, la imagen de Gran Jefe Un-Lado-del-Cielo que persevera en su ser cambia mucho y trastoca totalmente ese mito de la comuna literaria que ve en él la reencarnación de un Apolo desolado y tristísimo, y su obra misma –pienso- después de una revelación así es susceptible de otras lecturas.
Estos últimos meses he pensado mucho en esos sus versos “Grande es mi dolor / que en lo alto está / sereno lo contemplo / pues no me asusta ya”, como una letanía me los digo una y otra vez porque también es grande mi dolor y ansío la serenidad para verlo en lo alto y sin temor.
Ya va ser un mes de que falleciera mi abuelo, patriarca de un clan cada vez mas reducido, mi abuelo se mantuvo con los pies sobre la tierra a pesar de la peor de las soledades de la vejez; la pérdida de su esposa, con quien compartió este mundo por casi 70 años, yo pensé que el iría tras ella apenas pudiera, si era posible de inmediato, pero no, pasaron años en que se dedicó a ver el sol de las mañanas y las tardes, a pesar de su dolor, me decía yo, y no pensaba en nada mas que no fuera esa imagen suya de viejo árbol, casi surrealista por sus miradas que decían mucho más de los que pueden las palabras en los momentos difíciles, hace más de un mes escribí un cuento sobre él, decía, que poco a poco se iba convirtiendo en un ave, un cóndor, que su mirada había dejado de ser la de un ser humano y mas parecía de la una criatura de bestiario fantástico, de un ser hecho para ver desde las nubes, o desde el pasado o el futuro que talvez después de todo sean lo mismo, unos días después soñé con mi difunta abuela que nos visitaba a quienes aún estamos por acá, y tomando del brazo a mi abuelo lo llevaba cuarto por cuarto de esa su casa donde todos fuimos siempre felices, un par de días después mi abuelo alzo vuelo y partió para el país de los ancestros, resistió como un viejo chachakomo el haber vivido los rezagos del siglo XIX, haberse soplado el XX y ver así como desde las nubes los principios del siglo XXI.
Me imagino entonces a un Lucho Hernández, que como O´Hara sugiere, se pone sabroso en una redada de rutina ante los milicos, cachacos autómatas de una Argentina sometida a una dictadura terrible, qué habría dicho: “…che sus…” como en ese su celebrado verso. Esa otra historia, la de un poeta que jala más para este mundo que para el otro me parece mucho más interesante y ejemplar que la del escapista, porque después de todo la obra –sobre todo una obra tan encumbrada- no puede prescindir de la historia personal del creador. No había leído hasta ahora este poema que va a continuación: A Un suicida en una piscina, se me han hecho inolvidables estos versos: “Quédate en el tercer planeta /Tan sólo conocido/ Por tener unos seres bellísimos/ Que emiten sonidos con el cuello/ Esa unión entre el cuerpo/ Y los ensueños”.


A UN SUICIDA EN UNA PISCINA

No mueras más
Oye una sinfonía para banda
Volverás a amarte cuando escuches
Diez trombones
Con su añil claridad
Entre la noche
No mueras
Entreteje con su añil claridad
Por lo que Dios más ame
Sal de las aguas
Sécate
Contémplate en el espejo
En el cual te ahogabas
Quédate en el tercer planeta
Tan sólo conocido
Por tener unos seres bellísimos
Que emiten sonidos con el cuello
Esa unión entre el cuerpo
Y los ensueños
Y con máquinas ingenuas
Que se llevan a los labios
O acarician con las manos
Arte purísimo
Llamado música
No mueras más
Con su añil claridad.

(Lima, 8 de agosto de 1971)

12/10/2007 06:16 Autor: Pablo Leon Paula. ;?> No hay comentarios. Comentar.

sol y hielo

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ser
sol
ser
hielo

18/10/2007 06:33 Autor: Pablo Leon Paula. ;?> No hay comentarios. Comentar.

Los Largos Estertores

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Comentarios a propósito de "Radio Ciudad Perdida" de Daniel Alarcón

Por Anahí Durand Guevara


¿Existe una literatura de posguerra? Pareciera ocioso responder esta pregunta, quizá lo único que existen son justamente nuestras guerras; largos periodos de violencia en que todas las fracturas irresueltas que cargamos como país estallan haciendo pedazos la frágil certeza de un nosotros. Luego, cuando pasa lo más álgido del conflicto y se ensayan pactos y pacificaciones, los enfrentamientos armados cesan pero quedan secuelas que nos acompañan devolviéndonos al horror y el sufrimiento vivido...Los familiares muertos, las vecinas violadas, los compañeros presos, los amigos desaparecidos... Eso queda, alimentando pesares y rencores más aun cuando la paz se sella sin diálogo y desde el poder se avala la impunidad impulsando el olvido.

La literatura y el arte en general abren brechas a estos silencios oficiales, enunciando estos "pendientes" del conflicto. Esfuerzos por la memoria al fin y al cabo donde realidad y ficción cruzan y se intersectan retratando intensas historias individuales envueltas en dramas colectivos. Parejas separadas, pueblos enfrentados, familias desplazadas y saldos de batallas sin ganador posible. "Radio Ciudad Perdida" nos habla de todo ello presentándonos la densa realidad de un país que sobrevive como puede a su posguerra. Convivir con ausencias, sortear las sospechas, esperar vanamente alguna noticia de aquellos que desaparecieron se vuelve cotidiano, al tiempo que se descubren secretos íntimos empañados hasta ese entonces por la convulsión de la violencia.

La novela fluye sin problemas y revela poco a poco una cadena de encuentros y desencuentros que enlazan a personajes aparentemente disímiles pero signados todos por la huella indeleble de la guerra. El punto de partida es la historia de una pareja de profesionales donde el marido mantiene una vida paralela de colaboración con la insurgencia. Sus viajes clandestinos a un pueblo de la selva terminan con su desaparición y muerte en manos de los soldados mientras en la ciudad su esposa sobrevive a su ausencia abocada a su trabajo como locutora en un programa de radio que ayuda a la gente a encontrar a sus seres queridos. La llegada a la radio de un niño con los nombres de los desparecidos de su pueblo, es el detonante para que la mujer hilvane retazos de su vida conyugal que acaban por revelarle lo poco que sabía del hombre al que amaba y del mismo país en que vivían.

"Radio Ciudad Pérdida" discurre en un país que nunca se nombra,apelando a un recurso literario que juega con la territorialidad para dotar de mayor universalidad a la obra. Sin embargo, mientras Alarcón opta por la vaguedad espacial en el plano temporal hay un empeño por enumerar meses y años de cada acontecimiento en un derroche de contabilidad que puede hasta confundir un poco. Si bien esto no desmerece la novela, no alcanza la elaboración que logra la construcción de los personajes y sus historias entrelazadas. Norma, una periodista que sobrevive a la desaparición de su esposo, encarna uno de los rostros más terribles de la guerra; privar a alguien de la tangibilidad del otro, de la posibilidad de asirlo cuando y donde se quiera es una forma de castigo que vulnera en lo más intimo nuestra necesidad de contacto, de certezas…La prisión, el destierro y la desaparición forzada son formas organizadas de ausencia que suelen traer consigo las posguerras…Y como toda ausencia que se intuye impuesta es una invitación a la espera Norma no pierde las esperanzas de volver a ver a su marido. La angustia ante la incertidumbre y la desazón por no saber todas las vidas de la persona amada, son dimensiones de Norma muy bien retratadas en la novela. Convence menos sí la aureola de ubicuidad que envuelve su papel de locutora de noticias, lo mismo que la fidelidad en cuerpo y alma al recuerdo de su marido. A ratos Norma encarna un estereotipo de mujer que sobrelleva incondicionalmente las mentiras conyugales amando si preguntas al marido politizado…Esta docilidad, sumada a una impasible neutralidad ideológica resultan difíciles de hallar en alguien que como Norma vive una realidad tan convulsa.

El esposo de Norma, Rey me resulta mucho más convincente y retrata muy bien a quienes como él, de un modo u otro, tomaron parte activa en el proceso de violencia. Rey esta lejos de ser un militante convencido, es un ser ambiguo y hasta escéptico pero que no es ajeno a la convulsión de su tiempo. Dado el momento de decidir Rey lo hace y opta por la insurgencia. Desde entonces ya no existe punto de retorno; cada acción que realiza lo liga mas a esa apuesta…no hay una fuerza externa que lo obligue, es lo que se va tejiendo: los compañeros caídos, la represión que arremete, la sensación justiciera, son algunos de los elementos que lo llevan a colaborar justificando su doble vida colmada de verdades a medias y frágiles silencios. Finalmente la guerra atrapa a sus protagonistas en su vorágine de crueldad y la pacificación se impone a sangre y fuego. No hay la más mínima compasión con los vencidos, y a la derrota militar se suma una peor; la desazón moral de no saber si la apuesta por la que se arriesgó la vida fue realmente la correcta. Hay quienes se niegan a dejar las armas y deambulan por la selva ignorando que, como lo dijo el coronel Aureliano Buendía, es más difícil terminar una guerra que empezarla. Hay otros, como Rey, que no tienen tiempo de negarse ni rehacer sus vidas y son acribillados por la fuerza vencedora terminando sus días en cualquier río de la Amazonía.

Que Alarcón escriba en ingles y luego sea traducido no es algo que desmerezca o interrumpa la lectura, tampoco el hecho de que sea peruano y a la vez gringo. Finalmente creo que el autor consigue su objetivo: entregarnos una historia bien armada que nos interpela sobre los largos estertores que son nuestras posguerras… La novela conmueve sin caer en esa innecesaria gravedad que algunos consideran indispensable al momento de abordar temas políticos o sociales… Conmueve por que nos habla de nosotros mismos, de las abismales brechas sociales que persisten y las heridas abiertas que ha dejado en tantos la violencia. En el Perú por lo menos, la etapa de violencia es un tema pendiente del que aun no nos hemos sincerado lo suficiente.
Por eso resulta sumamente importante que desde la literatura se hable de ello, se escriba, se cuestione, se indague en que paso, que tiene que pasar para que amigos, vecinos de un mismo barrio, de una misma comunidad terminen enfrentados hasta la muerte. Supongo que finalmente ese es el mayor valor de una novela, cuestionarnos sobre la inabarcable y compleja condición humana.

18/10/2007 16:57 Autor: Pablo Leon Paula. ;?> No hay comentarios. Comentar.

Alan: el último virrey

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Ya es común oír que Alan García traicionó los principios del partido que representa, cosa innegable, pues el APRA, con todos sus acomodos y demagogias, siempre representó una opción de Centro Izquierda (esto es, la izquierda que negocia con el sistema para nunca perder sus privilegios políticos); pero es tiempo de analizar las razones de esta traición. ¿Oportunismo?, ¿prematura vejez del caudillo?, ¿un nuevo viraje al estilo de Haya?

Políticamente hablando, un partido centrista podría bien acomodarse a la ola progresista de varios gobiernos sudamericanos, caso de los Kirchner por ejemplo. A estas alturas, con el camino abierto por Chávez y Evo, esta posición ya no es tan complicada. Sin embargo, Alan se aferra al neoliberalismo extremo, como cuando en su gobierno anterior se aferró al estatismo justo cuando la tendencia era el neoliberalismo. Quizás este sujeto tenga un problema para ubicarse en el contexto, hasta pareciera ver la historia al revés (¿esquizofrenia?); quizás su estadía en Francia lo alejó de su identidad "socialista" (como a tantos otros).

Una reciente entrevista en el Diario El Comercio y citada por Nelson Manrique en Perú 21 (29/10/07) ayuda a desentrañar este misterioso cambio de orientación ideológica del otrora "partido del pueblo". Allí, el actual presidente expresa que la cosmovisión andina es una especie de rémora que se opone al progreso, incluso afirma que los "no contactados" son un invento de los intelectuales. En fin, podemos ver las verdaderas razones del viraje de García: el racismo.

El APRA no ha virado pues. El APRA y su líder Alan García, son parte de una casta política criolla, que en determinados momentos puede olvidar su ideología para frenar el avance de los "indios". Ese temor a la "indiada" que incluso comparten muchos "socialistas" y que está convirtiendo a Humala en el demonio, como antes lo hicieron con Tupac Amaru, Cáceres, Velasco o tantos otros. Crean un demonio que luego el pueblo lo toma como salvador (aunque no lo sea). El contexto mundial importa poco para los exhacendados que siguen pensando que el país debe ser su hacienda, aferrándose al imperio de turno.

Ese temor al avance del pueblo, desde su dentidad chola e indígena, hace que ahora Alan parezca querer seguir los pasos de Goni. Que los siga pues, y nosotros sigamos en lo nuestro, en esta lucha por erradicar la mentalidad colonial y arrebatar el poder a esa casta "criolla" (económica, política y cultural). El cómo hacerlo está en debate, desde la participación política o desde la construcción de base, la negociación o la negación y todas esas posibilidades que discurren por este tiempo; pero lo concreto es que la casta criolla dominante, se llame como se llame, es nuestra enemiga porque ella así lo ha decidido.

Roberto Ojeda Escalante

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31/10/2007 18:34 Autor: Pablo Leon Paula. ;?> No hay comentarios. Comentar.



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